Todos aman incondicionalmente y reciben el mismo trato de los humanos que los quieren, sin condiciones de raza ni sexo.
Recuerdo a Polizón, un mil leches (como decimos en Canarias) que se subió al coche un domingo de campo y no se quiso bajar. Pasó en casa los casi 15 años restantes de su vida, siempre con una luz especial en los ojos que sólo se apagó el día que Dios se lo quiso llevar al cielo de los perros, donde a buen seguro está.
Polizón era lo más lejos que he conocido de un pedigrí: no era pequeño como un yorkshire ni grande como un pastor alemán. No era negro como los bardinos ni blanco como los caniches. Era, simplemente, Polizón, un can que, para muchos, podría haber engrosado la lista de los más feos.Pero en casa era el más guapo de todos.
(Foto: Machu-Pichu, el perro más feo, según algunos./C7)
