Ellos no evolucionan. Ellos, los hombres, claro.
Es la conclusión clara y rotunda de una señora a voces en la peluquería. La mujer comenzaba su explicación con la tesis de que todo comenzó cuando, siendo novios, su marido le dijo que no quería que trabajara. "Soy una mantenida porque él quería. Y ahora no me voy a poner a trabajar", decía orgullosa.
De ahí a los ejemplos, un paso. Que si es ella quien sabe dónde están las aspirinas, que si controla hasta el ketchup de los domingos en el campo. Y hasta quería que supiera qué medicina se tenía que tomar, pero a eso me negué", comentaba la mujer en alusión a su compañero de cama durante varias décadas.
Ella, que había criado tres hijos (en lo que él nunca tomó parte), comenzaba con la peor de las tesis para ir a parar a una gran verdad: la dificultad del sexo masculino para algunas tareas. Aquella señora decía: "se separan y nosotras tiramos pa lante. Pero ellos enseguida se buscan a otra". O se convierten en un desastre.
Vale, son los extremos. Pero no me negarán que la mujer parece plantear una mayor capacidad de adaptación a estos nuevos tiempos. Y, por el momento, sigue manteniendo su esperanza de vida por encima de la de los hombres. Será por tanta tarea.

