Ahora bien, los que se quedan tampoco les hacen sombra.

Ayer asistí a un gol a coro que me dejó los pelos de punta. Acababa de bajarme del coche, a pocos minutos para las seis de la tarde, cuando un grito cercano pero también lejano me hizo parar junto a la puerta. Fue un gol de la selección española que oí en una calle flanqueada por altos edificios repletos de apartamentos, en cuyo interior las televisiones echaban humo ante el espectáculo deportivo.
Al efecto contribuyó, además, el buen tiempo, que deja las ventanas abiertas al ruido. Y el grito sonó por toda la calle, cuan larga y ancha es, dejando su reguero de eco prolongado más allá de donde alcanzaba la vista. Un gol coreado por cientos de personas al unísono que dejó su huella en el ambiente ya casi veraniego.
Entonces pensé en lo diferentes que son los españoles cuando están fuera de su país, pero en lo iguales que son aquí adentro.

Es verdad que los españoles hicieron mucho ruido e iban todos de rojo, pero en el partido de la noche de Suecia...¿a nadie le sorprendió la cantidad de camisetas amarillas que había en el estadio?
Pues no me fijé, Ovidio. Pero podemos hacer una cosa: como España juega con Suecia el sábado, ponemos atención a ver si gana el rojo o el amarillo. Por una vez, no voy a apoyar al segundo... ;-))