Un reciente estudio sobre hábitos alimenticios revela que la globalización está relacionada con la obesidad. Al dato hay que sumar la proliferación de la comida rápida y la dieta más propia de países como Estados Unidos, donde impera la economía sobre la salud.
En las mesas se va abriendo hueco la llamada dieta atlántica, distinta en muchos aspectos de la mediterránea y que se hace publicidad presentándose como su antagonista. Antes de leer sobre la primera me asaltó la esperanza de contar, por fin, con un producto internacional en las casas canarias, con un sistema que exportara nuestros quesos, nuestro gofio y demás providencias hasta internet bajo ese nombre tan atractivo.
Pero nada más lejos de lo esperado. Resulta que la dieta atlántica es justo lo que no tenemos: una cabaña de calidad y una leche de animales alimentados con pasto natural son la base. Así que mi gozo en un pozo.
¿Y dónde queda entonces cada bondad culinaria canaria? ¿Es que se trata sólo de un bluf, un cuento de gordos y flacos que nos han contado nuestras madres en las Islas para que nos comamos el potaje, con su gofio y su queso?
Lo que está claro es que cada vez comemos menos canario, porque si la mejor ternera es la gallega... (y, además, no tenemos grupo propio en el parlamento para que planten más plantas para las cabras, que pensaría algún nacionalista) En fin, nos salvan las hamburguesas para vegetarianos. Quizá alguien en una de las ínsulas más verdes se atreva un día a fabricarlas y, así, seguiremos comiendo canario.
