Al rato de pesca, el que tira de frente observa cómo por la playa se acercan tres hombres vestidos de blanco. No eran horas para sermones a domicilio, por lo que el hombre recoge el hilo y retrocede hasta donde habían dejado las cajas y las carnadas. Allí se encontraba ya otro de sus amigos, que había abandonado su puesto de cara a la playa y se entretenía en anzuelar el aparejo.
El que tiraba de frente mira de nuevo a la playa y distingue detalles de las tres figuras: iban vestidos de blanco y no tenían rasgos faciales. Las cabezas, picudas, sólo estaban decoradas por dos destellos a modo de ojos y por todo adorno corporal.
El hombre no habla y su reacción es bien simple: agarra el nife y lo coloca sobre una piedra, sentándose encima. Junto a él, el que tiraba hacia la playa ya había abandonado aquella zona y continúa aparentemente ajeno a la escena.
El hombre levanta la cabeza. Aquellos tres ya tenían que estar a apenas unos metros de ellos y, para su sorpresa, no hay nadie. No ve a las tres figuras. Ni rastro. En la llanura, sin rocas altas o matorrales donde esconderse, la desaparición deja un vacío sin explicación científica.
Los pescadores vuelven a sus casas. Ningún comentario hace pensar al que vio aquellas figuras que sus compañeros fueran testigos de la visión que no le deja dormir. Por eso los reúne y comienza su historia.
Para su sorpresa, el compañero que tiraba hacia la playa también los había visto. Por eso había abandonado la zona y se había replegado, buscando asiento para esperar a los inusuales visitantes. E, igualmente, los había perdido de vista sin explicación.
La historia la cuenta el que tiraba hacia adelante. Sintió el alivio del misterio compartido pero aún hoy día se niega a hablar del suceso más que con los más allegados. Eso sí, en la retina le han quedado aquellas tres caras picudas sin rasgos humanos. Y la sensación de no estar solo.
