Me gustaría que alguien me explicara por qué todos los niños de la ciudad se concentran en la cancha García San Román todas estas mañanas y qué he hecho yo para merecer que sus gritos me despierten, invariablemente, cerca de las ocho y media. Agradezco, sin embargo, que no pongan reaggaton a un volumen infernal y que prescindan de un animador que me desquicie por la megafonía. La bulla, viendo lo que puede llegar a ser esa cancha, donde las duchas nocturnas de deportistas parece que tengan lugar contigo dentro del vestuario y sin perderte chascarrillo, punto o coma, es soportable. Además de que, puestos a destrozarle a una el sistema nervioso con escandaleras, nada supera a las fiestas de los Dolores, que se viven como si Manolo Escobar preguntara por su carro en tu propio salón con una sonrisa fluorada y antigua atornillada en la cara.
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