La bruja del pelo rojo
No sé si el lector/la lectora tiene mentor. O una musa que le inspire laboral y vitalmente. Alguien que saque lo mejor de su persona simplemente por existir. Un ejemplo, un ser humano a quien aspire a imitar o, más que a imitar, un ser humano a quien aspire a hacerse dign@ de. Yo sí tengo a esa persona y se llama Dolores Campos-Herrero, Lola.
Puntualizo ahora que uso del presente del indicativo porque Lola no tiene sustituto en el hueco que me ha dejado entre las costillas y porque sigo sin poder hablar en pasado de ella.
Porque está viva, intacta, en su blog. Porque recibo mensajes de su dirección de correo electrónico, puedo escuchar su voz en el contestador de su casa y no deseo borrar su número de móvil de mi tarjeta SIM. Porque espero que saque más libros y la reconozco en cada melenita roja, como una viva llamarada ambulante, con la que me cruzo por la calle.
Conocí a Lola, como muchos, por su trabajo en la televisión y por los libros que publica. Primero, como voz algo rasposa y dulce explicando una exposición y luego, como relato breve o poema impreso. Después, empecé a coincidir con ella en el Monopol, vía Filmoteca o tardes irresolutas, curioseando carteles de película después de un suizo y con el monedero en la mano.
Lentamente, nuestras vidas se fueron acercando y pasé de ser la lectora que le admiraba a distancia a convertirme en vecina de butaca en el cine, contertulia al otro lado de una mesa de la Tetería de las Especias o afortunada alumna en uno de sus talleres literarios, leyendo en voz alta micorrelatos que sólo podían surgir de escucharla hablar de Borges o Cortázar.
Llegó el día en que compartimos una calentura con Viggo Mortensen y me dejó participar en alguno de sus proyectos literarios, en que me presentó un libro, en que me regaló un CD de Marlango por mi cumpleaños y, mejor todavía, en que se atrevió, de esa manera discreta y humilde suya, como si no tuviera ningún derecho, a hacerme una sugerencia en un relato.
A través de Lola conocí a mujeres excepcionales como Eduvigis, Judith, Dobrina, Berbel y el sábado, antes de gozar de los monólogos de Pepe Garamendy en el Cicca, Silvia García, una poeta del Chaco argentino. También conocí las ficciones súbitas, un género que ya leí de refilón en otros talleres pero del que sólo pude enamorarme perdidamente en su compañía.
Hablando con Antonio Bordón ayer, a la vera de un café mañanero, coincidimos en que lo peor de la forma en que se nos fue Lola es que ninguno de nosotros pudo despedirse de ella en condiciones. Y, sobre todo, que poca gente le pudo agradecer todo lo que le debía: la inspiración, la emoción, las imágenes, la oportunidad, ...
Yo, como él, no pude expresarle con palabras lo importante que es para mí, ni dejarle claro que el mundo es un poco más gris y menos mágico sin ella. No sé si es consciente, en su cachito de paraíso, de que pienso en ella cuando leo sobre niñas diosas reconvertidas, imaginando que sonríe, cómplice, al leer la noticia sobre mi hombro y que le inspira cuatro líneas o tres. Las suficientes.
Hoy, a las 19.00 horas, en el Club Prensa Canaria, se homenajea a Lola. Se presentan los dos últimos libros que publicó en vida: Ficciones mínimas y Una vida imaginada. En el homenaje estarán la editorial, sus estudiosos, otros escritores, sus lectores, ... y también su familia, encabezada por Marisol, y sus amigos. Hoy es un buen día para juntarnos alrededor de su palabra, inspirarnos con ella y hacernos dignos de todo lo que nos regaló y de lo que se nos quedó en el tintero con ella.


