Irán, San Expósito, Brasil
Como una señal. Viggo Mortensen repantigado, provocador, en una especie de calendario enorme me esperaba anoche en la taquilla de los Monopol. Llegaba a ver Persépolis, acompañada por Nenito, y encontrármelo así, de golpe, fue como sufrir un mazazo en el plexo solar y quedar sin respiración con los cinco euros de rigor en la mano extendida. Como una señal enviada por el dios de Marjane Satrapi, tan paciente con las muchachas airadas contra el mundo y además, vecino de nube de Karl Marx.
Viggo ponía el prefacio a un punto final de día perfecto: Persépolis.
Antes de que la película lograra enternecerme hasta el borde las lágrimas, arrancarme carcajadas y recordarme lo afortunada que soy por no llevar velo ni ser una vecina del Teherán actual, me había tomado el tentempié de rigor con Nenito y Yeya, más linda que nunca y atribulada con una inminente entrevista a Sylvie Guillem. Antes, me terminé La noche de piedra, de Alexis Ravelo: un baño de sangre a lo shakesperiano, en el que te acabas sumergiendo, fascinada, en lo más abyecto del ser humano. Antes, las horas de trabajo de rigor. Aun antes, un masajista que me reparó el cuello, fracturado después de una noche en casa del Hombre ... precedida de siglos ante un ordenador con los hombros encogidos, tensiones al volante, etc. etc. etc.
Y en la prehistoria de todos esos antes, la lectura de un texto sobre Lola, escrito por Antonio Bordón con cariño y sinceridad, y sobar las tapas de un libro de Rubem Fonseca que el mismo Antonio me pasó la última vez que pisé la Filmoteca. Libro negro también, como el de Alexis, pero sin iniquidades ni sordideces, espero ... que ya he tenido bastante por unos días de lo más oscuro del ser humano.
Y precisamente con Mandrake, el detective brasileño de Fonseca, me voy a la cama. A soñar que me quito el sostén y de él caen flores, que la mar se llena de cisnes de miga de pan y que todos los guardianes de todas las revoluciones del mundo emigran a otro planeta ... deshabitado, por supuesto.


