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Muti y el gas

Gracias a Javier Moreno, esta noche me siento en mi sofá con el monólogo de Buenafuente de fondo, mirándome la mano que estrechó los pálidos dedos de Riccardo Muti esta tarde. Algo que, para una mitómana de toda la vida como yo, quedará en mi personal e invisible álbum de fantasías cumplidas junto a entrevistar al Gran Wyoming y Marcus Norris, visitar la casa de los Durrell en Kalami (Corfú) y recibir de manos de Manuel Rivas mi ejemplar de El lápiz del carpintero dedicado.

Lo mío con Muti viene de atrás, de cuando me gocé la Marcha Radetzky dirigida por él, impecable en su frac y con la melena al viento, en el concierto del primer día de enero en Viena. Botada, por cierto, en estado algo lamentable, en el sofá semidescuartizado de una casa rural, apenas visible entre las ruinas de un fin de año tormentoso.

Lo mío con Muti hizo que me privara con la idea de acompañar a Javier a entrevistarlo al Teatro Pérez Galdós, supuestamente para servir de intérprete de inglés si era necesario. Y que más me privara cuando acabé de florero humano, sin necesidad de utilizar mi don de lenguas y aparcada en el sofá de Muti, con tiempo para observar su perfil aristocrático, tirando a Christopher Leesco, contra el espejo del camerino. Casi traspuesta, mientras el mítico Muti respondía a Javier en italiano, con voz alta, clara y bien modulada, y yo tomaba nota mental de su calzado deportivo y la fina red de arrugas que rodeaba sus ojillos de color indeterminado.

Salimos del Pérez Galdós tarde, pero encantados. Javier, con su entrevista grabada en la mochila. Yo, mirándome la mano, a punto de partir hacia la Filmoteca Canaria.

Al despedirnos, tanto Javier como yo, que llegábamos predispuestos a encontrarnos con un divo o con un ogro, nos felicitamos por toparnos con un señor correcto cuando no muy amable, autoproclamado amante de la libertad y heredero de la extravagancia española por nacimiento napolitano, que además no se calentó cuando se le mencionó su proverbial fama de tipo con mal carácter.

Por cierto que en la Filmoteca daban Luz que agoniza y que Antonio Bordón me empujó hacia la sala, sin contemplaciones, con la entrada en la mano y posponiendo posibles charlas hasta mañana por la mañana, sorbiendo un café cargadito en Rafael Cabrera.

Así que, con un último recuerdo para la hermosa, sonriente y luminosa Paula, librándose del oscuro Sergis/Gregory en la buhardilla de su casa londinense, y con una última mirada a mi mano tecleante y tocada por la mano de Riccardo Muti, me voy a la cama.

Gaslight_1.jpg

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Comentarios

  • Una de las muchas cosas que me encanta de este blog es que, además de disfrutar de todas y cada una de sus entradas al completo, muchas de ellas tienen frases o momentos que me encienden interruptores aquí y allí.

    Por ejemplo, al leer esta entrada me he visto transportado al pasado, unos quince años atrás, a la madrugada de un primero de año, botado en un estado no muy presentable, en la silla de la cocina de una casa del Barranco del Laurel, gozando en un televisor minúsculo del Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena (aunque no recuerdo quien era el director...)

    Gracias por estos momentos, los conscientes, y los imprevistos :)