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El retorno 2

Inicio el día con algo de magua, a pesar del solajero suave que se cierne sobre El Sebadal, de haber encontrado aparcamiento con facilidad y de que llegara feliz a la cama anoche, después de zamparme Buenafuente con el Hombre a la vera, sacudiéndome manotazos como de disciplina inglesa en los muslos, cada vez que se carcajeaba. El Hombre tiene eso: casi me arranca lágrimas de dolor cuando vemos algo de comedia juntos, porque le brota una risa a trompicones, sonora, y se le escapan las manos hacia donde tengo la carne más blanda y proclive el moretón cardenalicio.

Es como mi Hermano, que no entiende el cariño sin algo de sado y me planta un guantazo explosivo en las nalgas cada vez que me atravieso en su camino y se pone romántico.

Hoy me acordé de Dolph Lundgren, un tipo alto, rubio como la cerveza y de origen sueco, que además tenía fama de poco brillante en su país. Dolph, un actor que se enfrentó a otra lumbrera, Stallone, en un Rocky y que ejercía de matón del Este en algunos productos de acción de los ochenta, regresó a Suecia después de pasar una breve temporada en Hollywood. El vacilón burletero público llegó cuando, al parecer, sus compatriotas comprendieron que había olvidado su idioma materno.

Y recuerdo con ternura amable al muchacho porque, como Dolph, yo he olvidado, tras un mes sin pisar esta redacción, el número de la centralita y hasta mis contraseñas. Confieso que, como él, ya vivía -hasta ayer- en una realidad paralela y que hoy no recordaba mi lenguaje laboral.

También confieso que hoy echo de menos los pasajes más turbulentos de las vacaciones. Como la visita a la Isla Picuda, de chófer familiar Teide arriba y Pueblo Chico abajo. Aunque mi padre se metiera en el papel de Paco Martínez Soria, con sombrerito de paja bandado por aceitunas Escamilla, e insistiera en preferir a Las Teresitas frente a Las Canteras o en comportarse en el tranvía (que, por cierto, atropelló a alguien en nuestro descenso desde La Laguna) como si acabara de llegar de un poblado jíbaro en lo más profundo del Amazonas y ni supiera lo que es una rueda.

Hoy también echo de menos las madrugadas de la Sexta, aprendiéndome de memoria los anuncios de Jes-Extender ("creo que ... creo que sí importa") y pasando revista a retaguardias bamboleantes, tangas brasileños, juegos manga y estrellas del porno pechugonas para móviles ... todo por quedarme paralizada frente a Crímenes imperfectos.

O las visitas médicas, los calores tailandeses del Loro Parque y hasta los apuros del metro madrileño, de punta a punta de la capital del Reino, en busca de amigos perdidos, exposiciones fotográficas con traseros más o menos suculentos y otras experiencias.

En fin, que gracias por la bienvenida y a por el Tenorio voy.


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Comentarios

  • Chamanera

    ¡Que bueno que volviste! Eres una parada obligatoria diaria en mi eterna busqueda internauta.

    un besazo

    CAMBUYON

  • Angie: Creo que el tamaño que importa es el de la imaginación. Eso dice una amiga mía que tiene cara de no haberlo comprobado con frecuencia. Pero sí que te digo una cosa sobre el anuncio de marras: El jes extender es digno de un cruce entre la inquisición y un escuadrón de interrogadores de la época de Videla. Válgame Dios. Cuando ves cómo funciona, todo lo que piensas es: Que me quede como estoy, que me quede como estoy...
    Gracias por los ratitos que paso gracias a tu blog.