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Los padres de él

Mis suegros se llaman Pierre y Antony y viven en un pueblito denominado Divo, en una zona selvática al noroeste de Abiyán. Él es un pedagogo retirado, adscrito a la escuela didáctica de mi madre, también conocida como la de la alpargata justiciera. O eso me dice el Hombre, que me asegura que, cada anochecida, hacía los deberes en una mesita en el patio de su casa, bajo la supervisión de su padre, sin levantar la cabeza rizada del libro por temor al castigo.

Cuando me habla de su infancia, siempre me imagino una casa con un patio de tierra roja, luces como focos taladrando la oscuridad y un ocaso pesado bajo el zumbido de miles de insectos. También imagino que las piernas del Hombre, flacuchas y llenas de moretones y mataduras de campo de fútbol, no llegaban al piso y colgaban, todavía con sus botas de tacos amarradas, de una silla enorme. Que bajaba sus grandes ojos dulces para que su padre no le preguntara nada, sabedor de que el entonces maestro metía la letra con sangre en las cabezas de sus cinco hijos cuando fallaban otros métodos.

Ahora Pierre está retirado. De vez en cuando hablamos por teléfono y, cuando mi francés decalé y coupé se convierte en una barrera, cambiamos a un inglés dudoso. Por eso, el Hombre le envió un libro para que aprenda español, que el viejo profesor se está tomando tan en serio como su papel de intelectual en su pueblo y la representación de la familia en funerales.

Antony es ama de casa, como mi madre. Una mujer que habla poco y se ríe mucho, como tímida, por teléfono. Creo que para el Hombre es más sagrada que Drogba y Buenafuente juntos. Que si Antony me pusiera un pero chiquitito, él me botaría por la borda de su vida sin remordimientos ni dudas.

Esa mujer lleva con mano firme el timón de un barco donde ya hay tres hijas, dos hijos, una hijastra, varios familiares políticos y unos cuantos nietos y también tiene tiempo para su libro de español, que el Hombre está repartiendo entre todos sus parientes cercanos con vistas a una futura visita. Y no sé por qué, sólo de imaginarla al otro lado de la línea, con su suave risa de incomprensión viajando hacia mí, intuyo que Antony está hecha de la misma madera que mi madre. Que tiene aspecto dulce y entrañas de hormigón armado. Que ni las animadoras del Granca, en plan dominatrix y haciendo restallar sus látigos en el aire, la acobardarían. Y que, pese a lo que diga el Hombre y como mi madre, ella es la que lleva los pantalones en casa y la que le toma la lección a Pierre en la intimidad.

A veces, me gusta imaginarnos a los dos.

Yo, de niña, en verano, con el libro Santillana y a la vera de mi madre, a ratos roncando y a ratos haciendo pender sobre mi cabeza una mirada fulminante. Él, de niño, en verano, repasando cuentas con su padre al lado, armado con una regla gigantesca.

A veces, me gusta imaginar que nos recompensaron con una sonrisa orgullosa o nos largaron un alpargatazo al mismo tiempo, aunque en latitudes, países y colores diferentes. Que compartimos un breve momento de gloria o terror en nuestra niñez.

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Comentarios

  • Tranquilos. Que no cunda el pánico. Yo, la musa chunga y mánager vocacional, juro por mis hijos -que no los tengo- que caeré como un rayo apocalíptico sobre la cabeza de Netito si no le habilita en tiempo y forma su nuevo blog.
    No se me pongan tan tristes. Seguro que Angie nos seguirá regalando sus bellas letras, y compadézcanse de nosotros, pobres infelices, que vamos a perder de vista a una gran compañera de trabajo y mejor persona. Snif. Angieeeeeeeeeeeeeeee!!!!! Aaaaaaaaaaaaaaaarg!!!!!!!!!

  • Musa Chunga, desde la lejanía propongo encerrar a Netito en una habitación únicamente con un ordenador y no dejarlo salir hasta que nazcan las Nuevas Cartas a Sinaja.

    Por el momento me conformo con ser inductor, pero si estuviera en la isla, ¡por Tutatis!, que sería autor material.

    Que hay blogs que te alegran el día igual que las pociones secretas dan fuerza sobrehumana a los irreductibles galos.

  • ¿Encerrarme en una habitación con un ordenador? Pero si ese es el resumen de mi vida durante los últimos diez años.... :|

    Encerrarme con la Musa Chunga, eso sí que me pondría los vellos de punta.

  • No es la pedagogía usada en cada momento histórico, antes con modelos autoritarios y ahora permisivos..., lo que nos deja mayor o menor huella en nuestra memoria, sino los aprendizajes que nos ha deparado el acceso a la cultura y el agradecimiento a quien nos lo posibilitó...