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La diosa que respiraba fuego y el argentino que comía zetas

Coincido con el compañero Victoriano en que a una se le podía destartalar la agenda (y la economía) con la programación cultural del fin de semana en esta ciudad. La oferta disponible incluía a Eliane Elías, Riccardo Muti, Sylvie Guillem y Akram Khan, entre otros, amenizándole a una la tibia nocturnidad en los diferentes espacios escénicos que adornan una capital ensalitrada, transpirante y encamada en calima (y gases, a ratos).

Me perdí a Calandrino y Muti, aunque la propuesta sonaba estupendamente sin necesidad de escuchar cómo un joven músico italiano pulsaba una cuerda ni observar al divo con batuta echarse la melena hacia atrás antes de atacar su partitura. También me perdí el jazz con clase de Eliane y no veré a Stanley Jordan, ese marciano solitario anclado a una guitarra eléctrica, que aterriza en esta ciudad pasado mañana.

Este fin de semana me decanté por la danza kathak mestiza del Cuyás y los monólogos crudos y salpimentados con tacos de Garamendy en el Cicca.

El sábado, la visión descarnada y sin concesiones de la inmigración y la crítica irónica a la Europa más retrógrada y egoísta. El domingo, Sylvie Guillem transmutada en un remolino de brazos y piernas como aspas, girando sin aparente esfuerzo.

El espectáculo más interesante -salvando las distancias con ¡Inmigrandes!, una propuesta totalmente diferente- fue Sacred Monsters. La larguirucha y pelirroja Guillem conversaba con su pareja de baile a ratos, con un acento francés marcado. Se detenía para observar el baile de él o escuchar la música, a medio camino entre el rubí del turbante de un marajá y los acantilados de Moher. Entonces sentíamos su respiración en todo el teatro: fuerte, alterada, sincera.

Enredándose en Sylvie Guillem estaba Akram Khan, pequeño a su lado, chispeante y energético frente a la lentitud deliberada y la pura extremidad de ella, hermoso.

Lo cierto es que tiendo a perder la concentración en el teatro. Me pasa, a priori, con hora y media de monólogos o con un ballet. Sin embargo, se me quedó corto el catálogo de mezquindades hacia otras razas y colores de Pepe Garamendy y más corto aún el ondular de dos cuerpos enlazados entre chirridos de violín y golpes de percusión repentinos sobre el escenario del Cuyás.

Y, como Victoriano, espero que la cosa no quede en esporádicos caramelitos deliciosos y adquiera carta de menú fijo de lujo. Que me sigan desequilibrando agenda y presupuesto.

pd. A otro nivel, que disfruté de Lío embarazoso (gracias, Aitor Guezuraga y Luis Miranda), a pesar de los repetidos manotazos del Hombre contra mis rodillas. Que mejor corremos un tupido velo sobre el partido contra el TAU del domingo. Y que vivan el arroz integral y los cuatro dientecitos de Diego. Receta inmejorable para un fin de semana perfecto.



Sylvie y Akram.

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