Sin título
El domingo me desperté en una cama ajena, con el Hombre amarrado a las willendorfianas caderas y el sol radiante de Madrid colándose por una ventana. Mi móvil vibraba suavemente sobre una mesita extraña. Era tarde, pero nos habíamos ido a la cama a las tres de la madrugada, recién llegados de la ínsula para una brevísima escapada relámpago a la capital. Así que no nos decidíamos a abandonar el colchón que nos dejó Serafine en su apartamentito desangelado, castigado con una hipoteca millonaria, a diez minutos de la parada de metro de Urgel.
Mi móvil vibraba porque me llamaba Victoriano, compañero de trabajo y responsable del Pleamar, un suplemento cultural del periódico donde -entre otras cosas- se habla de y se hace literatura. Él me despertó con toda la suavidad posible, me avisó de que tenía malas noticias cuando empecé a coger tino, me preparó con delicadeza y me soltó un balde de agua helada: que Lola había muerto.
Esta mañana regresé a Gando, todavía confusa. Dejé la bolsa de viaje en casa, me duché y enfilé hacia la Cadena Ser casi sobre la marcha.
Kiko Barroso me anunciaba en directo que habían detenido a medio ayuntamiento de Santa Brígida, antes de que pudiera hablar un poquito de Lola en la tertulia que cerraba el Hoy por hoy. Lo cierto es que podrían haber detenido también a media Conferencia Episcopal y me habría dado igual, porque yo sólo podía pensar en todo lo que se me quedó en el tintero con ella: películas en el Monopol, amaneceres africanos en la Tetería, libros, cruces de comentarios y entradas de blog, cafés entibiados por la ventolera de Las Canteras, ...
Supongo que sólo dije obviedades en antena. Es difícil resumir todo lo que una persona puede significar para otra en cuatro frases frente a un micrófono y sin tiempo para que te barra el dolor todo el organismo, te vacíe las reservas de sal y se te aposente dentro.
Ahora no sé qué hacer con su número de teléfono, al que me gustaría llamar como en un cuento de Millás para que ella me consolara. Ni con su correo electrónico, sin saber si leyó mi último mensaje. Ni con el último libro suyo que compré, de poesía, que no sé dónde he traspapelado ni si tengo moral para abrir en estos momentos. Ni con unas fotos de viaje que debía devolverle desde hace semanas y donde sonreía feliz a la cámara, entre ruinas sicilianas. Ni con amigos que no supieron que estaba enferma hasta que se fue por la puerta de atrás, sin molestar ni inspirar lástima, armada con su timidez amable y su cargamento de proyectos a medias almacenado en el portátil.
Las cosas más importantes son, para mí, las que apenas puedes vocalizar, las que no encuentran palabras en el teclado.
Yo, todavía, no puedo hablar ni escribir de Lola.


