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Lindo día, lindo festival

Acabo de llegar a casa desde el Mojo Club, apestando a cigarro y pasada, vuelta y vuelta, por mi propio sudor. Anoche despedimos a Beatriz Tejada, compañera de la sección de Local, que enfila ahora hacia Madrid. Primero, atacamos un menú libanés (al que llegué tarde) en Las Canteras y luego pasamos al cartaoro de toda la vida junto al Auditorio, con Sin Saldo versioneando de fondo.

Yo llegué al Monte Líbano desde un acto institucional en el Teatro Pérez Galdós: la celebración de 80 años de provincia doble en Canarias y la capitalidad de Las Palmas de Gran Canaria en la esquina oriental del archipiélago.

Reconozco que lo mío fue un paso más bien fugaz por el teatro, dado que tenía que correr hasta El Sebadal a terminar una página y, como es bien sabido, que diría Eduard Punset, las rotativas no esperan por nadie.

Y lo cierto es que tengo que agradecer a los esos ochenta años sin doble centralismo el haber pisado por primera vez el Pérez Galdós en lo que va de siglo ... si exceptuamos las brevísimas visitas a su polvoriento vestíbulo en la campaña electoral.

Entré distraída en el que fue mi teatro favorito, pensando en encontrar mi sitio con la prensa e intentando reconocer caras de políticos, empresarios y artistas. Mi blusa H&M nueva, un poco floja tirando a prenatal me tenía además algo tensa, me hacía imaginar que todos me espiaban y comparaban mi figura con la de un Demis Roussos bajito y sin barba.

Magec y Javier nos pasaron la documentación pertinente. Nos alineamos en nuestra fila, mirando de reojo a una pareja como apolillada y llena de oropeles que nos quitaba butaca. Nos dejamos filmar y fotografíar. Escuchamos. Tomamos notas.

Teresa Noreño, catedrática de la ULL, nos recitó su conferencia, algo demasiado sesuda para la mitad de la concurrencia. Nos llevó desde 1812 y Cádiz hasta 1927, aunque la prensa salió en pleno de la sala poco después de las nueve y media y cuando la doble provincia y capitalidad de idem quedaba todavía algo lejos.

Por otro lado, señalar que estoy que no quepo en mi sedosa (y asfixiante) camisa libanesa desde que Viggo Mortensen regresó a España, otra vez con David Cronenberg. Mi hombre favorito (a excepción del propio Hombre) llega ahora en la piel de un mafioso ruso, hablando con su lindo acento porteño, de la mano de su director fetiche.

Comienza el Festival de San Sebastián y ya quisiera yo estar por La Concha, de pintxos y caza y captura de la estrella del celuloide.

Suspiro y hago control mental y visualizaciones en las que Viggo ocupa el lugar junto a la manta raya de la terracita del Auditorio Alfredo Kraus, donde este año posaron Susan Sarandon y Marisa Paredes. Le veo hundir sus manos gigantes de guerrero mítico, sicópata o jinete desarretado en una cubeta de cemento en Las Canteras. Me lo tropiezo mentalmente en el Hotel Madrid, tomando una caña y un bocadillo de calamares con la vista perdida en la telaraña de lucecitas que trepa por las palmeras. Me siento a su lado, tirando por la borda matrimonio, cordura y decencia. Sufro una tontura. Me doy a la bebida sin tino y sin medida.

Y despierto en mi camisa también desmedida y nicotinizada, en el salón familiar, con los dedos sobre las teclas y la única compañía de Idi Amin, cobrando vida en las páginas de Alberto Masegosa.

Es hora de dormir.



Viggo con la suertuda de Naomi Watts.

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Comentarios

  • Nenito: Estaba sobrecogida, ni pude echar un tiento a la cámara. El teatro estaba precioso :)

    pr2n8: La barba esa es horripilante, sí. Debe ser exigencia de rodaje. Pero lo importante es lo que hay tras la barba y el mal corte de pelo. Viggo forever! ;)