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Leyendo a Alberto Masegosa

Conocí a Alberto Masegosa hace ya diez años. Él era corresponsal de Efe en Johannesburgo y yo me había enamorado de Sudáfrica en mi primera visita al país del Karoo y el parque Kruger. Quería trabajar allí, aunque las estadísticas de violencia sexual dieran miedo, aunque me dijeran que no podía detenerme en los semáforos rojos, so pena de atraco y quizás muerte, y aunque mi amigo Avron Cilliers me pusiera los pelos de punta con leyendas urbanas, anécdotas espeluznantes y demás.

Yo me veía tomándome un té con Nelson Mandela en el lindo porche, rodeado de viñedos y ovejas, de mi casita de Simon's Town, mi ciudad favorita de la provincia del Cabo. Así que mandé a Alberto Masegosa mi breve curriculum con una carta suplicante.

Él me llamó, cruzamos un par de conversaciones amables y mi falta de carnet y -probablemente- mi inglés penoso y mi falta de experiencia me dejaron fuera de concurso. Poco después, falló también mi intento de escapada rumbo a la bucólica Proserpine, a un tiro de boomerang de la Gran Barrera Australiana. Y después llegaron los muy reales Estocolmo y Dublín.

Alberto Masegosa siguió en el país del arco iris hasta que, en el año 2002, lo destinaron al Cairo. Desde allí partió hacia Irak a cubrir la guerra y escribió un libro con otros dos compañeros de odisea. Después saltó al corazón del Imperio, Nueva York. Y ahora, acaba de aterrizar en la Jerusalén de los tiempos de la sagrada siesta.

Hace un par de semanas que me llegó el anuncio de su nuevo libro con las novedades de La Catarata: Crónica de un viaje al sur del Sáhara. Es la primera experiencia de coedición de Casa África. Es, además, el producto de años de viajes, entrevistas, estudios, charlas y observaciones personales por el Subsáhara.

Lo pedí por correo sobre la marcha.

Ahora estoy, a estas horas de la noche, con Alberto Masegosa en una desolada Kigali. Previsiblemente, nos pondremos en camino hacia Goma por la mañana.

Dejé Los hijos de Anansi de Neil Gaiman en la página 18. Y me acechan las ovejas de Glenkill, que balan por mí en la librería Canaima. Sin embargo, lo único que me apetece es seguir de viaje mental por África con Alberto Masegosa y, algún día, obtener el dinero y el visado necesarios para regresar a la tierra roja que vio nacer a Samora Machel, Kwame Nkrumah, Thomas Sankara o Julius Nyerere.

Y meter los pies en el agua aturquesada del Índico mientras una passada languidece bajo los mortales cocoteros. Y que me llegue el olor del caril de camaroes de una terraza. Y poder escuchar los ruidos de África: el golpeteo de los morteros, las conversaciones de las mujeres, los juegos de los niños, el susurro de las palmas, ... Y que África me absorba. Y que a mi lado esté Alberto Masegosa.



Samora Machel, líder de Mozambique.

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Comentarios

  • Hola!
    Jejejeje, dan hasta ganas de ir... pero la verdad es que tanto problema de seguridad da un poco de cosa.

    Por cierto que me leí "las ovejas de Glennkill", muy curioso, pero a ratos un poco lento... característica muy ovejuna, por otra parte :-)