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La hora helada

Ayer se cumplieron 34 años sin Allende. También se presentó el Festival de Cine de Las Palmas de Gran Canaria en el Gabinete Literario y España pasó a cuartos de final del Eurobasket. Finalmente, la linda Yeya estuvo a punto de ser linchada por una caterva de hooligans del arte, mientras yo me tomaba mi zumito con Antonio Bordón, hablando de libros. Acabábamos de ver La hora fría de Elio Quiroga y esperábamos por el director y su protagonista, Julio Perillán, que no acababan de aterrizar en la terracita de la Alameda de Colón para el cine forum.

La película me pareció digna, con una buena factura y una trama interesante. El final es realmente "bestial", tal y como prometían director y actor en la previa. Los del Monopol pusieron de su parte, al convertir la sala en refrigerador donde la expresión "hora fría" cobraba más sentido y los pezones, hechos cubito de carne, intentaban salirse del pulover fino. Además, me gocé unos cuantos tramos del filme entre los dedos con los que me tapaba los ojos (*), algo que arrancó una risa sádica de labios del mismísimo Elio Quiroga.

Para disfrutar la película, me situé entre Nenito y Ulises. Mi intención era sobrellevar -a pellizcón limpio y brinco sobresaltado- los sustos con que Quiroga tuviera a bien pespuntar la jornada. A la salida, procedimos a calentarnos con un par de tapitas, acompañados por Delia, mientras destripábamos un argumento que, como bien explicó el joven perillán, tiene esa suciedad tan española de cabo sin atar y fleco al viento.

Como un Alejandro Morales cualquiera, estuve de charla con Virginia Park, Antonio Becerra, Guacimara de Elizaga, etc.

En el primer caso, para preguntar por el canarión Pepe Julio Park, imitador redomado de Pelvis Presley y compañero de reparto de Benicio del Toro en la última película de Steven Soderbergh. Según su hermana, el nuevo actor ya acabó rodaje y se encuentra en Barcelona reponiéndose del entrenamiento con un marine y de las penalidades de la selva boliviana. Al parecer atesora muchas anécdotas y contactos tan interesantes como un miembro del equipo técnico de Spielberg.

Posteriormente aparecieron los señores Quiroga y Perillán.

En el caso del director, protesté por ese "punto de optimismo irónico" que jamás vi en la película. En el del actor, averigüé que su anillo de casado pertenece a su abuela, que su abuelo es de Telde y que compartió plano con la chupacámaras magnética de Scarlett Johansson para descubrir que es joven, talentosa, con retentiva y humilde.

Con Perillán seguimos de charla sobre Lars von Triers, Estados Unidos, sus proyectos favoritos (incluida una colaboración con Samuel P Abrahams y Maya Datau) o su familia desperdigada por el mundo.

Sólo le faltaba a la noche una Yeya luminosa en su vestidito de verano y sus cantarines tacones rojos.

Sobre todo, para confirmarle que tiene razón: que la sonrisa de Julio Perillán impacta como falso meteorito estampándose contra cubierta protectora de la Luna. Que sí que tiene ojos intensos tras las gafas y un punto analítico y retraído, a pesar de su amabilidad, que lo hace interesante. Que la contradicción de su cara de niño bueno repeinadito (influencia de la madre de Bajo Ulloa, dice) y su carácter de oveja negra que cuelga la Física por la farándula le da un toque que comprendo que fascine a cualquiera.

(*) Aunque recuerdo al personal que soy de natural pusilánime y me aterrorizo con Gritos en el pasillo o con los el videoclip de "Thriller", del plagiador Michael Jackson.

En camino hacia "La hora fría".

Quiroga y Perillán. Dos personas a las que he visto más que a mis padres y algunos compañeros de trabajo en los últimos dos días.

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