« El pijama de rayas | Inicio | Big Luciano y Miss Sarajevo »

Mensaje para una musa

Precisamente en la madrugada de ayer, le pasé una colección de cincuenta microrrelatos, que quisiera publicar, a Yeya. Le pedí título, porque siempre me ha costado titular lo que sea, desde un aforismo a un reportaje. Ella me sugirió cosas, con muy buen tino, que ya casi no recuerdo gracias a mi proverbial falta de memoria y que no guardé en un archivito de texto del wordpad, dada mi inveterada tecnotorpeza.

Ahora, acabo de leer en el blog de Dolores Campos-Herrero tres microrrelatos estupendos, con ese toque siniestro tan suyo que a mí, personalmente, me subyuga. Y como tenemos pendiente un té y unas pastas libanesas y como, además, no le ha echado los ojos encima a estos tres en concreto, que escribí hace apenas unas horas, procedo a colgarlos sobre la marcha.

También, a pedir editorial, cita y ayuda para decidir si empiezo con Donde mueren los ríos, de Antonio Lozano, o espero a entrar en mi bibliocoche mañana y encontrar otra lectura.

Los microrrelatos en cuestión son:

El superviviente
El remolino lo escupió en la inhóspita costa de Casamance traspasada la medianoche. Se puso en pie con dificultad, vivo de puro milagro, sobre las rocas de la playa. Tropezando, cayendo, levantándose de nuevo, machucándose los dedos, avanzó hasta el borde de la jungla y se hizo una cama con hojas secas. Allí se enroscó sobre sí mismo, agotado, con sólo el bañador y la noche senegalesa encima. Sabía que acababa de escapar de la muerte por los pelos. Lo que no sabía es que una muerte diferente se colaba bajo su epidermis a picotazos sutiles y tibios arañazos artrópodos.

Óscar
Era un tipo atildado hasta la exageración y de andares cursilones. Merodeaba por los pasillos del hospital a medianoche, metiendo la nariz en diferentes habitaciones, curioso. De vez en cuando rascaba con las uñas, sutilmente, el dintel de una puerta. Indefectiblemente, el paciente tras esa puerta aparecía muerto a la mañana siguiente en su cama. Los enfermeros se hacían cruces si lo veían avanzar por el pasillo. Los pacientes lo rehuían con fintas arriesgadas hacia los servicios, si intuían su maullido profético flotando cerca de la sala de espera. Sabían que era su lugar favorito para lamer sus garritas mortales y ordenarse los bigotes.

Confabulación
La ciudad se llena de trampas en hora punta, justo cuando él intenta coger la autovía para llegar a la casa de su amante. En ese momento, las sirenas entonan su coro de alaridos en las curvas sin visibilidad, justo donde voltean las luces de las ambulancias. A veces, una sábana tapa un cuerpo y siempre crujen sobre el asfalto miles de cristales rotos. Los otros vehículos reducen su velocidad al llegar al accidente de turno, precavidos, pero él sólo consulta -ansioso- el reloj de su salpicadero y calcula el número de besos que pierde.

Oscar itself.

TrackBack

URL del Trackback para esta entrada:
http://www.canarias7.es/blogadmin/mt-tb.cgi/823

Comentarios

  • Gracias, generosa. A mí también me han gustado los tuyos, sobre todo el último.
    Puedes titular el libro con el título de un micorrelato, el que más conseguido te parezca.
    Para más detalle: cita de té y pastas. Lola