Goodbye, Zerolo
Me acabo de despedir del filito de mar que se veía desde mi ventana de hotel, donde también residen una grúa amarilla y la curva en que termina ese megacasco de conquistador castellano, en blanco, que es el Auditorio de Tenerife. También de La Recova y de la diminuta cafetería, especializada en dulces gomeros, que expone su catálogo de tentaciones a las puertas del Teatro Guimerá.
Esta mañana sólo tuve tiempo de escuchar de refilón a Alejandro Zenker, exponiendo su decálogo para la profesionalización del editor, y de tomarme un cortado y un platito de leche asada con Eduvigis Hernández.
Precisamente ahora y mientras observo las laderas que delimitan la pista de los Rodeos, comidas por jirones de niebla, chispeos intermitentes y repentinos parches de sol, tiene que estar finalizando la cata de suicidios de Eduvigis, acompañada por una copa de vino y repostería en la Feria de la Edición. Ya cuando me marchaba, un rebaño de viejitas decididas tomaba posiciones junto a los toneles de la zona de catas y echaba un tiento a las bandejitas de almendrados.
Me trajo al aeropuerto Maxi, chófer eventual, defensor de la dimensión humana de Paulino Rivero, árbitro de baloncesto, murguero y un enamorado del tranvía, el parque García Sanabria y la calle Noria, al que tengo que agradecer un brevísimo tour por Santa Cruz en abandonando la isla.
Justo antes de marcharme, recogí el precioso volumen MeridiART, publicado por PuentePalo, de manos de María Jesús Alvarado. Saqué una foto a Rosa Cigala, la mejor directora artística de editorial que imaginarse pueda. Besuqueé a Noemí Fernández, chica para todo con capacidad de organización soprendente cuando no milagrosa. Me despedí del distribuidor del Fondo de Cultura Económica, Ángel Romero, el único madrileño pausado y amable que conozco (de momento y si exceptuamos a dos compañeros de facultad, Pedro y Sofía, y sus respectivas familias). También me despedí de la escritora vasca Inés Matute y su marido, Joaquín, de Jorge Liria y de José Ramón Tramunt. Finalmente, agradecí a Ángeles Alonso las atenciones y el cariño.
Y ahora aquí estoy, esperando por mi Binter con las ovejas de Glennkill, expectantes a un lado, por si habemus retraso.
Nota. La posdata del día tiene que ver con la increíble profusión de ángeles que conviven en esta isla picuda y verde. Jamás encontré a tanto tocayo junto. Vivo en un constante sobresalto, con mi nombre oficial asaltándome desde todos lados, y eso me pasa desde que puse pie en este pedacito de lava, ladrillo y pino. Siempre creo que me hablan a mí. Quizás nací en la isla equivocada ...


