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Desde La Recova

Llevo tres días sin ordenador en casa y con miles de cosas pendientes en la recámara, mientras las vacaciones se acercan con pasos de Bárbol acelerado. El cuello es un puro callo dolorido, por la tensión y el estrés. Y lo que es peor: ni pude reflejar en este blog la charla con Eduvigis Hernández sobre las alarmantes estadísticas de suicidio en Uruguay ni la entrevista a Alberto Masegosa por teléfono. Tampoco el final de mi lectura de Masegosa y el comienzo de Las ovejas de Glennkill. Ni OVNI ni Lenore, adquiridos religiosamente en Moebius, junto con calorías extra de pastillita de fresa azucarada japonesa.

Ahora estoy en La Recova, en la capital tinerfeña. Está a punto de comenzar la IV Feria de la Edición y el V Encuentro de Editores en Canarias en este espacio íntimo y acogedor, que jamás había visitado antes. Hace un poquito de demasiado calor y, de fondo, se escucha un sonido de timples contemporáneos y un murmullo de conversaciones.

En los puestos se sitúan las editoriales canarias y además, de propina, un par de editoriales peninsulares (Fondo de la Cultura Económica, por ejemplo) y mexicanas, la Asociación Canaria de Escritores y misceláneas varias. También se encuentran, entre barriles de bodega para la cata de vinos y lecturas y stands cargados de libros, viejos conocidos: Ángeles Alonso, Héctor Huerga, desde Oaxaca, Jorge Liria y Elsa López, por ejemplo. Entre las autoridades, Isabel García Bolta, ahora coordinadora técnica en la Dirección General del Libro del gobierno canario, y su jefa, la recién aterrizada Blanca Quintero herself, más alguien del cabildo tinerfeño, en representación de Cristóbal de la Rosa.

La presentación comienza a las 18.00 horas, con Ángeles Alonso al frente y unas palabras del mexicano Alejandro Zenker sobre su exposición fotográfica, que mezcla a escritores erotómanos con modelos desnudas, palabras encendidas de pasión y el blanco y negro del objetivo. A la media hora, un debate sobre la edición independiente.

Creo que el programa termina sobre las 20.00 horas y que podré retransmitirlo casi en directo, vía noticia y blog, si la tecnología no me falla. A las ventanas de madera de esta ex recova luminosa y diminuta pongo por testigos.

Nota: De posdata, agradecer a Binter la hora de retraso, gracias a la que me leí la mitad de Las ovejas de Glennkill entre aeropuerto y vuelo. También agradecerles que despertara al sugerente Richard Bona de una especie de siesta artística en Nueva York, quince minutos más tarde de la hora acordada. Finalmente y por adelantado, agradecerles el retraso de mañana, al volver a Gran Canaria, gracias al que me terminaré la historia de las ovejas y tendré tiempo de empaparme todos los periódicos locales, de cabecera a programación.

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