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28 de Septiembre 2007

Mientras hay Soria, hay esperanza

José Manuel Soria coge nuestro vuelo. Ahora charla, con su siniestro terno oscuro, sus gafas de pasta negra y su repeine engominado, por el móvil. Acaban de anunciar el retraso del vuelo Binter a Gran Canaria anterior al nuestro y las ovejas de Glennkill balan, satisfechas, un "ya te lo dije", previo a un "no nos mires, léenos".

Dudo si abrir el libro o no.

Los viajeros que acaban de llegar de Gran Canaria salen de su vuelo retrasado y una azafata histérica grita a los pasajeros a La Palma un último aviso que suena a amenaza de latigazo con cuatro colas ensalitradas, tortura y fusilamiento en un borde del aeropuerto.

Examino a Soria, el primero de la fila, con su móvil soldado a la oreja. "Si va en nuestro vuelo hay esperanza", suspiro. No creo que Binter se la juegue con otro retraso, teniendo al responsable de Economía autonómico en la cola.

Ya se me olvidó rezar, pero intento un simulacro de oración mientras tecleo. Porque se me está olvidando la razón por la que me cautivan los aeropuertos, los embarques y hasta el pitido de los controles de seguridad a la zona de las puertas.

La gente se apelotona alrededor de Soria y la puerta de embarque. Parece que salimos a tiempo ...

Goodbye, Zerolo

Me acabo de despedir del filito de mar que se veía desde mi ventana de hotel, donde también residen una grúa amarilla y la curva en que termina ese megacasco de conquistador castellano, en blanco, que es el Auditorio de Tenerife. También de La Recova y de la diminuta cafetería, especializada en dulces gomeros, que expone su catálogo de tentaciones a las puertas del Teatro Guimerá.

Esta mañana sólo tuve tiempo de escuchar de refilón a Alejandro Zenker, exponiendo su decálogo para la profesionalización del editor, y de tomarme un cortado y un platito de leche asada con Eduvigis Hernández.

Precisamente ahora y mientras observo las laderas que delimitan la pista de los Rodeos, comidas por jirones de niebla, chispeos intermitentes y repentinos parches de sol, tiene que estar finalizando la cata de suicidios de Eduvigis, acompañada por una copa de vino y repostería en la Feria de la Edición. Ya cuando me marchaba, un rebaño de viejitas decididas tomaba posiciones junto a los toneles de la zona de catas y echaba un tiento a las bandejitas de almendrados.

Me trajo al aeropuerto Maxi, chófer eventual, defensor de la dimensión humana de Paulino Rivero, árbitro de baloncesto, murguero y un enamorado del tranvía, el parque García Sanabria y la calle Noria, al que tengo que agradecer un brevísimo tour por Santa Cruz en abandonando la isla.

Justo antes de marcharme, recogí el precioso volumen MeridiART, publicado por PuentePalo, de manos de María Jesús Alvarado. Saqué una foto a Rosa Cigala, la mejor directora artística de editorial que imaginarse pueda. Besuqueé a Noemí Fernández, chica para todo con capacidad de organización soprendente cuando no milagrosa. Me despedí del distribuidor del Fondo de Cultura Económica, Ángel Romero, el único madrileño pausado y amable que conozco (de momento y si exceptuamos a dos compañeros de facultad, Pedro y Sofía, y sus respectivas familias). También me despedí de la escritora vasca Inés Matute y su marido, Joaquín, de Jorge Liria y de José Ramón Tramunt. Finalmente, agradecí a Ángeles Alonso las atenciones y el cariño.

Y ahora aquí estoy, esperando por mi Binter con las ovejas de Glennkill, expectantes a un lado, por si habemus retraso.

Nota. La posdata del día tiene que ver con la increíble profusión de ángeles que conviven en esta isla picuda y verde. Jamás encontré a tanto tocayo junto. Vivo en un constante sobresalto, con mi nombre oficial asaltándome desde todos lados, y eso me pasa desde que puse pie en este pedacito de lava, ladrillo y pino. Siempre creo que me hablan a mí. Quizás nací en la isla equivocada ...

Nocturnidad y alevosía

Me repantigo en mi enorme cama del Hotel Contemporáneo, desnuda cual anillo de Neruda en la tórrida noche santacrucera. Hacía años que no pasaba por esta ciudad laberíntica y estoy todavía un poco traspuesta con algunos rincones con encanto, tirando a coloniales y llenos de sugerencia, que no podría encontrar de nuevo aunque quisiera. No pongo nombres ni coordenadas a nada, en esta Santa Cruz que para mí es un misterio. Y mi sentido de la orientación, siempre dudoso, acaba de naufragar en un emboste a tarta casera de chocolate en el Camelot.

Echo de menos al Hombre, después de que me llamara por teléfono ... una vez terminados los partidos de liga de la jornada, por supuesto. Y más lo echo de menos rodeada de muebles de wengé y con el parqué casi negro bajo los pies descalzos, arrullada por la vibración del portátil y el ronroneo del ascensor, de vez en cuando.

Tras la refrescante charla con Alejandro Palomas y la opípara cena junto a la gente de Baile del Sol (Noemí y Tito, fundamentalmente), la escritora Inés Matute, la compañera de gremio Inma Luna y los responsables de PuentePalo, procedo a meterme en la cama con las ovejas de Glennkill. Corre la página 138 y Othello, el carnero negro, busca la casa del principal sospechoso de asesinato para la comunidad ovina: Dios.

Junto a los dos nuevos libros de Dolores Campos-Herrero, Lenore me mira, con ojos extraviados y sonrisa perversamente inocente, desde la portada de uno de sus libros.

Poco más que agredir, salvo que mañana me terminaré de freír los muslos con el portátil en la feria, recogeré los bártulos y correré hacia esos Rodeos tapados con un edredón de neblina para regresar al ventoleriento y luminoso Gando ...

Aunque tras la última llamada del Hombre, anunciando su intención de pasarse el fin de semana en casa viendo la tele, considero que quizás debería perder el vuelo y quedarme en la isla del "maravilloso Teide" (Amigo del Hombre dixit) hasta que finalice Minuto y Resultado el domingo y empiece Medea en el Cuyás.

Maldito fútbol.

27 de Septiembre 2007

Otro inciso

Se me pega la ropa al cuerpo. Me enchumbo en mi propio sudor. Y ahora comienza la presentación de una recopilación de trece relatos, El cuaderno del mago, de Alejandro Palomas. Palomas consiguió, con Tanta vida, su última novela, el favor de público y crítica. Eso explica Alfonso González Jerez, también escritor y periodista.

Poco antes de entrar al trapo con Palomas, tuvo su bautizo santacrucero un libro de poesía, Ciclos en mi interior, de un autor palmero, Misael Pulido. Es un hombre con aspecto ligeramente sacerdotal, lenguaje gestual a lo ZP y que, además, parece haber tenido una vida amorosa tirando a catastrófica. O eso intuyo cuando Pulido se dice pesimista en temas del corazón.

Ahora, Palomas habla de la poesía, mientras un joven con cámara fotoperiodista le retrata desde todos los ángulos posibles. Precisamente ese joven me acaba de mirar con expresión de horror en la cara por tener el portátil en la falda. Aparta mi atención del teclado para decirme que debo tenerlo alejado como 30 centímetros de la piel, me alarma y casi aterroriza.

"Para el público soy demasiado literario, para las editoriales alternativas me he vendido a las editoriales grandes, así que tengo que estar prostituyéndome constantemente, vendiendo motos", afirma Palomas, despertándome de la crisis por los comentarios del fotoperiodista.

Dice que no quiere tener como influencia a Antonio Gala y Juan Cruz, por su afición a las subordinadas, y sí a Jeanette Winterson. También comenta que no lee mucho de lo que le preguntan y, fundamentalmente, no lee mucho poeta español. Afirma preferir poetisas y, sobre todo, norteamericanas. Y clama que debería publicar en Anagrama.

Me gusta que diga que no tiene tiempo que perder para que le vendan motos literarias. Que apunte que le interesa el blanco que es blanco y el negro que es negro, la sencillez, lo que entiende, ... Y, finalmente, que admita que no sabe qué es lo que le interesa leer.

- Un tipo curioso. No un Bieito cualquiera de la literatura -sentencio, antes de leerle y engancharme ... o no.

Inciso

Jamás debí haber venido, rumio, sentada en este hornillo amigable en piedra y arco de punto que es La Recova. Creo que Mariví Cabo canta sobre un fondo de oleaje suave y acabo de gastarme veinte euros en libros.

Todo esto me pasa por irme a la caseta de Idea, donde Rosa Cigala, maquetadora de mis dos libros hasta el momento y librera-sirena de voz irresistible, me acaba de enseñar las dos últimas publicaciones de Dolores Campos-Herrero.

Uno de los dos libros que acabo de añadir a mi tonga de lecturas a atacar estas vacaciones es Ficciones mínimas, un conjunto de microrrelatos, como su nombre indica. El otro es Vida imaginada, un volumen de poemas.

Además, le eché un ojo bajo la cintura a la modelo desnuda de Zenker, junto a la que aparece algún autor abusador, que le estruja los pechos -sin recato y con fruición- en una imagen, o incluso una autora exhibicionista también en cueros, además de sogas, tocas de monja y otras parafernalias.

Ahora comienza el debate, con Jorge Liria, Nora Hernández y Diego Ortiz y de la mano de Uberto Stabile como moderador.

Y aquí se acaba el inciso y cierro el monedero.

Desde La Recova

Llevo tres días sin ordenador en casa y con miles de cosas pendientes en la recámara, mientras las vacaciones se acercan con pasos de Bárbol acelerado. El cuello es un puro callo dolorido, por la tensión y el estrés. Y lo que es peor: ni pude reflejar en este blog la charla con Eduvigis Hernández sobre las alarmantes estadísticas de suicidio en Uruguay ni la entrevista a Alberto Masegosa por teléfono. Tampoco el final de mi lectura de Masegosa y el comienzo de Las ovejas de Glennkill. Ni OVNI ni Lenore, adquiridos religiosamente en Moebius, junto con calorías extra de pastillita de fresa azucarada japonesa.

Ahora estoy en La Recova, en la capital tinerfeña. Está a punto de comenzar la IV Feria de la Edición y el V Encuentro de Editores en Canarias en este espacio íntimo y acogedor, que jamás había visitado antes. Hace un poquito de demasiado calor y, de fondo, se escucha un sonido de timples contemporáneos y un murmullo de conversaciones.

En los puestos se sitúan las editoriales canarias y además, de propina, un par de editoriales peninsulares (Fondo de la Cultura Económica, por ejemplo) y mexicanas, la Asociación Canaria de Escritores y misceláneas varias. También se encuentran, entre barriles de bodega para la cata de vinos y lecturas y stands cargados de libros, viejos conocidos: Ángeles Alonso, Héctor Huerga, desde Oaxaca, Jorge Liria y Elsa López, por ejemplo. Entre las autoridades, Isabel García Bolta, ahora coordinadora técnica en la Dirección General del Libro del gobierno canario, y su jefa, la recién aterrizada Blanca Quintero herself, más alguien del cabildo tinerfeño, en representación de Cristóbal de la Rosa.

La presentación comienza a las 18.00 horas, con Ángeles Alonso al frente y unas palabras del mexicano Alejandro Zenker sobre su exposición fotográfica, que mezcla a escritores erotómanos con modelos desnudas, palabras encendidas de pasión y el blanco y negro del objetivo. A la media hora, un debate sobre la edición independiente.

Creo que el programa termina sobre las 20.00 horas y que podré retransmitirlo casi en directo, vía noticia y blog, si la tecnología no me falla. A las ventanas de madera de esta ex recova luminosa y diminuta pongo por testigos.

Nota: De posdata, agradecer a Binter la hora de retraso, gracias a la que me leí la mitad de Las ovejas de Glennkill entre aeropuerto y vuelo. También agradecerles que despertara al sugerente Richard Bona de una especie de siesta artística en Nueva York, quince minutos más tarde de la hora acordada. Finalmente y por adelantado, agradecerles el retraso de mañana, al volver a Gran Canaria, gracias al que me terminaré la historia de las ovejas y tendré tiempo de empaparme todos los periódicos locales, de cabecera a programación.

24 de Septiembre 2007

Leave Britney alone!

Lo de Britney Spears es un sinvivir. Que si se pasa de virginal princesa adolescente del pop a pelandusca habitual en las clínicas de rehabilitación. Que si está hecha una foca cuando no está embarazadísima. Que si ha perdido la magia y las tablas. Que si se divorcia. Que vaya amigas tienes, Britney, que de Paris Hilton no se puede aprender nada bueno.

Por no hablar de la pobre Lindsay Lohan, que ahora dicen que anda revolucionando el centro de rehabilitación donde pasea su juventud politoxicómana y desgraciada, enredada con un hombre casado, que le dobla en edad y ya tiene un par de hijos en el planeta.

De las dos cosas oí hablar en No somos nadie, ahora con una mujer, Celia Montalbán, al frente. De Britney, por Chris Crocker, un fan enloquecido que al parecer cuelga vídeos que graba dentro del armario de su abuela en youtube. De Linsay, porque hoy buscaban excusas para su participación en un adulterio y repartían culpas entre sus padres.

Sin embargo, más que el linchamiento mediático de Britney o Linsay, lo interesante para mí, por no llamarlo el gran descubrimiento, de la nueva etapa del programa es la sección Dando voces y, dentro de ella, los agudísimos arpegios de Wing, una entrañable señora hongkonesa con un amplio historial en destroce de clásicos, armada con un organillo matraquillento y una voz, cuando menos, singular.

Al parecer, es una enfermera que se da a la música para aligerar la recuperación de sus pacientes y su fama se ha extendido desde su Nueva Zelanda adoptiva al resto del mundo, pasando por un episodio de South Park compartido con Sylvester Stallone.

Tal es el impacto que Wing dejó entre los oyentes de No somos nadie la semana pasada, que esta mañana repetía sección, con versión de Abba, tras destrozar el Back in Black de los AC/DC.

Oirla y acordarme de Mars attacks! fue todo uno. Espero que Tim Burton deje hueco en su próxima banda sonora a su voz única, desgarratímpanos y hielasangres donde las haya.

Wing, en South Park.

21 de Septiembre 2007

Esquilo, levántate y anda

Si yo fuera Esquilo y hubiera escrito una de las tragedias cumbre de la literatura universal, estaría ahora removiéndome en mi tumba, sólo de imaginar que Calixto Bieito le echaba el ojo a mis frases. Temblaría de pavor, como Shakespeare. Intentaría enviarle una maldición en forma de calvicie y llegaría tarde. Le mandaría un rayo fulminante desde el Olimpo de los dioses de la letra.

Lo cierto es que no soy imparcial: sufrí el Macbeth de Bieito en el Teatro Arriaga de Bilbao, hace un par de años.

Tuve la ocurrencia idiota de invitar a un amigo y allí nos presentamos los dos pensando en una tragedia donde mueren hasta el regidor y los acomodadores y punto. No habíamos oído hablar jamás del gallego con vocación de reventar clásicos, asi que -ingenuamente- esperábamos una representación al uso.

La obra empezó con normalidad relativa ... salvo el hecho de que ahora la familia real escocesa era una panda de delincuentes mafiosos. Avanzó la obra y hubo una violación, creo, porque he preferido olvidar misericordiosamente todo lo sucedido aquella noche sobre el escenario. Me parece que los actores se cruzaban insultos y lapos. Los espectadores, que además éramos pocos, comenzaron a salir.

Al final, hubo gente que esperó a la caída del telón para abucharle mientras otros aplaudían tímidamente y yo no sabía que hacer con mi lengua ni mis manos.

Vaya por delante que soy un poco clasicona, lo reconozco. Pero opino que Bieito se ha especializado en escandalizar por el puro interés en que se hable de él y salir en prensa. Lo suyo me parece violencia gratuita y provocación basta. Además, no entiendo qué pintan trepanaciones, vísceras y desnudos colectivos frontales en una ópera, por ejemplo. Llámenme corta.

Hoy, este hombre se explaya en el Teatro Cuyás. Trae al los persas de Esquilo reconvertidos en soldados españoles en Afganistán y miedo me da.

Juré que jamás vería otra obra de Bieito después de la carnicería que le hizo a Macbeth. Y ahí me mantengo, aunque Yeya me pique preguntándose en voz alta cómo habrá destrozado a Jerjes (que ahora es mujer, por cierto), a los persas y a los griegos.

Ya le dije que prefiero ocupar mi tiempo de cualquier forma y seguro que será más productivo. Que hasta un partido de Primera Regional en Vecindario es más interesante. Que preferiría comerme un cereto de lychees mientras leo una entrevista a Angelina Jolie. Que llego al punto en que se me vuelven deseables, al lado de Bieito, la teatralogía de los nibelungos mariinskys y hasta la hija del cielo guanche.



Bieito es a Esquilo lo que Jerges a Rodrigo Santoro.

Lindo día, lindo festival

Acabo de llegar a casa desde el Mojo Club, apestando a cigarro y pasada, vuelta y vuelta, por mi propio sudor. Anoche despedimos a Beatriz Tejada, compañera de la sección de Local, que enfila ahora hacia Madrid. Primero, atacamos un menú libanés (al que llegué tarde) en Las Canteras y luego pasamos al cartaoro de toda la vida junto al Auditorio, con Sin Saldo versioneando de fondo.

Yo llegué al Monte Líbano desde un acto institucional en el Teatro Pérez Galdós: la celebración de 80 años de provincia doble en Canarias y la capitalidad de Las Palmas de Gran Canaria en la esquina oriental del archipiélago.

Reconozco que lo mío fue un paso más bien fugaz por el teatro, dado que tenía que correr hasta El Sebadal a terminar una página y, como es bien sabido, que diría Eduard Punset, las rotativas no esperan por nadie.

Y lo cierto es que tengo que agradecer a los esos ochenta años sin doble centralismo el haber pisado por primera vez el Pérez Galdós en lo que va de siglo ... si exceptuamos las brevísimas visitas a su polvoriento vestíbulo en la campaña electoral.

Entré distraída en el que fue mi teatro favorito, pensando en encontrar mi sitio con la prensa e intentando reconocer caras de políticos, empresarios y artistas. Mi blusa H&M nueva, un poco floja tirando a prenatal me tenía además algo tensa, me hacía imaginar que todos me espiaban y comparaban mi figura con la de un Demis Roussos bajito y sin barba.

Magec y Javier nos pasaron la documentación pertinente. Nos alineamos en nuestra fila, mirando de reojo a una pareja como apolillada y llena de oropeles que nos quitaba butaca. Nos dejamos filmar y fotografíar. Escuchamos. Tomamos notas.

Teresa Noreño, catedrática de la ULL, nos recitó su conferencia, algo demasiado sesuda para la mitad de la concurrencia. Nos llevó desde 1812 y Cádiz hasta 1927, aunque la prensa salió en pleno de la sala poco después de las nueve y media y cuando la doble provincia y capitalidad de idem quedaba todavía algo lejos.

Por otro lado, señalar que estoy que no quepo en mi sedosa (y asfixiante) camisa libanesa desde que Viggo Mortensen regresó a España, otra vez con David Cronenberg. Mi hombre favorito (a excepción del propio Hombre) llega ahora en la piel de un mafioso ruso, hablando con su lindo acento porteño, de la mano de su director fetiche.

Comienza el Festival de San Sebastián y ya quisiera yo estar por La Concha, de pintxos y caza y captura de la estrella del celuloide.

Suspiro y hago control mental y visualizaciones en las que Viggo ocupa el lugar junto a la manta raya de la terracita del Auditorio Alfredo Kraus, donde este año posaron Susan Sarandon y Marisa Paredes. Le veo hundir sus manos gigantes de guerrero mítico, sicópata o jinete desarretado en una cubeta de cemento en Las Canteras. Me lo tropiezo mentalmente en el Hotel Madrid, tomando una caña y un bocadillo de calamares con la vista perdida en la telaraña de lucecitas que trepa por las palmeras. Me siento a su lado, tirando por la borda matrimonio, cordura y decencia. Sufro una tontura. Me doy a la bebida sin tino y sin medida.

Y despierto en mi camisa también desmedida y nicotinizada, en el salón familiar, con los dedos sobre las teclas y la única compañía de Idi Amin, cobrando vida en las páginas de Alberto Masegosa.

Es hora de dormir.



Viggo con la suertuda de Naomi Watts.

18 de Septiembre 2007

Leyendo a Alberto Masegosa

Conocí a Alberto Masegosa hace ya diez años. Él era corresponsal de Efe en Johannesburgo y yo me había enamorado de Sudáfrica en mi primera visita al país del Karoo y el parque Kruger. Quería trabajar allí, aunque las estadísticas de violencia sexual dieran miedo, aunque me dijeran que no podía detenerme en los semáforos rojos, so pena de atraco y quizás muerte, y aunque mi amigo Avron Cilliers me pusiera los pelos de punta con leyendas urbanas, anécdotas espeluznantes y demás.

Yo me veía tomándome un té con Nelson Mandela en el lindo porche, rodeado de viñedos y ovejas, de mi casita de Simon's Town, mi ciudad favorita de la provincia del Cabo. Así que mandé a Alberto Masegosa mi breve curriculum con una carta suplicante.

Él me llamó, cruzamos un par de conversaciones amables y mi falta de carnet y -probablemente- mi inglés penoso y mi falta de experiencia me dejaron fuera de concurso. Poco después, falló también mi intento de escapada rumbo a la bucólica Proserpine, a un tiro de boomerang de la Gran Barrera Australiana. Y después llegaron los muy reales Estocolmo y Dublín.

Alberto Masegosa siguió en el país del arco iris hasta que, en el año 2002, lo destinaron al Cairo. Desde allí partió hacia Irak a cubrir la guerra y escribió un libro con otros dos compañeros de odisea. Después saltó al corazón del Imperio, Nueva York. Y ahora, acaba de aterrizar en la Jerusalén de los tiempos de la sagrada siesta.

Hace un par de semanas que me llegó el anuncio de su nuevo libro con las novedades de La Catarata: Crónica de un viaje al sur del Sáhara. Es la primera experiencia de coedición de Casa África. Es, además, el producto de años de viajes, entrevistas, estudios, charlas y observaciones personales por el Subsáhara.

Lo pedí por correo sobre la marcha.

Ahora estoy, a estas horas de la noche, con Alberto Masegosa en una desolada Kigali. Previsiblemente, nos pondremos en camino hacia Goma por la mañana.

Dejé Los hijos de Anansi de Neil Gaiman en la página 18. Y me acechan las ovejas de Glenkill, que balan por mí en la librería Canaima. Sin embargo, lo único que me apetece es seguir de viaje mental por África con Alberto Masegosa y, algún día, obtener el dinero y el visado necesarios para regresar a la tierra roja que vio nacer a Samora Machel, Kwame Nkrumah, Thomas Sankara o Julius Nyerere.

Y meter los pies en el agua aturquesada del Índico mientras una passada languidece bajo los mortales cocoteros. Y que me llegue el olor del caril de camaroes de una terraza. Y poder escuchar los ruidos de África: el golpeteo de los morteros, las conversaciones de las mujeres, los juegos de los niños, el susurro de las palmas, ... Y que África me absorba. Y que a mi lado esté Alberto Masegosa.



Samora Machel, líder de Mozambique.

Antonio se escribe con Ñ

La Revista Eñe publicará en otoño un número especial con "su cosecha". O, lo que es lo mismo, una colección con diez relatos elegidos entre más de dos mil procedentes de todo el mundo hispanohablante. El concurso Cosecha Eñe lo ganó una mujer por segundo año consecutivo. En esta ocasión, una argentina que hablaba de sus neuras maritales. El primer finalista es Antonio Bordón, amigo, escritor y admirador a muerte de Vladimir Nabokov.

Precisamente ayer por la mañana disfruté de la Lolita de Kubrick antes de irme al trabajo. Y precisamente la nínfula o Lolita es una invención de Nabokov, un erudito ruso que escribía con igual soltura en su lengua materna que en inglés, que era aficionado a capturar y clasificar mariposas y que revolucionó también el mundo del ajedrez.

Cuando leí Lolita, hace unos años, me deslumbró. Me pareció que Nabokov era un maestro a la hora de crear historias y manejar el lenguaje. Fascinada, leí de un tirón casi Pnin, Una belleza rusa y Desesperación, pero confieso que nunca ninguna superó a la linda, perversa y juguetona Lo. Igual que jamás los Buendía pudieron suplantar a Fermina y Florentino en mi corazón.

A Antonio también le hechiza la prosa precisa de Nabokov y por eso, a él le dedica un relato que comienza así:

Vera había pasado toda la noche corrigiendo las lecciones de su marido, y a la mañana siguiente se sentía cansada, con la mente borrosa. Se encontraba de pie en la cocina, pensando qué hacer de comer. En el jardín, Vladimir trabajaba en sus clases de literatura europea, que el verano anterior había empezado a impartir en la Universidad de Cornell, donde era profesor agregado de literatura eslava. Encima de un montón de papeles descansaba Mansfield Park, de Jane Austen, una novela que le parecía anticuada, pero que había decido introducir en su curso de novelística europea por sugerencia de Edmund Wilson, así como Casa desolada, de Charles Dickens, y Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Vladimir cogió este último libro y buscó entre sus páginas las anotaciones que había hecho en los márgenes, frunciendo el ceño a medida que se concentraba en el trabajo. ¿Novela realista o naturalista? [fragmento]

Lo cierto es que no pensé mucho en Vladimir y su mujer, Vera, esta mañana.

Más bien, me centré en las interpretaciones de Peter Sellers y James Mason y admiré la sonrisa maliciosa de Susan Lyon, recostada en el jardín, con sus gafas de sol ancladas en la punta de la nariz y la pamela sombreando su melena rubia. Una perfecta Lolita que dejaba sin respiración a Humbert Humbert, como una diosa en bikini.

Pensé en lo políticamente incorrecta que es la película y en que no se podría hacer hoy en día. En que la gente está muy sensibilizada con la pedofilia y en que el secuestro y la posterior seducción del cazador cazado harían montar de cólera a editorialistas, asociaciones de consumidores, institutos de mujer y defensores de la infancia.

Es una suerte que Kubrick y Nabokov nos dejaran a sus Lolitas antes de que llegáramos a esta era de mediocridad e hipocresía. Y una pena que hayamos involucionado de esta manera: que ya no podamos crear a lolitas, ni naranjas mecánicas, ni espartacos, ...

Empiezo a temerme que todos los riesgos se asumieron antes de cambiar de siglo y que no es posible la genialidad, ni la diferencia, ... ni siquiera el humor sin que alguien te linche en público. Que Borat es lo más ácido que se puede ver en un cine y que no hay campaña publicitaria o producto cultural que resista el escrutinio de una feminista extrema, la Casa Real o los judíos ultraortodoxos. Que el único que provoca, aunque lo haga -a mi parecer- de forma gratuita y absurda, es el Calixto Bieito que se nos avecina en olor de crítica y público.

Y al que disienta de mi parecer, al Jueves me remito.


Sue Lyon, Lolita.

17 de Septiembre 2007

Señor colegiado, es usted un pánfilo

Una muchacha con un talento musical ligeramente superior al mío (nulo, para el que tenga dudas) encadena gorgoritos en el parque a estas horas. Estamos inmersos en plenas fiestas de los Dolores, intentando sobrevivir a los idem de verbenas populares y otras desgracias. Además, los pocos aparcamientos que sobrevivían a la llegada del nuevo curso ya desaparecieron entre tanto visitante con ánimo bailongo o con ánimo de jugar un partido de lo que sea en la Cancha.

El fin de semana fue tan fructífero que no me quedó tiempo para otra cosa que disfrutarlo. El ordenador, ni lo olí.

El viernes, estuve de furbo con el Hombre a la vera, porque su seleccionador tuvo a bien no convocarle en el segundo partido de la Liga. Nenito y yo discutimos el juego, perpetramos preguntas ridículas e hicimos migas con los animadores del equipo contrario, empeñados en llamar pánfilo y señor colegiado al árbitro, con un estilo casi diciochesco en lo de faltar. Además, los fans del enemigo intentaron (infructuosamente) sonsacarnos a guiños y lisonjas el nombre del portero para distraerle. Y en las pausas, practicaron el arte de reventar a balonazos a un chinijo rubito con enormes guantes de portero, de nombre Alvarito.

Al finiquitar el partido (ganado por 3 goles a 0 por el equipo del Hombre), los tres nos fuimos a celebrarlo al restaurante oriental junto al Hospital Doctor Negrín, entre cervezas sin alcohol y coca colas. Disfrutamos de nuestras enormes albóndigas orientales, el pollo con piña, la ternera con cebolletas y, sobre todo, un original menú de postres que incluía plátanos franmeados, helado con fran y añadidos como nue o na para algunos pla.

El sábado, metí en el coche a Ivana, Leandro, Nenito y la cámara de Nenito y nos fuimos a campar por la romería de la Virgen del Socorro, medio patrona mía y patrona completa de Tejeda. En un día luminoso y feliz, disfrutamos de las carrozas, el jolgorio y, sobre todo, los dulces típicos de almendra y los refrescos en vasos colmados de hielo. Jugamos a los palitos chinos en un bar del pueblo. Confraternizamos. Raptamos a Noemi rumbo a la capital y bajamos borrachos de sol y sudaditos con tanta molienda para roncar en nuestras respectivas camas.

En la mía, esperaba el Hombre, libidinoso, pero se me cerraban los ojos y un resumen del Gran Hermano que él se empeñó en jincarnos a los dos acabó por dejarme traspuesta si no moribunda.

El domingo, nos repartimos entre la Liga, el Eurobasket y mi dulce Diego. Así que mi postdata de esta entrada reza ¡viva el Sevilla!, al tiempo que suscribo una por una las palabras de Fran sobre nuestras torres (que no hombres) de Oro y besuqueo en la distancia, entre los últimos estertores del I will always love you, a mi sobrino único para dominarlos a todos.

Un lambuseo leve al riñón derecho y mártir del Hombre y otro a todo lector que se me cruce. Que la semana nos sea propicia. Y que las fiestas de los Dolores acaben ya.



Mi carta de postres favorita.

13 de Septiembre 2007

Flower power

Esta mañana llegué al trabajo segura de que el día iba a ser un infierno. Casi no pude dormir por la noche, gracias a la calufa. Cuando me desperté, me arrastré por el piso, donde intentaba echarme una cabezadita de amanecida lejos de la escandalera de los grillos y el zumbido de los mosquitos, hasta derramarme en la ducha.

Llegué tarde a mi primera cita del día, a las ocho y media de la mañana, en el aeropuerto. Era para recoger a una entrevistada y mi coche parecía recién salido de un París-Dakar de varios años. Además, mi depósito vacío abría su boca malcriada en un costado y exigía una inversión en (carísima) gasolina antes de moverse. Casi pierdo la llave del vehículo motor en el proceso.

Desgreñada y ojerienta, me personé ante mi tocaya Ángeles Alonso, editora, en la zona de llegadas canarias, sección coches de alquiler. Ella, fresca y veraniega, no se quejó porque la hubiera dejado colgada en Gando entre obras a medias, maletas giratorias y taxistas ávidos.

Nos fuimos a Ingenio, a recoger a Neketan, para desayunar en la mejor pastelería de Vecindario un excelente menú de croasanes caseros rellenos con jamón y queso derretido, pastelitos cargados con azúcar glacée y mermelada, pastitas, un enorme café con leche.

El calor era inaguantable detrás de las ventanas y el cielo invitaba a desertar de cualquier trabajo y perder la conciencia sobre la arena de una playa azotada por la ventanía. Así que, antes de que nos decidiéramos a cortarnos la coleta periodística, entre suspiros e hipidos satisfechos, nos encaminamos al Sebadal, directos a la sesión fotográfica y la entrevista en sí.

Precisamente bajaba medio embelesada por la pendiente de la nueva entrada a la redacción cuando Ale, el segurita de la puerta, sacó un enorme ramo de rosas de colores, espolvoreadas con purpurina, de su garita.

Me lo tendió caballerosamente lanzándome miradas significativas.Y se me abrieron ojos como platos, al principio incrédulos, después desconfiados. Creí que el pobre Ale bromeaba y estuve a punto de darle con mi bolso cargado con más y más libros, por reírse de mi persona. Estudié la posibilidad de hacerle tragar rosas multicolores y porra por un nanosegundo, antes de comprender que purpurina, malvas y tarjeta amorosa eran mías.

Así que las recogí, coloradita como un guiri sobreexpuesto a la luz solar en Maspalomas; me manché de purpurina hasta la tanga en el proceso y enfilé hacia mi sitio, con la sonrisa bobona prendida a los labios.

No estoy acostumbrada a los detalles sin motivo. Tampoco a durar lo suficiente con un hombre como para tener un hijo con él al lado. Menos todavía a que me sorprendan con flores o similares en mi lugar de trabajo.

A las once y poco de esta mañana, se me evaporaron los malos presagios de lo que iba a ser el día.

Por primera vez en lo que va de semana, estuve de acuerdo con el Jugón en que "la vida puede ser maravillosa". Y planeé darle mi propia sorpresa cariñosa al Hombre, derribando su cuerpo de armario ropero en teca sobre cualquier superficie que sostenga nuestros pesos y arrancándole hasta los calcetines sudados del entrenamiento a mordiscos.

Como diría el Guille de Mafalda, puestos a ser cariñosos, a mí no me gana nadie.

Sin comentarios.

Blogs de cabecera (y II)

Son las cuatro de la mañana y no puedo dormir. Los grillos se desgañitan bajo la ventana por la que no entra ni un soplito de aire. Mis padres roncan, alto y claro, algún tema de Bisbal. Me duele el cuello como si El Enterrador se hubiera pasado la noche sentado sobre él, perpetrando alguna llave distraída sobre mis riñones de vez en cuando. Lara no ha mandado cuatro letras desde Pekín todavía.

Reviso los comentarios y los apruebo (saluditos a la sevillana Reyes y a la expatriada Reena, al canario en Madrid y a los incomprensibles Luis, Víctor y Raptor), tras comprobar que tengo los pulmones operativos aunque no exista aire que respirar. Echo de menos a Nenito ... sobre todo a sus sabias manos desanudándome el cuello o cortándomelo, para acabar con mi agonía.

También echo de menos a Diego, con su manía de masticarme la cara para después reírse como un leprenchaun diminuto y pícaro, sin zapatitos en punta ni gorro verde. Y al Hombre, llamándome guinea bajito en sueños para que me calle y me duerma.

Creo que me desperté pensando en escribir sobre el Ensamble Gurrufío y la muerte de diez personas en la costa de Arinaga, cuando intentaban llegar a su particular Dorado. Sobre todo, para insultar a la clase política que sufrimos en Canarias. En peso. Por oportunista, insensible, racista y mediocre. Y a la política migratoria de este país y a todos los que se benefician de la desgracia del prójimo.

O que pensé en escribir sobre la muerte de Joe Zawinul, al que pudimos disfrutar en el Canarias Jazz & Más Heineken de este año, en la que fue su última gira.

Descarté ambas entradas con un quejido por el cuello y me dediqué a golisnear, por si alguien andaba despierto y escribía algo ahí fuera. Sin embargo, la gofioesfera me devolvió una mirada vacía, así que me decidí a concluir el tema este de los blogs de cabecera para tumbarme en el frío piso a seguir durmiendo.

Antes de que ayer me aturullara con la página de Machango Studio en El Perinqué y tuviera que dejar a medias la última entrada, pretendía quejarme de la falta de voces femeninas en la blogocosa. Leo a tres o cuatro mujeres sólo y desearía poder disfrutar ahora del verbo de Amélie Nothomb, Arundathi Roy, Elvira Lindo, Maruja Torres, Cristina Morató o Susan Sarandon, por ejemplo. O, si nos acercamos un poquito, de Yeya, Eduvigis Hernández, Berbel, Alicia Llarena o Marisol Llano Azcárate.

Sé que hay vida fuera del blogomundo y la gente tiene otros proyectos y aficiones. Que sólo estoy despierta yo en esta madrugada abochornante. Que debería estar durmiendo, leyendo o dándome a la bebida en un bar del Puerto, en vez de anclarme a un teclado. Que necesito vacaciones.

Pero también sé que mis blogueros favoritos duermen y que la mitad del mundo está despierta. Que sobra la testosterona en el ciberespacio. Que quizás alguna bloguera australiana puede animarme la madrugada. O que quizás El Enterrador tenga blog e insomnio.

Quizás, quizás, quizás.

12 de Septiembre 2007

Blogs de cabecera (I)

Dice la Atareca que, cuando te aficionas a leer blogs, estás perdida. Que crean adicción. Que adoptas golosamente unos cuantos, tus blogs de cabecera, y pones patas arriba el ciberespacio cada día para conseguir tu dosis de vida y pensamiento ajeno.

Estoy totalmente de acuerdo con ella, aunque quizás mi problema sea un carácter ligeramente obsesivo, que campa a sus anchas y altas por la blogosfera.

Confieso que ya no soy persona por las mañanas sin mi chute de Lara en China, saltando de un burdel a un guerrero de terracota con soltura vallecana. Y que de ahí paso a la visión catódica de Txema y las cosas de Esther, por pura comodidad teñida de corporativismo y afecto.

Sin saciar mi apetito bloguero, paso a Planeta Canarias, a revisar lo que se cuece en la gofiosfera. Reconozco que normalmente estoy más enganchada a los blogs de la isla picuda, donde encuentro a un grupito de gente interesante como los jóvenes de Mentiras, malditas mentiras y estadísticas o El Ornitorrinco Enmascarado, aunque también sigo en mi cachito de terruño a Miguel, Txarlie y Autóctono, Miguel o Fran, por ejemplo.

Luego están los que escriben desde fuera de las islas, como Pedro Jorge Romero, Ruymán o Reena. Y la gente como Nenito, Víctor, Luis, Jacques, José María o Nekroraptor, a los que no siempre entiendo, pero intento seguir de alguna manera. O los blogs a los que llego por un vericueto complicado de píxeles e informaciones, como el de Lola, puro placer para los sentidos. O los que descubro por casualidad o porque la temática me engancha o porque busco una información.

Total, que acabo añurgada a entradas y comentarios y aún así me quedo con ganas de más. Y que dejo para la siguiente entrada la cuestión de género, que tengo que terminar una entrevista a Machango Studio y no doy abasto.

pd: Los blogs que he descubierto recientemente (o no tanto), por cierto, son: Ana Criado, Luis Sepúlveda, Care Santos, Javier Ortiz, La mujer gorda, Saad Eskander, Iván Thays, Diario de Libros, Bad Blog Boogie, ...

La hora helada

Ayer se cumplieron 34 años sin Allende. También se presentó el Festival de Cine de Las Palmas de Gran Canaria en el Gabinete Literario y España pasó a cuartos de final del Eurobasket. Finalmente, la linda Yeya estuvo a punto de ser linchada por una caterva de hooligans del arte, mientras yo me tomaba mi zumito con Antonio Bordón, hablando de libros. Acabábamos de ver La hora fría de Elio Quiroga y esperábamos por el director y su protagonista, Julio Perillán, que no acababan de aterrizar en la terracita de la Alameda de Colón para el cine forum.

La película me pareció digna, con una buena factura y una trama interesante. El final es realmente "bestial", tal y como prometían director y actor en la previa. Los del Monopol pusieron de su parte, al convertir la sala en refrigerador donde la expresión "hora fría" cobraba más sentido y los pezones, hechos cubito de carne, intentaban salirse del pulover fino. Además, me gocé unos cuantos tramos del filme entre los dedos con los que me tapaba los ojos (*), algo que arrancó una risa sádica de labios del mismísimo Elio Quiroga.

Para disfrutar la película, me situé entre Nenito y Ulises. Mi intención era sobrellevar -a pellizcón limpio y brinco sobresaltado- los sustos con que Quiroga tuviera a bien pespuntar la jornada. A la salida, procedimos a calentarnos con un par de tapitas, acompañados por Delia, mientras destripábamos un argumento que, como bien explicó el joven perillán, tiene esa suciedad tan española de cabo sin atar y fleco al viento.

Como un Alejandro Morales cualquiera, estuve de charla con Virginia Park, Antonio Becerra, Guacimara de Elizaga, etc.

En el primer caso, para preguntar por el canarión Pepe Julio Park, imitador redomado de Pelvis Presley y compañero de reparto de Benicio del Toro en la última película de Steven Soderbergh. Según su hermana, el nuevo actor ya acabó rodaje y se encuentra en Barcelona reponiéndose del entrenamiento con un marine y de las penalidades de la selva boliviana. Al parecer atesora muchas anécdotas y contactos tan interesantes como un miembro del equipo técnico de Spielberg.

Posteriormente aparecieron los señores Quiroga y Perillán.

En el caso del director, protesté por ese "punto de optimismo irónico" que jamás vi en la película. En el del actor, averigüé que su anillo de casado pertenece a su abuela, que su abuelo es de Telde y que compartió plano con la chupacámaras magnética de Scarlett Johansson para descubrir que es joven, talentosa, con retentiva y humilde.

Con Perillán seguimos de charla sobre Lars von Triers, Estados Unidos, sus proyectos favoritos (incluida una colaboración con Samuel P Abrahams y Maya Datau) o su familia desperdigada por el mundo.

Sólo le faltaba a la noche una Yeya luminosa en su vestidito de verano y sus cantarines tacones rojos.

Sobre todo, para confirmarle que tiene razón: que la sonrisa de Julio Perillán impacta como falso meteorito estampándose contra cubierta protectora de la Luna. Que sí que tiene ojos intensos tras las gafas y un punto analítico y retraído, a pesar de su amabilidad, que lo hace interesante. Que la contradicción de su cara de niño bueno repeinadito (influencia de la madre de Bajo Ulloa, dice) y su carácter de oveja negra que cuelga la Física por la farándula le da un toque que comprendo que fascine a cualquiera.

(*) Aunque recuerdo al personal que soy de natural pusilánime y me aterrorizo con Gritos en el pasillo o con los el videoclip de "Thriller", del plagiador Michael Jackson.

En camino hacia "La hora fría".

Quiroga y Perillán. Dos personas a las que he visto más que a mis padres y algunos compañeros de trabajo en los últimos dos días.

10 de Septiembre 2007

La pasión perillana

Por Neketan, compañero de trabajo y sin embargo amigo, me entero de que tengo una fans o lectora enganchada. Me informa de que se llama Violeta, vive en Zárate, no pasa mañana sin consultar este blog y es mujer guerrera donde las haya. Así que la saludo con fervor casi, que no conozco a gente que lea esta bitácora sin ser amigo, pariente o Sinaja Bui Simunovic y me llega al alma el saber que existe su persona.

La mañana de hoy fue agradable gracias a una visita a Antonio Bordón, colega y conversador ameno, y a una rueda de prensa con Elio Quiroga y Julio Perillán, que mañana presentan La hora fría en el Monopol.

Antonio propuso que entrevistara para el blog a Perillán, porque mañana no estará quizás en el estreno. Una experiencia nueva para mí ... y para él, supongo.

Acepté la propuesta sin saber, antes de meterme en un despachito coqueto y vacío con el muchacho, que Perillán tiene un pasado como galán en Frágil, de Juanma Bajo Ulloa. Ni que a Yeya le provoca deseos inconfesables, secreciones múltiples e incontroladas y un sentido viraje de sus globos oculares hacia dentro, que elimina el castaño intenso de sus pupilas y lo transforma en un blanco desmayado.

A mí me pareció tremendamente joven, repeinadito, con ojos inquisitivos y muy amable, sentado frente a mí con las gafas bien puestas. En cualquier caso, no un licenciado en Física treintañero, nacido en Estados Unidos, bilingüe y con un morbo inapelable para la cámara.

Fuera, el sol rajaba los adoquines de San Telmo cuando empezó a hablar suavemente:

"El trabajo de artista provoca inseguridades importantes. Siempre corres el riesgo de que te digan lo malo que eres. Anoche no dormí. Siempre me pasa cuando estreno", y sonrió.

"Hace dos años casi que rodamos La hora fría -continuó- Cinco semanas de rodaje, en un espacio militar que no se utilizaba en Campamento, en Madrid. Todos los días, durante ese tiempo, cogía el metro a las seis de la mañana para ir al rodaje y hacía mis siete u ocho horas, como en una oficina, antes de volver a casa. Fueron meses intensos, pero bien. Todos los actores tenemos el mismo representante y cobramos el mínimo".

Supongo que el caché de Julio Perillán ha subido este verano, después de participar en el último rodaje de Woody Allen. También espera estreno de película italiana, ambientada en los setenta, en octubre. Sin embargo, ahora está centrado en su momento con Elio Quiroga.

"Me encanta ir de festival en festival representando a La hora fría. Veo la película una y otra vez y se crece cada vez que la veo. Sobre todo, por cómo reacciona el público. Se está presentando en festivales especializados en cine fantástico y gore, así que sorprende a los espectadores, que no se esperan una película normal, que les hace pensar y que tiene una profundidad diferente. Además, tiene un final bestial y ese toque español: no es limpia ni deja todos los cabos atados. Elio también es muy trabajador. Me mandó el primer borrador y, dos semanas después, el segundo con 40 páginas reescritas para hacer mi personaje más interesante. Creo que no he trabajado con alguien tan currante como él".

Julio Perillán concluyó afirmando que su personaje es el positivo, el que se enfrenta con la violencia de manera optimista y tiene una relación más profunda con los niños. Y al salir, pidió que le cambiaran el vuelo, si era posible, para poder disfrutar del estreno en la ciudad de Elio.

Así que puede que mañana se vire en su butaca, fascinadito como Amélie, hacia los demás espectadores del estreno en el Monopol. Que la película se le haga inabarcable. Que le hagamos feliz al decirle lo bueno que es. Que Yeya sufra un colapso.


9 de Septiembre 2007

Eva Longoria se desnuda

Picaron, criaturas. Ese pizquito de ser humano desesperado no se quita la ropa en esta entrada y sólo engaño y contubernio para subir posiciones en el maldito Alianzo. En realidad, las líneas que siguen se refieren a dos libros de autores canarios y poco más y la inexistencia de curvas de la señora de Tony Parker sólo se va a mencionar, de pasada, aquí ... hasta este punto y aparte.

El primero de esos dos libros es Muerte natural y otros suicidios, de Eduvigis Hernández. Una colección de trece brevísimos relatos centrados en el autoasesinato y que me empeño en rebautizar a cada rato, para desesperación de su autora.

Del libro de Eduvigis, decir que está bien escrito, pensado hasta la última coma, podado con esmero de palabras accesorias, publicado con elegancia por Baile del Sol y, sobre todo, meditado para no aburrir con la repetición constante del mismo tema en trece cuadros. También decir que mi favorito es el del almacén, que me recuerda a tiendas de aceite y vinagre de Tennessee Williams o Carson McCullers y a las anchas avenidas arenosas de sus ciudades sureñas, llenas de mujeres frágiles e insatisfechas, dependientes solícitos y miserias tras cada puerta.

Del otro libro, que ahora me leo y que me tiene fascinada, decir que es obra de Antonio Lozano, se titula Donde mueren los ríos y está editado en la colección Tapa Negra de la editorial Almuzara.

Habla de situaciones y lugares cotidianos, que conozco, que me preocupan. Lo hace con humanidad y fluidez. Emociona. Absorbe. Incita a conocer otras realidades y otros mundos. Y espero terminarlo esta noche.

Mientras Carlos y Maby vuelan a Madrid, tras una breve escalada en el terruño con paso por El Chuletón. Mientras el Hombre se empacha a fútbol en su enorme cama semidescuartizada de Vecindario. Y mientras los sueños de Diego se pueblan con nubes de pan de matalaúva, cargaditas de agua.

And my vote goes to ...

Eva Hache. Lo acabo de decidir, al leer que esta mujer, un año más joven que yo, incontinente verbal y con ojos pasmados y pasmosos de un intenso azul, piensa presentarse a las elecciones del año que viene. Y eso, porque no puedo votar para presidenta del país a una lituana que comparte color de iris con Eva, Rasa Strankauskaite.

Rasa fue la primera sumillé que trabajó en Canarias y tuve el placer de entrevistarla para C7 el año pasado, cuando reformaba la carta del restaurante La Aquarela en Patalavaca, trufándola con caldos isleños.

Es una rubia poderosa, con aspecto amable y mejillas sonrosadas de campesina nórdica. Puedes estar tan ciego para detectar el alma ajena en una cara que no comprendas que también es un puro terrón de azúcar hecho carne, pero cuando sonríe y abre la boca para hablar apasionadamente de su adorada uva listán, el aromático chocolate o las especias del Mercado Central, acaba todo posible engaño.

Esa mujer sensual y alegantina, con acento que huele a muralla blanca y sargazo báltico, me convenció de que fumar puros es un placer casi afrodisíaco mientras degustábamos un simple té moro (preparado por ella misma) con vistas al Océano.

Acabo de leer un mensaje de correo electrónico suyo. Largo, poético, delicioso, ... con cita a Pablo Neruda incluida. Pasea su humanidad por Tenerife, donde trabaja entre fogones y bodegas, descubriendo placeres a los demás y a sí misma.

Y me sorprendí echando de menos su nombre en una papeleta electoral o en la carta de algún hotel del sur de esta isla. Y su presencia acogedora, junto al menú, con puro y copa en las manos, para hablar del amor, la comida, los viajes y todo lo que merece la pena en este planeta, azul como sus ojos y los de Eva.



And my vote goes to ...

7 de Septiembre 2007

Big Luciano y Miss Sarajevo

Luciano Pavarotti murió ayer de madrugada en Módena y no creo que quede alguien que no lo sepa en el planeta. Falleció a los 71 años, con un cáncer galopante torturando su enorme cuerpo esférico e intentando aferrarse a la vida a la vera de su jovencísima secretaria Nicoletta, reconvertida en esposa después de que el divo abandonara a su mujer de toda la vida, Adua. Big Luciano deja varios hijos detrás: la más pequeña, Alice, tiene sólo cuatro años.

Últimamente se prodigaba poco en los medios y cuando acertaba a verlo, me recordaba a una parodia de algún personaje de ópera, a una caricatura de sí mismo.

Se teñía de un negro intenso el pelo, las barbas, las dramáticas cejas; se maquillaba; se anudaba un bufanda enorme y multicolor al cuello, ... Si cantaba, apenas se movía. Permanecía en pie, con las cejas en punta, hecho pura garganta. A veces, se quebraba su voz, como en la Scala. Entonces, el público le abucheaba y las críticas se trasmutaban en cuervos de papel que intentaban sacarle los ojos públicamente. Se le tachaba de comercial. Se hacía mofa de su humanidad.

Me dice Javier Moreno que los musicólogos están de acuerdo en que, a pesar de que Pavarotti hizo su poquito de daño a la ópera, el género le debe más de lo que puede reprocharle. Afirma que, sin los Tres Tenores, la ópera no habría revivido para el gran público, por ejemplo.

Dejando a un lado lo entrañable o no que pudiera parecerme Luciano Pavarotti y el sentimiento que me provocó su lucha contra el cáncer y el paso del tiempo y dejando a otro lado su interpretación escalofriante de Nessum dorma (acto final de Turandot, de Puccini, según me sopla Javier), yo prefiero recordarlo como la voz desgarrada que acompañaba a un Bono etéreo en Miss Sarajevo.

En el vídeo, las concursantes en el certamen de belleza de la capital ex-yugoslava extendían una pancarta ante los medios de comunicación extranjeros, pidiendo que no dejaran que las mataran. Fuera del vídeo, la guerra avanzaba a toda máquina y las paredes de Sarajevo caían a morterazos, mientras sus ciudadanos recibían un balazo de francotirador en el camino a buscar agua o pan. Los gobiernos del "mundo civilizado" no hacían nada por detener la masacre a sus puertas y nos desayunábamos con fosas comunes, explosiones en las colas del mercado y otras atrocidades.

Lo cierto es que todavía, doce años después de que finalizara la guerra de la ex Yugoslavia, yo no puedo ver una película sobre las barbaridades que allí se cometieron sin que me entren arcadas y tenga que dejarla a medias. Y que, si mis ojos caen sobre un vídeo o documental inspirado en aquella barbarie, se me llenan de lágrimas. Es un tema que me pone especialmente susceptible, desde la descripción de la muralla de Dubrovnik contra la que se fusilaba a gente cuando los serbios y montenegrinos entraron en ese pequeño trozo del Patrimonio de la Humanidad a saco a Miss Sarajevo.

Sólo por eso, hay un huequito de mi corazón donde Pavarotti canta. Al lado, los Balcanes me sangran, Goran Bregovic dirige a su banda de gitanos y el Adriático reluce, aturquesado, pura sal tentadora a tres pasos de Grecia.



Luciano, Nicoletta y Alice.

6 de Septiembre 2007

Mensaje para una musa

Precisamente en la madrugada de ayer, le pasé una colección de cincuenta microrrelatos, que quisiera publicar, a Yeya. Le pedí título, porque siempre me ha costado titular lo que sea, desde un aforismo a un reportaje. Ella me sugirió cosas, con muy buen tino, que ya casi no recuerdo gracias a mi proverbial falta de memoria y que no guardé en un archivito de texto del wordpad, dada mi inveterada tecnotorpeza.

Ahora, acabo de leer en el blog de Dolores Campos-Herrero tres microrrelatos estupendos, con ese toque siniestro tan suyo que a mí, personalmente, me subyuga. Y como tenemos pendiente un té y unas pastas libanesas y como, además, no le ha echado los ojos encima a estos tres en concreto, que escribí hace apenas unas horas, procedo a colgarlos sobre la marcha.

También, a pedir editorial, cita y ayuda para decidir si empiezo con Donde mueren los ríos, de Antonio Lozano, o espero a entrar en mi bibliocoche mañana y encontrar otra lectura.

Los microrrelatos en cuestión son:

El superviviente
El remolino lo escupió en la inhóspita costa de Casamance traspasada la medianoche. Se puso en pie con dificultad, vivo de puro milagro, sobre las rocas de la playa. Tropezando, cayendo, levantándose de nuevo, machucándose los dedos, avanzó hasta el borde de la jungla y se hizo una cama con hojas secas. Allí se enroscó sobre sí mismo, agotado, con sólo el bañador y la noche senegalesa encima. Sabía que acababa de escapar de la muerte por los pelos. Lo que no sabía es que una muerte diferente se colaba bajo su epidermis a picotazos sutiles y tibios arañazos artrópodos.

Óscar
Era un tipo atildado hasta la exageración y de andares cursilones. Merodeaba por los pasillos del hospital a medianoche, metiendo la nariz en diferentes habitaciones, curioso. De vez en cuando rascaba con las uñas, sutilmente, el dintel de una puerta. Indefectiblemente, el paciente tras esa puerta aparecía muerto a la mañana siguiente en su cama. Los enfermeros se hacían cruces si lo veían avanzar por el pasillo. Los pacientes lo rehuían con fintas arriesgadas hacia los servicios, si intuían su maullido profético flotando cerca de la sala de espera. Sabían que era su lugar favorito para lamer sus garritas mortales y ordenarse los bigotes.

Confabulación
La ciudad se llena de trampas en hora punta, justo cuando él intenta coger la autovía para llegar a la casa de su amante. En ese momento, las sirenas entonan su coro de alaridos en las curvas sin visibilidad, justo donde voltean las luces de las ambulancias. A veces, una sábana tapa un cuerpo y siempre crujen sobre el asfalto miles de cristales rotos. Los otros vehículos reducen su velocidad al llegar al accidente de turno, precavidos, pero él sólo consulta -ansioso- el reloj de su salpicadero y calcula el número de besos que pierde.

Oscar itself.

El pijama de rayas

Acabo de concluir El niño con el pijama de rayas, de John Boyne. Es un libro aparentemente sencillo, pero redondo y, sobre todo, demoledor. La brevedad, la sutileza y la aparente simplicidad lo definen y me pareció una pequeña, conmovedora y deliciosa obra de arte.

Su protagonista, Bruno, es un niño curioso y noble, que quiere ser explorador de mayor. Su mejor amigo es un chiquillo frágil, con deditos como quebradizas ramitas secas y enormes ojos tristones, Shmuel.

Al principio del libro, Bruno vive en una casa enorme en una gran ciudad, con una hermana un poco mayor a la que no soporta y sus padres. Una noche, el jefe de su padre, el Furias, se presenta en el hogar familiar a cenar y lo asciende, dándole una misión de confianza.

Toda la familia se muda, muy en contra de los deseos de Bruno, pero hay una cosa que lo reconcilia con su destino: la amistad de Shmuel, un niño que primero fue puntito, manchita y borrón, antes que persona.

La historia está tratada con sensibilidad e inteligencia. Mientras que para Bruno todo son preguntas, el lector conoce todas las respuestas. Fascinado, se deja arrastrar por la mirada inocente del niño, aunque se le ponga la carne de gallina, se le encoja el corazón y un nudo le cierre el pecho.

Esta pequeña fábula también es de una vigencia absoluta: hoy, Bruno podría nacer en el Hospital Insular y Shmuel, en una aldea senegalesa. Habrían sido iguales, pero uno llevaría un invisible pijama a rayas puesto.

5 de Septiembre 2007

Dolores

Nenito me comenta, vía SMS, que estamos de enhorabuena en Schamann y, por extensión, toda la ciudad alta. David Civera y Pepe Benavente nos amenizan las fiestas de los Dolores, en este luminoso, postvacacional y caro mes de septiembre. Precisamente mis dolores sólo de imaginarlo se extienden desde la calle Zaragoza y el Canódromo, a lo ancho y largo de Pedro Infinito y más allá.

Los misterios de la acústica son inescrutables y esa plaza de Don Benito es un prodigio de sonoridad. Ya me he gozado a Manolo Escobar como si estuviera en mi salón, buscando carro desesperadamente.

No conozco el repertorio del Civera ni el de Pepe. Es más: no tengo malditas ganas de conocerlos.

Así que aprovecho estas líneas para solicitar fecha de ambos conciertos con el fin de mudarme en las mismas a Vecindario, do la ventanía suena celestial al pensar en las fiestas de los Dolores y siempre nos queda el Eurobasket, a pie de home cinema y en ese salón donde hacen incursiones sonoras el tuneado de coches, los caballitos en moto y un tropel de voces de borracho escalando dos pisos desde el bar Los Amigos (especialmente, en las noches de Liga o de viernes).

- Cualquier cosa es mejor -me digo- Cualquier cosa antes que David o Pepe.


4 de Septiembre 2007

Querida Sinaja (dos puntos)

Diego me acaba de masticar media cara, insomne. Y su repentino síndrome de Hannibal Lecter, enganchado a mi nariz con sus dos afiladísimos dientitos, es lo único que me ha puesto de buen humor en este día en que anuncian otra subida de las hipotecas. Hoy he sentido, de nuevo, que caía -más que otro ladrillo- otra hormigonera cargada y ronroneante en mi mochila inmobiliaria. A mediodía, me comí el pisto mientras rumiaba desplantes a los chupasangres del banco y proyectaba cancelación de hipoteca y escape a Casamance, por ejemplo, a recuperar libertad, vida, pulmones, ...

Aparte de andar un poco quemada con las cuentas y la perspectiva de otras vacaciones sin pisar Gando, me tuvieron hablando sola los mensajes de Alberto desde Londres, donde aguarda el momento de disfrutar de la reunión triunfal de Police, tras treinta años de divorcio, en plena fiesta del Pino. Pachi (la suertuda que estuvo de fiordos hace nada) y Sergio El Negro le acompañan, brincando del Támesis al British Museum y de Notting Hill al Bloomsbury de Virgina Woolf.

Yo, por mi parte, hago simulaciones on line de cambio de hipoteca a ING Direct para descubrir que el dudoso gozo de mis grilletes cae en un pozo similar al del BBVA.

Todavía caliente, esta noche, termino de leer a Eduvigis Hernández (ambientes pluviosos, gente suicida, monólogos atormentados) y me lanzo de cabeza a por Bruno, el amigo del niño con el pijama de rayas, totalmente fascinada. Caen las primeras cien páginas en una sentada, mientras aparco sueños con Dubrovnik y Estocolmo por imposibles. Pago mis números de lotería de Navidad e imagino que voy a visitarte, Sinaja, a Brac, con Diego en un carrito, babeando sus primeras palabras en croata y riendo sin parar.

Maldito Euribor ... del que no me salvo Bajo Ningún Concepto y Sin Excepciones.



Dubrovnik, patrimonio de la Humanidad y los sueños.

Si yo tuviera un pretzel ... (Cronicando desde la Gran Manzana)

Ya sé a qué viene lo del tamaño ... es una estrategia personal de George W. Bush, que parece bobo pero no come pretzels, para agotarme cada jornada y que no pueda abarcar tanto asfalto, ladrillo y cristal en seis días.

No tuve cuerpo para escribir ayer, porque rozo la litera y caigo en coma de puritito cansancio.

El sábado y después de que "se dañara la boila" (traducción: se estropeara el termo), salí a la calle con los ojos picajosos e inyectados por este frío seco y la nariz moqueante. Nos dirigimos a la Grand Central Station, a fotografiarnos y recoger mapas e información turística. Después caminamos hasta el Madison Square Garden, para ver el partido de los NY Knicks contra los Philadelphia Sixers.

La primera parte fue algo monótona, pero la segunda de borde de infarto. Los Knicks, que iban perdiendo, remontaron y empataron gracias a un señor bajito con el número 4 en la camiseta. Hubo prórroga y el estadio casi se viene abajo cuando ganaron.

En medio, mucho espectáculo: bailes y acrobacias de chicas y niños, música, concursos de canastas con ropa a la inversa de Walter Hermann y de preguntas, lanzamiento de camisas al público, publicidad, más música ... tres horas encerrados en el estadio y sin parar de recibir estímulos externos. Desde los vendedores de algodón de azúcar, manises, roscas, perritos calientes, agua, refrescos y demás lanzando esperridos por los pasillos al niño de al lado gritando "prick!" a los jugadores de los Sixers y el fan de los Sixers que me intantaba fundir el tímpano en modo "Queen Mary llegando a puerto" por detrás. John McEnroe estaba en primera fila frente a nosotros.

Al salir, nos mcdonaldizamos e intentamos subir al Empire State Building, pero al enterarnos de que nos aguardaba un procedimiento de dos horas para llegar hasta el mirador y que nos echaran, dejamos romanticimos a un lado y regresamos a los brazos de Pickwick, nuestro bonito hotel cerca de San Barts.

La boila estaba arreglada, así que nos duchamos y nos fuimos al Nokia Theater, en Times Square, a disfrutar el concierto "Soul Circus" de los Wooten. Y a dormir.

Culturizarse agota y no quiero hielo en mi agua, gracias.

2005-11-28 04:38 Pickwick Arms Hotel, New York, NY, USA



Mi último viaje (snif).

3 de Septiembre 2007

Ra-ta-tui

Acabo de llegar a casa y devorar un platito de verdura sancochada en honor a Remy, la rata chef de Gusteau's. Aunque admito que aterrizaba con las papilas clamando por un poquito de fromage, una pizca de romero, un rayo electrificante de setas, un menú de deliciosos crêpes rellenos, ... Y, sobre todo, echando de menos al luminoso, romántico y embriagador Paguí de mis refajos y entretelas.

Nenito tuvo más suerte que yo con la cena: me smsea que le esperaba la lasaña de su cuñado al salir del cine, de ver Ratatouille. Los dos irrumpíamos en nuestras respectivas no-casas con el sistema digestivo preparado para mil y una delicias, rugiendo como fiera salvaje y exigente cual Anton Ego rabioso ... A mí me tocó la cosa dietética y a él, el festín perfumado y délicieux.

Nenito también me manda un correo electrónico para explicarme que -a través del IMDB- se acaba de enterar de que los cartuchos de la viejita sicópata a la par que frágil del principio son de la marca R. B. Cheney, en honor al ex vicepresidente de los Estados Unidos, y de que Ferrán Adriá pone la voz a un cliente en el doblaje a español de la película.

La susodicha me encantó, por cierto.

El malo tenía una onda Gollum parisino irresistible. El bueno, la torpeza desaliñada y el pelo rojizo de mi primer romance sueco, Måns. La buena, el tono violín que me encantaría localizar en una estantería de peluquería para cambiar de imagen. La comida podía hasta olerse y casi palparse. París relucía, cautivador. La música era un poco jazz y un poco chanson. Las texturas, perfectas. El mensaje, esperanzador.

Antes de eso, finiquité a Punset y, en mi camino hacia el niño con el pijama de rayas, me tropecé con el primer libro de relatos breves de Eduvigis Hernández, que llevo a medias (lo siento, Ruymán y gracias, Edu).

Las moralejas de Punset: a) Los hombres no son como niños, sino que son niños hasta la tumba; b) El desamor llega cuando se separan cerebro/corazón y sexo o cuando nos hartamos del que nos manipula y c) No existe el libre albedrío y estamos programados para encontrar el amor y perpetuarnos. La posdata: que tengo mis días negativos en los que la falta de autoestima me hunde en los abismos, pero que soy capaz de amar a pesar de la Liga.