Zzzzzzzz
Estoy pensando seriamente en mudarme a otra ciudad. En concreto, a Jerusalén. Y no porque me esté volviendo pro-semita de repente, salvo en momentos de debilidad, lo confieso, como cuando veo a Paul Newman en Éxodo y quisiera meterme en la piel de Eva Marie Saint y suplantarla entre los recios brazos de ese hombre de perfil perfecto.
Sin embargo, la razón indiscutible para mudarse a Jerusalén es una de las últimas directrices municipales. En concreto, la que prohíbe ruidos a la hora de la siesta, garantizando un sueño profundo y reparador entre las 14.00 y las 16.00 horas a los vecinos de la ciudad. Sí, ese lapso de dos horas de embelese post almuerzo en el que es imposible encontrar algo mejor que hacer que dejarse acunar por los brazos de Morfeo.
Precisamente se trata de las horas a las tecleo estas palabras mientras la redacción se vacía rumbo a Hermanos García o el Multi-ruedas, cuando los párpados pesan como losas y la maquinaria de vending zumba suavemente a mi vera. En el caso de esta redacción, ésas son precisamente las horas que también elige un obrero incansable para taladrar algo sobre mi cabeza y otro, igual de pertinaz, para martillear otra cosa un poco más allá. Y, por tanto, las horas en las que me teletransporto mentalmente a Jerusalén, donde construcción, música y reparaciones caseras, entre otras cosas, se detienen en este momento.
Imagino que la policía local de Jerusalén arresta a obreros y maquinaria de vending y que me prepara una camita mullida en los sofás de las entrada, que me arropa, me acaricia el pelo y se queda de guardia, en un lugar lejos de mi vista, para que nada turbe mis sueños. A ser posible, con Viggo Mortensen, subiéndome a la grupa de su caballo para perdernos juntos en un oasis del desierto de Sinaí, por ejemplo.
Imagino que, si el obrero se resiste, la policía local sacará la pistola, le calzará el silenciador y procederá en consecuencia, lejos de mi dulce sueño. Y, en ese momento, Viggo me dará un largo beso con lengua que me erice todas las células eucariotas y mitocondrias del cuerpo y eleve mis niveles de serotonina hasta la coronilla, provocándome un urgente deseo de fusionar nuestros materiales genéticos a la sombra de una palmera.
Amén.
Paul Newman es Ari.



Comentarios
Sí señora! qué gráfico! :D
Publicado por: Reena | 3 de Septiembre 2007 a las 02:53 PM