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Poder gatuno

Un día escribí en este blog que el Hombre hablaba como Pepe Le Pew, pero se me olvidó mencionar que mi padre también tira a personaje de animación y borda el mismito acento que Antonio Banderas ejerciendo de Gato con Botas en Shrek. No pone los ojos tiernos, pero encadena flamenquismos con nombres hábilmente deformados, tal que Marlen Merloi (por Leroy Merlín), con gracia y sin complejos.

Desde que nació Diego y con motivo de que su abuelo, también Diego, le llamaba pishurilla de cariño, mi padre ha rebautizado tranquilamente a mi único sobrino con uno de los nombretes que recibe del sexo masculino. Añadiendo, además, con sus ojos verdes ex-cataratosos brillando pícaros, que si fuera niña le gritaría un sentido shoshito en cuanto rebullera.

Precisamente mi padre anda ahora con la sonrisa de tímpano a tímpano bajo el bigote, después de disfrutar las primeras fiestas de la Milagrosa con nieto. En honor a la ocasión, abandonó su puesto tradicional de avituallamiento de kalimotxo y ron en la furgoneta de cola en la rama, para ir bailando con el niño por el kilómetro de cuesta asfaltada curvilínea entre El Chorrillo y La Solana. Dieguito mascó su rama (en realidad un cacho de caña), posó para la posteridad y, en general, se dejó agarrar por todo cristo con un meneo de piernecillas bailonas y su risa fácil abriéndole la boca desdentada, mientras la banda atacaba los clásicos del verano, empezando por Mi caballo camina p'alante.

Dice mi padre que, al llegar la banda a la plaza del Chorrillo, Diego se empecinó en apagar las ristras de farolillos y hasta las banderas a soplidos, sin dejar de bailar. Además, la mitad del fin de semana se lo pasó metido en un barreño lleno de agua del Manantial, enchumbando a todo el que se acercaba y pegando chillidos que cruzaban el barranco de parte a parte.

Este fin de semana se perfila, con el tradicional sancocho en El Chorrillo, como otro cargamento de emociones para los dos pishurillas, gracias a los cachos de cherne bien salado y quemón regados con mojo picón, a 30 grados y devorados en comunidad con un centenar de personas sudorosas y vocingleras. Por no hablar con la verbena nocturna con rifa de baifo y baile con bicho incorporados.

Mi padre ya prepara en barreño en casa y cuenta los minutos hasta echarle mano al pishurrilla chico, mientras una brisa festiva sopla en el barranco del Chorrillo de Tejeda.



Mi gato favorito.

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