Síndromes de Estocolmo: Maneras de Morir
Claes me ha explicado que cada año, en estas tiernas fechas consagradas a la degustación del Julskinka (jamón navideño) y el soso pero inevitable lutfisk (aparentemente un tipo de pescado que se sufre sepultado en una cama de bechamel, algo repulsivo a la vista, tristón, sin nombre conocido en otro idioma y que sólo parecen "apreciar" los suecos), mueren varias personas en Estocolmo por culpa del desprendimiento de bloques de hielo desde los tejados de la ciudad.
La nieve, que yo imaginaba sólo un bello espectáculo, con sus copos volátiles haciendo piruetas en una sincopada coreografía entre las ramas desnudas de los árboles y las luces difusas de las calles, puede convertirse en una amenaza mortal.
Al parecer, las estalactitas de hielo, aguzadas como una ironía, muestran una desagradable propensión a descender desde un alero con cañería y abrirle a una el cráneo por la mitad. Especialmente en las mañanas más "cálidas" del frío invierno sueco, pongamos que cuando el sol consigue entibiar el termómetro hasta los cuatro grados bajo cero.
Algunos afortunados se han salvado de la colisión por una pestaña. Otros han visto perecer el tejado del coche, el equipaje o a algún vecino despistado bajo una mini avalancha sin que se pudiera hacer nada por salvarlos. Siempre alguien tiene una anécdota que contar sobre el sombrero que le salvo la vida. Etcétera.
La conversación con Claes me deja algo inquieta.
Me veo a mí misma en la parada de la guagua, desprevenida, con mi nube de vaho prendida en la boca, las manos dentro de las mangas, el pelo escarchado tras la ducha, taconeando sobre un montoncito de nieve sucia mientras espero por la 55 o la 66 rumbo al norte.
Me veo a mí misma escuchando un extraño, sospechoso crujido; levantando la vista hacia las alturas, con la bufanda enredada al pescuezo y el ala del gorro de invierno cayéndome sobre los ojos. Me veo, finalmente, sufriendo el impacto de una masa de agua helada en pleno colodrillo.
En otras variaciones de la escena, observo cómo se refleja en mis retinas dilatadas una enorme flecha de hielo cayendo en picado sobre mí, igual que en cualquier película de profecías satánicas, justo antes de atravesarme como un cuchillo sami atraviesa un bloque de caviar Kalle artísticamente dispuesto en un sandwich navideño.
Tiene peligro esto de vivir en Estocolmo.
Cuando nieva y se derriten las calles, se hielan las carreteras y patinan las suelas sobre las resbaladizas, poco fiables superficies pateables de la ciudad. Cuando los coches se deslizan, aparentemente sin control hacia semáforos, peatones y edificios. Cuando la ventisca te ciega, moqueas y comprendes que tus orejas están a punto de desprendérsete del cráneo alegremente para perderse entre la grava, la arena y los grumos de nieve sucia.
Me pregunto por qué esta gente no se muda a otro país.
Especialmente ahora, cuando las calles de la ciudad se vuelven peligrosas como un Sarajevo de francotiradores naturales apostados en los tejados, las temperaturas descienden vertiginosamente y tormentas y huracanes se convocan como espíritus navideños dispuestos a dar una lección incomprensible al Mister Scrooge que es Estocolmo, tiritando, doblado sobre sí mismo.
Benditos sean San Charter y Santa Britannia, que facilitan mi tránsito desde esta realidad helada a la navidad subtropical de mi islita ... aunque para ello me hayan hecho desembolsar una cantidad de coronas que todavía escuece en mi pobre bolsillo. Benditos sean el Trópico de Cáncer y el de Capricornio, los alisios, la panza de burro y hasta el piche coagulado que le tizna a una los pies en la Cícer.
Por más romántico que se ponga Medem al borde del Círculo Polar, sólo el flygbussarna de colorines que me transportará a Arlanda en vísperas de Nochebuena enciende mis deseos. Y la pasión me arrebata cuando huyo de esta nieve, este cielo plomizo e inconstante, estas oscuridades prematuras para caer de nuevo en Gando, junto con miles de suecos desesperados por un poco de sol.
Diciembre 1999


