Extranjeros
Mi padre nació en Campanillas, Málaga, en 1938. Con dieciocho años se vino para el Sáhara, con el ejército. Era paracaidista en la guerra de África. A los veintipocos años conoció a mi madre, una chiquilla flacucha de Tejeda, a la que el éxodo rural metió tras un mostrador de tienda de aceite y vinagre en Schamann. Schamann era sólo una carretera polvorienta y cuatro casas en una loma entonces.
Mi padre acaba de cumplir 69 años y yo tengo 36 y medio. Él ha pasado más de cuarenta años de su vida, dos tercios de su existencia, en esta isla. Cuando vuelve a Málaga, una vez cada pila de años, se siente extranjero. Allí le llaman canario y si hablamos por teléfono, se queja de que quiere volver a Tejeda, de que tiene que regar las tierras y de que no aguanta la canícula andaluza.
Durante doce años, además, mi padre ha sido el presidente de la asociación de vecinos del barrio de mi madre, en el que además está empadronado y vive regularmente desde los ochenta. Su vida está entre las pitas y las higueras y es el motor de todo lo que pasa entre las casas blancas del Chorrillo.
Todo esto viene a que llegó esta mañana del mercado de Altavista, diciendo que un tipo de un puesto le ofreció ciruelas de Tejeda y que, cuando mi padre le dijo que él era de allí, ese mismo tipo le miró con desprecio mezclado con sorpresa para escupirle que eso no podía ser, porque él era peninsular. Al tipo en cuestión le faltó lanzarle una batería de tunos sin pelar ni barrer a la cara. O sugerir un linchamiento a lo Maximiano Trapero con colegas de otros puestos.
Eso me recordó a mis años universitarios. Mientras estudié la carrera en Madrid, mi padre vino a verme una vez. Cuando era joven y paracaidista, él pasaba tiempo en Alcalá y siempre contaba sus batallitas de cuando dormía en el metro porque no tenía dinero ni casa. Presumía de conocer Madrid como conocía cada una de las pecas de la espalda de mi madre. Recuerdo ver su brazo moreno colgando de la barra del techo del metro y cómo casi lo arrastra fuera una marea de viajeros pálidos en una parada, su ritmo pachorriento, su acento dudoso y sus ojos de extraño frente a un Madrid fósil y fantasma que había muerto y un nuevo Madrid desconocido que no le sonaba a nada.
Recuerdo darme cuenta de que ya estaba canarizado y apeninsularizado entonces y con el gesto desinquieto, porque quería volverse al barranco, a lavarse las manos callosas bajo el puente y secárselas en el tronco de un limonero.
Esta mañana me preguntaba, al oírle hablar de ese tipo del mercado de Altavista, cuántos años son necesarios en un sitio para que alguien no te eche en cara que eres un extraño. Y por qué siempre creamos barreras para dejar a la gente fuera.


