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El león viejo tiene experiencia

"El león viejo tiene experiencia", me dijo el Hombre, enigmático, por teléfono, hace un par de días. Comenzaba a entrenar en un equipo nuevo de fútbol, integrado básicamente por chiquillos fogosos, fácilmente distraíbles y casi incapaces de hablar con propiedad y coherencia más de tres palabras seguidas.

Hace un par de días ya lo recogí del entrenamiento con un bulto de hielo chorreante cerca de la ingle derecha, donde le resucitó una vieja lesión deportiva. Ayer, sombrío, me espetó, nada más subir al coche en su equipamiento color cereza: "Los niños no me pasan la pelota".

Ya en los primeros días de vuelta al césped, mi león humano personalizado me decía que los "niños" no tenían las ideas claras ni ambiciones y que se quejaban a la primera entrada que les hacía su cuerpo compacto, que parece labrado en una madera antigua y preciosa. Se veía fuera de lugar, con una diferencia de 15 años o más entre él y el resto del equipo. Protestaba que su vieja herida de guerra le empezaba a molestar.

Lleva apenas dos semanas entrenando y ya le veo desanimado, porque el viejo león también tiene muchas cicatrices más o menos ocultas, derivadas de múltiples batallas, y no está para jugar pachangas de escolares, en las que el niño que tiene el balón se lo pasa al amigo y no al delatero profesional extranjero y desmarcado.

Ayer entró en el coche, como el niño que vuelve del recreo sin bocadillo y molesto, porque los otros niños no le dejan participar en sus juegos. Ayer, por primera vez, el Hombre puso cara de viejo león, aburrido de los leones jóvenes que molestan con sus zarpazos tontos, las trampas repentinas a su cola y su gruñir ridículo sin pausa, que no llega a rugido.



Un viejo león africano.

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