Octubre de 1999. Mi vecino de asiento en el vuelo de Spanair que cubría el trayecto Madrid-Estocolmo dejó caer el periódico tras el que se parapetaba y observó la cubierta del libro que yo entreabría en mi regazo.Se trataba de El vikingo afeitado, una recopilación de cuentos cortos de autores escandinavos de sexo masculino, en la que se analiza la actitud del hombre nórdico sobre las relaciones de pareja en la era post-feminista y nuevo-milenio.
- Suecia es el peor país del mundo para ser hombre -opinó el desconocido, de origen sueco, en tono confidencial.
Le sonreí, alentadora.
- No es como España -continuó, animado por mi actitud expectante- En Suecia, un hombre debe ser un buen marido, un buen padre, un buen amo de casa, un buen amante, un buen profesional,... La mujer sueca espera todo eso de su pareja y si él no esta a la altura de las circunstancias, lo abandona.
Mi interlocutor meneó la cabeza tristemente.
- No echo nada de menos en Suecia. Vivo en Madrid, estoy casado con una española y no echo nada de menos en Suecia - afirmó, satisfecho.
Después de ponerme los pelos de punta explicándome lo fácil que es la infidelidad en Suecia y dándome estadísticas escandalosas sobre rupturas matrimoniales (justo en el momento en el que yo pensaba en el efecto que tres semanas de separación habrían tenido sobre el corazón de Lars-Erik), se retiró tras el muro de papel de su periódico de nuevo, dejándome en un estado mental lastimoso.
Había olvidado nuestra conversación hasta que leí en El País un reportaje especial sobre Finlandia, la vecina del este, en el que se explica la situación del hombre en una sociedad que prioriza a la mujer.
En el reportaje se afirmaba que el hombre finlandés no se acostumbra a que la mujer sea más visible que el varón y a que tome la iniciativa a todos los niveles, desde el político al sexual.
Aun más: al parecer, la psiquiatría finlandesa encuentra un filón en el macho local. Sobre todo, en el nuevo paria social o varón que ha dejado atrás los cuarenta, está divorciado y desempleado. Según las estadísticas, el 80 % de los suicidios afectan a esta categoría social y el consumo de alcohol entre ellos se dispara hasta los 40 litros de vodka o equivalente al año, mientras el promedio general del país se queda en 6.
El reportaje explicaba que a Ilkka Taipale, máxima autoridad psiquiátrica del país, la preocupación por el equilibrio mental de los hombres finlandeses le ha llevado a fundar WHY (en inglés, por qué; en finlandés, siglas de Hombres Solitarios), una organización "que se dedica a buscar alojamiento a las víctimas de la desorientación masculina".
Entonces recordé una entrevista emitida por TV4 durante el verano, en "La noche con Luuk". Renny Harlin, director de Deep blue sea y finlandés, bromeaba sobre el concepto que los suecos tienen de los finlandeses: bebedores empedernidos a un cuchillo pegados y siempre enclaustrados en la sauna.
Cuando Kristian Luuk -uno de los "choumans" más populares de Suecia- interrogó a Harlin sobre el concepto que los finlandeses tenían sobre el varón sueco, la respuesta fue rotunda: que todos son homosexuales.
La verdad es que, para los ojos latinos, el hombre sueco es muy femenino. O, eufemísticamente hablando, demasiado suave.
Los hombres suecos son el producto de una sociedad gobernada por mujeres, donde las escuelas son territorio femenino y la educación en las casas es, en muchos casos, responsabilidad exclusiva de madres solteras o madres divorciadas.
Por tanto y especialmente entre los jóvenes, los hombres suecos adoptan actitudes femeninas y, en algunos casos, fomentan una especie de androginia muy peculiar: parecen mujeres, actúan como mujeres, se expresan como mujeres. Son sensibles, tímidos, coquetos,... en ocasiones le ponen los pelos de punta a una.
No es que una suspire por el macho ibérico, recién sacado del planeta de los simios y con la cayada dispuesta en la mano para devolver al buen camino a la cordera descarriada. Ni que los celos "típicamente" latinos o la verborrea a la italiana (repetición constante del "bela" hasta que se tiene anestesiada a la víctima en cuestión y puede saltarse a su yugular indefensa) me motiven demasiado.
Pero el extremo de tener que ver llorar a un mozo de metro noventa repetidamente en tu presencia por remordimientos porque ya no te ama o de sorprender a tu cita en cuestión observando su reflejo de reojo en todos los escaparates y ascensores y atusándose el tupé cual barbie descerebrada le ahoga a una la líbido en los pechos.
Lo de la ternura y la fragilidad me parece muy bien, pero a veces creo que a las mujeres suecas se les ha ido la mano en el laboratorio y el pequeño Frankestein o "homo suecus" resulta un tanto desconcertante.
Algunas mujeres suecas también consideran que al hombre del país le falta un poco de garra: en cuanto tropiezan con algo mínimamente más locuaz, viril y/o decidido, caen en un estado de enajenación mental transitoria y acaban enredadas con un interfecto del que yo (o cualquier mujer que no fuera sueca) huiría despavorida. Luego vienen las peleas, los divorcios y demás.
Los suecos, por su parte, se sumen en la confusión cuando observan que las dulces manos que les educaron les rechazan ahora (precisamente por los valores que les inculcaron) y se vuelven amorosas hacia hombres más difíciles, levantiscos y poco fiables. Y aceptan con resignación que las mujeres suecas los consideren aburridos y carentes de cualquier tipo de romanticismo, antes de saltar a los brazos del primer turco que pasa por los alrededores.
La vida no es fácil para el sueco medio. Hasta diría que, si no me parecieran tan desesperantes a veces, los suecos típicos me dan pena.
La verdad es que, considerando todos los testimonios y viendo como algunas amantes suecas maltratan a su dócil pareja en plena calle, empiezo a creer que, definitivamente, es duro ser hombre en Escandinavia.
Enero 2000

Hombre escandinavo.