Brasileñízate, brasileñízame
Como no puede ser de otra manera en este verano calimoso, me desperté con la bulla constante de los chiquillos en la cancha García San Román para meterme en una ducha marcada por un rastrojo de hormigas voladoras muertas. Salí a la calle polvorienta y subtropical mientras mi madre encendía la radio, sintonizada permanentemente en la Cope. Por suerte, en el momento en que Jiménez Losantos se concentraba en buscar nuevos agravios y rugir invectivas venenosas sin un micrófono delante. Me dijo después el Avatareño que la fiera corrupia está de vacaciones
Al llegar al trabajo, un comienzo de día muy agradable, con cafelito con los de Internet y Mbuyi Kabunda frente al ordenador.
Kabunda fue profesor mío en un curso de iniciación a la realidad del África Subsahariana hace ya catorce años. Yo estudiaba en Madrid y solía pasarme por la sede del Club de Amigos de la Unesco en la placita de Tirso de Molina. Si la memoria no me naufraga en el proceloso mar de esos catorce años, la Asociación Pro Derechos Humanos estaba en el mismo local y también la frecuentaba, en busca de cursos, conferencias, amigos, ... quizás un trabajo.
Kabunda ejerció de ponente en el Simposio Alianza de Civilizaciones: Una Mirada al África Negra que se celebró ayer en Agüimes y en el seno del Festival del Sur. Con él, Sami Nair, Enrique Barón, José Monleón y Fidèle Toé.
Me gusta escuchar a Mbuyi Kabunda porque es una persona sincera, directa, crítica, a veces tirando a radical y siempre interesante. Además de un intelectual preparado, provocador y necesario para el el planeta. Perfecto para unas jornadas como las de Agüimes, que ayer intentaban hacer Política, con mayúsculas. O lo que es lo mismo, crear una sociedad justa y capaz de generar convivencia armoniosa y cultura desde su propio seno civil y laico. Algo que no tiene nada que ver con la política de tercera regional del Parlamento de Canarias, por ejemplo.
Ayer también se habló del papel del intelectual y del artista en la creación de esa sociedad justa y Kabunda insistió en la brasileñización del Norte: en crear vínculos culturales y biológicos entre diferentes razas para forjar una sociedad mestiza y fuerte, en la que no quepan racismos ni xenofobias ni la utilización alarmista e irresponsable que hacen los partidos políticos de la miseria embarcada en patera.
En fin, que fue un día perfecto para soñar con un mundo mejor, a pesar de superar los treinta grados en ese pueblito entrañable, donde espero algún día comprarme una casita de colorines, en pleno casco histórico. Fundamentalmente, para pasarme las tardes ensanchando mi perímetro en la Tartería a ritmo de Diana Krall y varar por las mañanas en la plaza del Rosario, leyendo a la sombra de un árbol.
Ay (suspiro).


