Mi viaje al país dowayo
Ayer regresé al esplendor polvoriento del verano en Vecindario, con esas noches ventolerientas y cálidas sobando los cristales con las puntas de los dedos y esas mañanas de sol que es puro fuego martilleándote el colodrillo sin piedad. Llegaba de un exótico e hilarante viaje por lo más remoto del Camerún. Un viaje breve y delicioso del que una de las mejores partes fue arrebatarle la butaca a Esther, confieso malévolamente, ... ya que Nenito fue quien me pagó el billete.
Mi billete fue, en realidad, un libro: El antropólogo inocente, de Nigel Barley. Prestado, además, que a poco más se puede aspirar cuando un banco te chupa la sangre vía hipoteca, comisiones y otras lindezas. Mi vida es un continuo deseurarme por las esquinas y se agradece un pizquito de escapismo, a la espera de tiempos mejores y billetes reales que llevarse amorosamente a los labios y el refajo.
Barley me llevó con él al país dowayo, un rinconcito surrealista del planeta que él visitó en los setenta. Y lo hizo desenredándose trabajosamente de las trampas de la burocracia camerunesa y tratando con tipos pintorescos como dos maestros (uno empeñado en fundirse el sueldo en cerveza y poner a todo cristo a bailar antes de alcanzar el coma etílico y otro, profesional del lío con mujer casada) y un jefe de aldea dipsomaníaco y gandul. Narrándome su fiesta de despedida del sous-prefect; comentando sus problemas con el idioma dowayo; haciendo una breve incursión final en la Roma más desastrosa posible, sin pasaporte y ninguneado por la burocracia europea, y explicándome su lenta adaptación a la Gran Bretaña tras dos años en un limbo en forma de choza de barro.
Creo, por ejemplo, que escandalicé a los vecinos del Hombre riendo a mandíbula suelta, mientras leía cómo se disculpaba ante un brujo al que quería impresionar favorablemente explicándole que tenía que copular con un miembro de la odiada casta de los herreros ... en vez de decirle que se iba a cocinar un cacho de carne, como pretendía.
Disfruté cada segundo de humor inteligente, capacidad de observación, falta de prejuicios y curiosidades y elevé a Barley al altar donde tengo colocado a Gerald Durrell (otro visitante de Camerún, por cierto) y cachitos de las obras africanas de Tom Sharpe.
Tras agradecer nuevamente a Nenito el descubrimiento de Barley, me sumerjo en El autoestopista galáctico, otra recomendación de mi informático predilecto. E imagino que un día escribiré algo que se pueda aproximar a lo de Barley, como mínimo, tanto como el país dowayo a la heladita Alaska.



Comentarios
No te preocupes, Angie. Tengo en mi maleta de viaje muchas cosas, entre ellas, 20 años de amistad, desencuentros, libros, cariño y bombones con Nenito. El hecho de que te deje un libro a ti antes que a mí, no es más que un minúsculo grano de arena en el desierto. Lo bueno de todo esto es que las dos hemos descubierto un buen libro :-)
Publicado por: Esther | 10 de Julio 2007 a las 11:59 AM