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El contrariado amor del dulce Guillermo y la firme Catalina

Hoy me levanté preocupada por el corazón del heredero de la corona británica, ese Guillermo de aspecto dulce y noviazgo intermitente. Y también por tener que enfrentarme, de nuevo, a la funcionaria de Correos de mi barrio, esa mujer con catadura de rottweiler y parentela segura entre los Borgia, que se niega a cambiar el teléfono de aviso en el resguardo de un paquete, aunque dicho paquete esté condenado irremediablemente a mes y medio de vagar hasta su destino.

El otro día comentaba con Yeya mi inquietud por Guillermo y Catalina, esa pareja que intenta resistir los embates de prensa sensacionalista, obligaciones reales e interferencias varias y llevar una relación sentimental lo más normal posible, dentro de los cánones que marca Buckingham ... bastante excéntricos y laxos ellos.

Yeya me lanzó una mirada indiferente desde debajo de su fleco color violín y me espetó que le daba igual el romance real y que, en todo caso, no le causaba pena. "No me acabo de creer los líos entre famosos. Es todo muy público", manifestó, dura como si por corazón tuviera a la piedra Zanata, antes de volver al velocísimo tecleo en su página.

Ahí cambiamos de tema y Yeya mostró más simpatía por mi conflicto con Correos que por la vida amorosa del heredero de la corona británica. Hasta me sentí alentada a confesarle que deseaba mandar a la funcionaria bobilina en paquete (y sin teléfono correcto para avisar a la hora de la recogida) a la bucólica Groenlandia, por ejemplo. Especialmente porque sabía que no me regañaría, como el Hombre, y que además me daría ideas para refinar la tortura.

Yeya es más terrestre que yo y creo que menos romanticona. "A mí no me afecta la vida de los famosos, me importa un pito", modula ella con sus labios pintados de rojo resaca, aunque sea capaz de emocionarse con una lámpara de hielo.

Yo, sin embargo, me pongo bobona con las rupturas de la crónica rosa, a menos que las perpetre gente que me pone de los nervios, como la Loba Jolie o el guineo de Tom Cruise. Si afecta a famosos que son de mi devoción o simplemente me caen bien, me deprimo, empiezo a pensar que la vida es una serie de rupturas hasta la ruptura final con la Muerte y gruño a mi teclado mientras el cielo se oscurece detrás del cristal de la ventana.

Y todo, porque me ponen un nudo en la garganta las parejas que tienen que aparcar romance por culpa de circunstancias externas, llámense Romeo y Julieta, Carlos y Camilla o Josema y Millán.

Lo de Guillermo de Inglaterra y Kate Middleton, en concreto, me dio pena en su momento, aunque ella parezca un poco pija y mandona y ponga cara de Mariah Carey a veces y aunque él me enternezca menos que su hermano el pelirrojo. Pero ahora, que dicen que están intentando retomar la cosa, vivo sin vivir en mí con esto de rastrear la web de People y los teletipos, con el alma en vilo. Y necesito saber si el mundo es un lugar de miserias que se cae, quebrado en mil pedazos, o si se despejará la panza de burro, brillarán las buganvillas de colores y enmudecerán los coches tuneados.



Kate y Henry, Henry y Kate.

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