Hace fuego 2
Anoche dormí en esa especie de secadora colectiva y gigante que es Vecindario, donde sopla una ventanía constante y ardiente, todas las ventanas se abren en gritos desesperados hacia la noche, el perro alarma ataca sobre las tres de la madrugada a pesar de las condiciones meteorológicas adversas y el resplador del sol que se oculta tras las montañas se enturbia de humo. Por el camino, pensé que hasta olía el quemado de los montes al tiempo que el ocaso incendiaba doblemente en perfil de las montañas. A lo lejos, un helicóptero con un depósito de agua prendido a un cable sobrevolaba la silueta dentada del interior de Gran Canaria.
En el pueblo, la gente estaba botada en la calle a las tantas, casi en ropa interior, mientras el Hombre y yo nos embarcábamos en la búsqueda inútil de todas las corrientes posibles en la casa a fuerza de abrir puertas, ventanas y pasillos. Me pegué dos duchas antes de la cama y un nuevo enchumbe con toalla, en agua helada, de madrugada. Y supe, en mi duermevela quemona, que nos quedaba otro día de fuego por delante. De ventolera, llamas, calores y desgracias.
El informativo de la mañana me daba la razón: en la televisión, los talibanes se cargaban a otro evangelista surcoreano, los etarras tramaban nuevos atentados y el incendio se extendía, fuera de control, por toda la cumbre.
Así que me fui de paseo a Las Canteras, a buscarle algo de luz al día. Aparqué, de madrugada, junto al Auditorio y a la orilla del mar me encaminé, con Billie Holiday susurrándome al oído y el arrullo del mar haciéndole los coros.
En La Cícer, fecalismo animal y un paquete de papas vacío que me adelantó con un tirabuzón alocado, contra un fondo de botellas de plástico vacías y basuras de adolescente machango; cerca de la Playa Chica, tufo a seba y huellas de maquinaria de limpieza en forma de extraños pentagramas; pasado el Meliá, una convención de gaviotas que apenas rebullían junto a los viejitos que hacían estiramientos y en La Puntilla, bañistas chillones y barcas a colorines, palomas bobilinas, colillas huérfanas, más basura.
La vuelta al Auditorio la hice por el paseo y con Kultur Shock de banda sonora, algo más animosa a pesar del lunar de piche que me llevé de recuerdo en el talón derecho.
Ahora, en la redacción, mi corazón se encoge de pensar en Fataga y Arteara, en El Chorrillo de Tejeda todavía a salvo y en Antonioni, siguiéndole los pasos funerarios a Ingmar Bergman.
Recuerdo esta mañana los raukar de Götland, sus corderos lanudos y los muros rosados de Visby, aunque ni Bergman (ni Antonioni) estén entre mis personales obsesiones. Con esa imagen bucólica de una isla sueca que es casi mediterránea, medieval y luminosa, intento aislarme de las noticias que siguen llegando de un paisaje hecho pura llama incontrolada. Y espero, como todos, el milagro.
Raukar en la costa de Fårö, en Götland. El refugio de Bergman y mis mejores vacaciones.


