Síndrome de Estocolmo: Sentada en un parque
Ahora es cuando Estocolmo me parece un hogar y el pensamiento de abandonarlo me duele como si una cuchilla se me clavara en las zonas más sensibles de mis entrañas: sé que el cielo de esta maldita ciudad -semejante a una extraña porcelana oriental de azules irrepetibles- me tiene envenenada el alma.
Lo sé cuando cruzo las piernas como un buda en vaqueros, estratégicamente posicionada en un banco de madera de Mariatorget con la cabeza en la línea de tiro de las bolas metálicas de los jugadores de petanca que se arremolinan junto a la fuente.
¿Cómo puede estar uno tan loco para abandonar Estocolmo durante el verano? - me digo, algo intranquila, mientras las bolas metálicas chocan a pocos pasos de mi persona y escucho las risas de los maduros "petanqueros", impecables en sus ternos de lino, bronceados y con canas y arrugas estéticamente dispuestas al estilo Sean Connery.
¿Cómo, si los parques bullen de insectos, carritos con niño, punkies, hojas en movimiento, gotas de agua, pajaritos y rajas de melón rezumando dulzor bajo el aleteo irritado de las avispas? ¿Por qué, cuando los canales relucen, tentadores y refrescantes, y los días se despiertan propicios para picnis, baños en los lagos, siestas bajo los árboles que esparcen generosamente polen, flores y semillas a su alrededor, conversaciones interminables en las terrazas de los cafés?
Observo que la hierba vibra bajo la invasión de miríadas de seres vivos -desde insectos a alcohólicos- cuando el sol se pone más picón y las fuentes riegan, con ubicuidad admirable, a quienes se acercan demasiado a sus fronteras de piedra.
Hoy el sol me abofetea entre las nubes que pasan y, como un girasol sediento de rayos uva, levanto mi cara -placa solar de carne, vello y piel- hacia él, siguiendo su lenta trayectoria oblicua mientras tarareo algo de Zebda. Una convención de hormigas se celebra entre mis sandalias, donde he dejado caer las pipas de mi ración de sandía formando extraños dibujos sobre la arena. Y se me pacifica el alma, sabiendo que probablemente éste es el sitio adecuado para estar en este momento.
La primavera estocolmense es tan brillante, se sufre tanto durante el temible invierno y los días del verano son tan largos y se llenan con tantas promesas... que parece una locura el pensar en estar en otra parte.
Se me paralizan los dedos cuando pienso en escribir algo, porque ahora no es el momento de encerrarse con el ordenador en la oscuridad de una habitación, si no el momento para salir a la calle y hacer el sueco: semidesnudarse en un parque y empaparse de sol, vivir durante las 24 horas del día y dejar la reflexión, el silencio y las obligaciones aparcadas, mientras el país se hunde en oleadas de pereza, emotividad y vino.
Me pregunto cómo no se produce una bancarrota total e irreversible en Suecia. Ahora que no hay cuerpo que resista la llamada salvaje del sol ni alma que aguante enganchada a una rutina, a un puesto de trabajo, a un aula. Y me pregunto cómo puedo aspirar a otra vida que un verano infinito en Estocolmo, observando el desperezarse de los magnolios bajo el influjo de los rayos solares.
Un día más, retraso la visita a la agencia de viajes y espero un milagro mientras leo mi libro en el parque.
Junio 2000


