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Síndrome de Estocolmo: Diamantes o chocolate

Marilyn Monroe afirmaba que un diamante es el mejor amigo de una chica y no soy nadie para quitarle la razón, pero -personalmente y quizás porque carezco de su ambición o su buena suerte- la calidad de mejor amigo la reservo para el chocolate, que es más barato, fácil de encontrar e incluso cálido que las piedras preciosas.

En mi modesta opinión, no hay nada como un buen lingotazo de cacao para superar cualquier frustración, para espantar la tristeza, para llenar el vacío que produce la insatisfacción por la grisura de nuestra existencia. Así que no tengo empacho en reconocer que cualquier pequeño contratiempo de mi vida ha sido superado a golpe de bombón de moca desde que tengo uso de razón.

Un cuarto de siglo de vida guiada por esta premisa (repito, el chocolate es el mejor amigo de una chica) me ha conducido inexorablemente hasta mi situación actual, que podría definirse como de feliz esferidad.

Modestamente, considero que estoy alcanzando la perfección de la Saskia de Rembrandt remojándose las pantorrillas en el riachuelo junto al molino y sirviendo de musa, de paso, a cualquier artista hambriento de inspiración y éxito que circulara por los alrededores.

No me arrepiento.

Cuando observo el escuchimizamiento a la moda, los sufrimientos de las dietas hipocalóricas y las expresiones amargadas de los prototipos semihumanos al uso, esas clavículas que parecen frágiles agujas de ganchillo, esos hombros tercermundistas y esas espinas dorsales sáuricas, me congratulo por mis carnes festivas.

Incluso cuando el espejo en algún probador me devuelve una imagen de mí misma que a otros les parecerá patética o, cuando menos, totalmente antiestética, traumáticamente encorsetada en un bikini amarillo fosforescente de la talla XL.

Rubens encontraba fascinante la molicie en los michelines de las mujeres superlativas como yo: mi belleza podría ser apreciada en otra era más feliz, donde realmente se valorara el lado más placentero de la vida, la sana sensualidad de la carnalidad total. Soy una incomprendida, porque me imagino a mí misma raptada por sátiros en celo en algún bucólico tapiz del siglo XVI y comparo esta gloriosa imagen con el desaliento que en mí provoca la situación actual del obeso a las puertas del Tercer Milenio, cuando mi golosa silueta es rechazada, aborrecida, sometida a la crítica más contumaz y el escarnio más cruel.

Especialmente en la frontera del verano, en plena época de destape, mientras observo preocupada como muslos, corvas y hombros se desnudan en las calles, las palideces invernales se tornan apetecibles bronceados, las ropas se ciñen a las curvas para provocar admiración o espanto. Mientras observo, compungida y horrorizada, como el universo entero se vuelca en la celebración de la carne ... magra.

Procuro que la acepción moderna de la palabra belleza (inextricablemente unida al concepto delgadez extrema) no me afecte, pero me entristece saber que en cuanto asome a la puerta mi feliz esferidad en pantalón corto, todos los ojos se volverán hacia mí con la misma mezcla de repulsa, incredulidad y compasión con la que la presencia del jorobado de Notre Dame era saludada por sus coetáneos.

No soy un monstruo. Monstruo es Kate Moss. O cualquiera de las modelos anoréxicas que pasean su palmito de postal de Domund en las pasarelas de París, con una sombra violácea de maquillaje subrayando lo desorbitado de la mirada y lo consumido de los pómulos.

No entiendo que un esqueleto en movimiento, sin forma femenina y tristemente tapado por un pedazo de tela del tamaño de un pañuelo, sea capaz de despertar el deseo. O la admiración. O incluso la envidia. Si eso es normalidad, me digo, bienvenida sea la diferencia.

Brindo con un nuevo bombón de moca por las siluetas de violonchelo tripudo, por los escotes carnosos, por la pertinaz celulitis y las nalgas palpitantes de vida y grasa. Otro bombón más se lo dedico a Sweetie, a Divine, a Marianne Sagebrecht, ... Y para celebrar mi bucólica redondez y ampliarla y rebasar los limites de lo políticamente correcto, devoro una ambrosía a la salud de mis dulces arrobas, convencida de que en un futuro más justo, el universo se extasiará ante la belleza arrebatadora que hay en ellas.

Mayo 1999


Saskia en el arroyo.

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Comentarios

  • Brindo por todo lo que dices y además brindo por los cuerpos masculinos que no llegan a los 60kg de peso, que se aburren levantando pesos, sin finalidad práctica alguna; todo para conseguir musculos abultados que te obligarán a comer mucho más y pasar muchas horas de gimnasio para que no se deshinchen, con el gasto de dinero resultante.
    Esos pantalones cortos hechos tan solo para hombres que levanten mucho peso con sus abductores, cuadríceps y demás; un cuerpo masculino de menos de 60kg entra entero en una de sus patas; esas camisas para espaldas de dos metros...

    Hay mucho por lo que brindar :-)

  • Exacto. A brindar por todo el que se salga del modelo: la perfección es aburrida, ¡viva la diversidad! ... y el chocolate ;)