Síndrome de Estocolmo: De la alteración de la sangre y otros demonios
La primavera ha llegado insidiosa, colándose entre los brotes nuevos de los olmos, que hace dos semanas eran apenas puntos luminosos de color guisante y se expandieron lentamente bajo las lloviznas de abril hasta adoptar la forma de hojas nuevas en parques, rotondas y jardines.
Los setos también empiezan a maquillarse de un verde amable, el césped se puebla de flores amarillas y azules y una cohorte de pájaros desconocidos, recién llegados del Sur, parlotea animosamente entre las ramas, convirtiéndolas en cajas de música vibrantes.
Los mirlos se lían a picotazos con las hojas muertas en sus vuelos rasantes en busca de insectos amodorrados, mientras las gaviotas rapiñan en los malecones de madera y las cornejas graznan en los bulevares. Los abejorros se desperezan bajo el sol tibio de la primavera, zumban y dan tumbos, como borrachos, de flor en flor.
Las excursiones escolares se desparraman por las diferentes islas de Estocolmo para que los niños puedan correr entre los patos, luchar con ramas secas y explorar la naturaleza que despierta.
Los alérgicos musitan sus plegarias. Los anacoretas dudan. La música tiraniza los labios más rebeldes. Las parejas se amordazan mutuamente a besos. Paseantes y ciclistas se apoderan de cada sendero, con la sonrisa surgiendo pausadamente bajo la caricia del sol y las emociones en proceso de descongelación conforme se calienta la sangre y se confirman los signos de la huída cobarde y rastrera del invierno.
La primavera es corta. La primavera es brillante. La primavera es puro sentimiento desbordándose en los canales, en Gamla Stan, en los estilizados cuellos de los cisnes y el vuelo errático de las urracas. La primavera tiene tácticas de gladiador romano: acostumbra a lanzar mazazos despiadados en el pecho de sus víctimas. Actúa como el detonador de los sentimientos reprimidos durante el larguísimo invierno.
Un rayo de sol prende la mecha de los deseos, impulsándonos a cometer locuras. Los sentidos se erotizan. El chisporroteo ondulante de una vela en una noche clara nos empuja a la confesión, a la ternura o al suicidio. Se adivina en el aire aun fresco el sensual aroma de las fresas salvajes que maduran en el Sur.
Desbordados por el sentimiento, casi explotando por la presión de la sed de aventura y vida, los suecos tiemblan de anticipación bajo el radiante cielo de principios de mayo.
Ya se han extinguido las hogueras de Valborg y ahora llegan las graduaciones de los estudiantes y el Carnaval. El verano se hará irrevocable, convocando a los turistas. Pasará la resaca de Midsommar, con sus postes cubiertos de flores y cintas en torno a los que se celebra la fecundidad de la naturaleza. El sol de medianoche no se pondrá desde Malmö hasta Laponia. Un tranvía de madera volverá a traquetear Strandvägen arriba y abajo. Acquavit, cangrejo y arenques se harán indispensables en los picnis a lo largo y ancho de Suecia. El Festival del Agua tomará por sorpresa las calles. Las ondas verdosas del Mälaren reflejarán las alegres siluetas de barcos, yates, botes y lanchas festoneados con banderitas gualdiazules. La naturaleza en pleno celebrará cuatro brevísimos e intensos meses de plenitud.
Hasta que un día a principios de septiembre lleguen los nubarrones con su cargamento de tristes presagios de otoño.
La primavera es corta. La primavera es brillante. Hay que saltar sobre ella y maniatarla con cadenas de flores. Hay que obligarla a quedarse y apurarla velozmente, intensamente, completamente.
Hay que enamorarse, porque enamorarse es una necesidad básica más. Como dorarse lentamente bajo el sol escandinavo. Como permanecer despierta durante las 24 horas del día para no perderse ni un segundo de vida. Como silbar en las escaleras. Como rondar por los puentes sobre una vieja bicicleta.
El cuerpo es una cárcel (placentera y atormentada) y el espíritu se transforma en vendaval, en presión de varias atmósferas pugnando por reventar la celda de carne en la que nos atrincheramos.
La primavera es breve y brillante como el chisporroteo de una bengala. Hay que ofrecer sacrificios al sol para que no se oculte y pedir a los dioses vikingos que nos sean propicios hasta la temida llegada de un nuevo invierno.
Mayo 1999


