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Un par de horas con Sonsoles

Hoy se huele algo extraño en el ambiente, algo casi surrealista y calimoso. O yo lo olía esta mañana al vadear el asfalto nuevo de Juan XXIII, traspasado un accidente en López Orduña y en recalando junto a un tipo con una enorme txapela negra y un perro descomunal metidos en su minúsculo utilitario blanco.

Poco después de que llegara a la redacción, Sonsoles Artigas sonreía frente a la pantalla del pentium de Txema sin que el elemento masculino de esta redacción se arremolinara en masa -hambriento como marea de salemas- en torno a su silueta alargada y firme.

Diría aun más: que creo que la razón definitiva por la que el día está raro es que comentamos más lo que Txema tecleó este mediodía por Sonsoles Artigas de lo que comentamos en su momento los planes de Mauricio para conquistar el mundo o el dribling de Paulino Rivero al elector canarión. Y diría también que eso nos pasa porque nos pesa la salsa rosa y todavía nos pesan más dos semanas electorales cogiendo el color de las paredes mientras, fuera, el día se dora, empolva y ensalitra.

Entrando en la tarde, Nenito amañaba complicidades con el Hombre que llama "pulpul" al pulpo, con su fleco despelusado y tirando a wagneriano electrificado y una mirada de locura presa en las gafas.

Yeya y yo pasamos un rato de la atardecida babeando ante fotos de Madagascar y otro rato babeando ante las imágenes en pantalón de cuero negro de Jeff Scott Soto, todo sudadito y con el pelo hecho un remolino medusino. El aliento nos falló un segundo al imaginarnos en primera fila del concierto de Talisman y con tanta testosterona salpicándonos. O en las románticas calles de Antananarivo, departiendo con lemures, camaleones y perinquenes de colorines a pie de Índico.

Tenemos el día tonto y como tirando a agotado y el fin de semana no acaba de llegar. Trabajo mañana, las ojeras me comen los ojos, Alberto me gritó esta tarde por teléfono y todavía no he perpetrado una compra en condiciones.

"Hjälp!!!! -grito, en sueco- Jag vill en resa nu!".

E imaginando mis bolsillos vacíos y mis tristes números bebeuveanos a estas alturas de mes y año, cierro el ordenador y me precipito a las pestilentes calles del Sebadal, deprimida. O cuando menos, rara como una luna tristona sobre la calima y echando de menos la mirada desquiciada de un camaleón enano arrastrándose por el perfil estrambótico de un baobab africano.



Baobabs en Madagascar.

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