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Asignatura mundialista: Aficionado Bridget Jones

Mi padre anda un poco amulado últimamente. En primer lugar, supongo que porque lo exploto como hombre de la casa, que lo mismo encaja una vitrocerámica en el hueco de mi granito mal cortado que repara los escapes de agua de mi termo. Y en segundo lugar, porque España ya no juega en el Mundial y no tiene gracia eso de plantarse delante de la tele, con el vinito tinto y la tapita de nueces mediada a la vera, sin la posibilidad de una sesión de sado catódico en la Cuatro o en la Sexta.

Viendo la magua de mi padre, creo que podría trazar un paralelismo entre la vida sentimental de cualquier treintañera soltera a lo Bridget Jones y la cosa futbolera nacional. Porque he llegado a la conclusión de que La Roja es como la mayoría de los hombres por los que perdemos la neurona a mis años y en estos tiempos: no esperas nada bueno de ellos, pero te ilusionan y se las arreglan para hacerte creer que las cosas serán diferentes esta vez ... hasta que te dejan botada nuevamente, como colilla en la arena.

Ello me impulsa a recomendar, igual a mi padre que a las solteras y enteras, que pongan la fe en cosas que no decepcionan, al tiempo que propongo opciones como la brutalidad del estado israelí, una tangana en el Congreso o el placer culpable que proporciona Lindt.

Lo cierto es que opino que lo peor del regreso de La Furia es que los taxistas ya dejaron de hablar de falsos penaltis y andan sintonizando la COPE y murmurando sobre turbias estrategias electorales del babieca de Zapatero y complots para sacarles perras a golpe de sillitas de niño y cursos viales.

Y lo mejor de estos Mundiales para una descreída como yo es que los portugueses, capitaneados por ese morenazo de nalgas de piedra que es Figo, patearon al pijo malcriado de Beckham y a su huesuda señora fuera de Alemania.

Escucho a algunos que, aburridos con estos mundiales desespañolizados, ya tienen la mente puesta en los próximos e insisten en el futuro glorioso de la selección. Yo admito que, tanto en cuestiones de fútbol como en temas románticos, tiendo al pesimismo.

Así que, en vísperas de finales, prefiero practicar el resbale digno de lomo de tabla de windsurf, con un lastre de agua salada embarazándome el neopreno.

Y proclamo que, a falta de Figo fibroso y aceitunado, espero recrearme en la imagen del tandem Mendoza -sudoroso y espatarrado entre los teniques de Salinas-, mientras oscile un mástil que amenace con quebrarme el totizo. Gloriosa visión, a Santo Cristiano Ronaldo en cuesta de Funchal pongo por testigo, antes de una fractura craneoencefálica e incluso la muerte.

4 de julio de 2006.

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