Mi padre se dedica ahora a arrastrarme por las empinadas callejuelas de Tejeda presentándome como "la Sueca" y explicando, desde el restaurante Sombra del Nublo a la piscina municipal y la Avenida Alfredo Kraus, que he pasado año y medio en el Norte por mi insania mental transitoria, mi pasión por los viajes, mi extranjeridad a esta isla... En resumen, algún tornillo que anda flojo en la zona donde supuestamente bullen mis sesos.
Lo siguiente son las preguntas bienintencionadas de los recién-conocidos sobre la duración de mi estancia en Gran Canaria y que a mi padre se le tuerza el bigote canoso y se le ponga cara de circunstancias. Si estuviera mi madre de cuerpo presente por las cercanías, sonriente y como sardónica, apretaría los finos labios, se enderezaría las gafas y menearía la cabeza con desaprobación cuando yo respondiera "no se todavía".
A veces creo que esto de enviarme al Chorrillo, con las judías a la vinagreta, el sempiterno melón y la papaya, es una cura de desintoxicación que mis padres planean para que se me quite la manía de los viajes. Como si fuera una extraña toxicómana, una adicta a los pasillos de Gando y las aduanas, chutándose a base de tarjetas de embarque, con el pasaporte tranquilizador que acariciar durante el mono y las normas de seguridad de cuatro compañías aéreas diferentes prendidas a los refajos para salvar los momentos de crisis.
Sólo una semana encarada con el Bentayga, llevando una vida simple, primitiva, sintiendo el aire caliente que baja por el barranco para erizarme las carnes, escuchando cómo las ramas de ciruelos y naranjos raspan contra los muros encalados y dejándome vencer por un bloque de calor compacto, como una manta de cemento invisible y ardiente que le cubre a una la epidermis y la aplana, puede restituirme la cordura. Quizás lobotomizarme. Apegarme a la tradición y al terruño.
Al llegar al Chorrillo, con el libro del Clan Ya-Ya bajo el brazo, busco algo de sombra en el corredor con baranda que pasa por delante de la Finca El Corral, mientras escucho La Habanera de Carmen.
Me aguarda un estanque que podría parecer un pantano de Luisiana. Sin caimanes. Sin la humedad putrefacta y corrupta que se cierne sobre los pantanos de Luisiana. Sin la sensualidad salvaje e irreverente, algo alcoholizada, de las Ya-Yas. Sin violines cajun. Sin cangrejos de río.
La primera tarea de la cura es limpiarlo con Joni -vadeándolo, con las piernas enterradas en el agua verdosa donde flotan las cáscaras de las libélulas que se metamorfosean entre los escarabajos nadadores y los huevos de mosquitos- a fin de que los chiquillos del barrio puedan bañarse en el agosto quemón que ya arrasa la Cumbre.
El fin de semana pasado disfruté una misa en honor a Santa Maria Goretti, a mayor gloria de la castidad y el suicidio antes que caer en las tentaciones de la carne. El próximo fin de semana, el programa incluye un baile de taifa travestida de típica.
Por las tardes, son de rigor las charlas con las septuagenarias Marina y Guadalupe, bajo el parpadeo hipnotizante de la televisión: deplorar las miserias del mundo exterior, asombrarse de las oleadas de violencia que bañan el mundo, criticar la frivolidad y el desmelone (más que destape) de las imágenes que llegan y que son el reflejo de una realidad amenazante lejos de las fronteras del barranco. Hasta Las Palmas de Gran Canaria se transforma en una Sodoma inhabitable para los ojos miopes de Guadalupe, repantigada en el sofá en combinación negra, cuando los calores aprietan.
El mensaje subliminal es que no hay mejor sitio para estar que la casa, con los padres y el hermano. Los viajes no traen nada bueno. Ningún sitio es más apropiado que el islote, el barrio, la casa.
Los concordes se prenden en llamas, los trenes se descarrilan. La gente mata y muere sin razón. Así que no hay nada fuera de las fronteras patrias que justifique una salida.
Pero...
Pero ¿por qué será que como la Sirenita, yo quiero más, ver mucho más, aunque me cueste la voz y pierda mi cola de pescado? ¿Por qué las fronteras patrias se me quedan chicas? Y ¿por qué, donde otros ven horrores, yo veo aventuras?
Se cierne la noche -estrellada y suave- sobre Tejeda. Y, al mirar al cielo que se derrite entre los roques rojizos, no puedo evitar pensar en el cielo claro todavía de Estocolmo o las noches heladas de Mpumalanga en invierno o las luces de París desde la noria de las Tullerías.
Y de pensar en no viajar nunca más me siento pez que se ahoga fuera del agua.
Preferiría autoinmolarme como Goretti, antes de sucumbir a los peligros de la comodidad, el miedo, el ostracismo. Antes de la lobotomía que me vuelva cuerda.
Agosto 2000
* Del libro Síndromes de Estocolmo