Síndrome de Estocolmo: Libre
Diluvia sobre el pueblo con millón y medio de habitantes que es Estocolmo. Una lluvia caliente y pegajosa, casi de trópico, cae en forma de tibios goterones sobre el parque del Arco Bofill: sobre el pelo aceitoso del alcohólico finlandés, sobre la yuppie en bikini, sobre el cabeza rapada que se descamisa en el césped, sobre el niño rubio practicando malabares con sus pelotas de trapo, sobre Ingela dormida.
El alcohólico me guiña el ojo insistente, saca su cerveza de la bolsa del systembolaget, brinda con los nubarrones, me pide el numero de teléfono, clava una sonrisa semilasciva sobre los diez dedos desnudos de mis pies mojados, brinda con la fuente en forma de racimo de uvas superlativo a nuestra derecha, comenta la magnificencia de Mika Waltari y los escritores clásicos finlandeses, brinda con la línea de árboles a nuestra espalda.
Ingela ronca levemente, roja como una langosta sancochada en agua con laurel, con la boca abierta. Una mariquita indecisa trepa por el respaldo de su silla de ruedas, sorteando el impacto de los misiles líquidos que se hunden en la tela azul.
Bryan Adams suena en mis auriculares mientras mastico indolentemente mi dulce, relleno de mazapán y chocolate negrísimo, y sigo el ritmo del Run to you con los diez dedos desnudos de mis pies mojados entre las flores amarillas. El mundo según Garp descansa en mi regazo, bajo la blusa-mumin, acogiéndose a la protección de mis blandas carnes frente al aguacero.
Un golpe de viento, brevísimo y casi sofocante, corre un telón de pelo sobre mi mirada antes de que acabe de chispar. Ingela despierta.
Pienso en que ayer me encontré a Lars-Erik en una "kebaberia" de Götgatan. Por casualidad, después de casi seis meses sin saber nada de él.
Simplemente pasaba de camino hacia el metro (línea verde a Hässelby Strand) para coger el tren a Flemingsberg y él estaba allí plantado, con medio kebab dentro de la boca y su coronilla inconfundible lanzándome señales de aviso.
Sigue igualito que en Navidades, pero mis ojos lo miraron de otra forma.
Tenía el pelo cortado al estilo Espinete, más rubio que nunca, engominadísimo. Estaba pálido como un fantasma, con los ojos casi traslúcidos y la boca rosa dibujados en una cara que me pareció ordinaria, excesivamente joven, casi desconocida. La camisa roja le quedaba muy justa y llevaba una de esas chaquetas blancas a la moda en Suecia que convierten a un ser aparentemente normal en un abyecto cruce de backstreetboy y Julio Iglesias indigno de una mirada. Como su madre señalaría, tenía una pinta de lo más gay y confrontado con mis recuerdos del luminoso verano pasado en Götland, defraudaba.
Le salude, casual, y me senté en una de las sillas plásticas de la calle a charlar un rato con él, desenfadada, sublime.
Reconozco que he pasado algún tiempo fantaseando sobre este encuentro. En mi imaginación, con diez kilos menos y un bronceado perfecto, yo me mostraba fría, relajada e impersonal. Lucía hombre incorporado a la vera (por supuesto, más guapo, alto e interesante que él) y una vestimenta que evidenciaba aun más mis de por sí obvios encantos.
La verdad es que no peso diez kilos menos que en Navidades y mi bronceado "agroman" acaba en los bordes de mi camiseta, pero la actitud es lo importante.
Mientras que él aparecía algo tenso, nervioso, yo me mostré relajada, natural, plena de gracejo y saber-estar. Me sorprendí a mí misma, ya que suelo tender al mongolismo en estas circunstancias.
Cuando Lars-Erik me acompañó a la boca de metro de Folkungagatan, no solicitó mi número de teléfono ni sugirió citas, como sucedía en mis fantasías previas. Tampoco me rogó, de rodillas, que lo hiciera mío. Ni lloró como en un bolero de Paquita la del Barrio.
Todo fue civilizado. Muy sueco. Pero preferí la realidad a mi actuación estelar de barbie subtropical en sueños.
Medito, bajo el cielo nuboso desde un rincón de esta extraña especie de pecera de césped que es el Arco de Bofill, que me siento libre del recuerdo de Lars-Erik.
Y que ahora no lo querría ni regalado. Soy libre, tal que Nino Bravo.
Mayo 2000


