Sinaja Bui Simunovic versus Cecilia Bolocco
Acabo de llegar al sofá de siempre, de meterme entre pecho y espalda un chai y una hamburguesa de seitán en el Ars Vivendi y de pasar un ratito hablando de política, de sexo y de música con la explosiva Elsa, la presidenta del club de fans también denominada Ivana y Alberto, ese hombre de lengua rauda e ideas aún más raudas navegando por el proceloso mar neuronal delimitado por su cráneo rasurado.
Al llegar a casa, tengo dos mensajes en el contestador de Sinaja Bui Simunonic, esa mujer que es mi musa y de la que no hablo lo suficiente en estas líneas, dedicadas en teoría a ella. Sin rencores, Sinaja me regala un par de frases grabadas con su voz grave, algo arrastrada, y en su inglés correcto de marcado acento balcánico. Sólo un gracias por el blog y un aviso: acaba de terminar su última novela, en la que cuenta su historia de amor real con Ante Gotovina, el huésped del TPI por el que por poco vuela al Tibet.
Lo cierto es que normalmente me distraen cosas como el contorsionismo de Cecilia Bolocco, amorosamente abrazada a las nalgas de un amigo italiano que le "recarga la entrepierna sobre el hombro". O los estudios que me confirman que es normal que me frustre a veces por no poder pegar ojo junto al Hombre, mientras él ronca a pierna suelta sin sentir mi mirada fija, tirando a desesperanzada, en la oscuridad. O esos carteles electorales que ya algunos empiezan a despedazar y botar por las calles, apuradas entre obras, asfaltados y brochazos de última hora y que miran de reojo a un cielo traicionero.
O el temblor de las flores de frangipani en las calles soñolientas de Ibo, el rumor de los canales de Estocolmo, la cinta de agua sucia a la par que extrañamente literaria del Liffey o todas esas otras ofertas de viaje que no puedo permitirme y que me tientan desde diferentes páginas web.
Pensando en Dubrovnik y en Sinaja, me decido a abandonar el portátil por Víctor Ramírez, no sin antes imaginar por un segundo que una bonoloto me rescata de la rutina y me propulsa hasta la terraza de esa mujer croata, vital y excéntrica, que me deja mensajes en el contestador con olor a mar limpio, pimiento y brea.


