Relato: Malas costumbres
Boyd Bryson sufría una transformación instantánea en cuanto se acomodaba en el sillón del conductor y cerraba, de un golpe seco, la portezuela de su fiat uno blanco. Sobre la marcha, colocaba el radio casette extraíble y dejaba que Offspring fluyera por las rugosidades de su masa cerebral hasta que su guitarreo acelerado se integraba en su yo más profundo.
Cuando el coche comenzaba a circular, todavía en el parking de Amandonia (Kingsburgh), Boyd ya era un asesino en potencia. Tenía la mirada enfebrecida de un cazador buscando presa, su pie ejercía una presión excesiva sobre el acelerador y reconocía enemigos en cada carrocería y hasta en las ancianitas xhosa decrépitas que intentaban cruzar sin éxito los pasos de peatones y que, en su opinión, podían esconder un Mad Max enloquecido por el odio bajo sus refajos mugrientos.
Boyd sabía que no podía dejarse engañar por las apariencias: incluso los niños de pecho negros podían saltar desde los brazos de sus padres, como ángeles del infierno diminutos y gomoides, para interponerse en su camino con la recortada humeante entre sus morenos deditos.
Su paranoia era incontrolable cuando conducía, el calor subtropical azotaba la costa este de la República Surafricana y Offspring le recomendaba la violencia en cuanto otro conductor intentara realizar alguna maniobra ligeramente sospechosa.
" Eh man, you know I’m really ok, the gun in my hand will tell you the same , but when I'm in my car don't give me no crap, cause the slightest thing and I just might snap" - berreaba Boyd, lanzando una mirada furibunda por el espejo retrovisor, al entrar en la autopista.
Un BMW plateado se pegaba a su matrícula trasera y él ya se sentía mecha de cóctel molotov, con las delgadísimas paredes protectoras de su coche actuando de recipiente para sus inflamables instintos.
El pie de Boyd rozó el freno a punto de clavarse sobre él hasta el fondo. La imagen del conductor del BMW empotrándose contra su ventanilla trasera en un fotograma de sangre era tentadora, pero Boyd se limitó a dar un brusco giro al volante, apartándose de la ruta del BMW, y dejó que le rebasara aquella bala de plata sobre ruedas.
Como en una foto distorsionada de Michael Nichols para el National Geographic, flotó a su vera el perfil sonriente de un hindú cincuentón, confiado, seguro de sí mismo tras los cristales ahumados del BMW, con los ojos como luciérnagas verdosas en un bosque asiático y la cabeza morena, borrosa, surgiendo de un halo de líneas indefinidas que expresaban movimiento.
Boyd sintió que el odio lo barría por dentro como una ola gigante, ahogándolo, mientras Offspring y él escupían al unísono " ... you stupid dumbshit goddam motherfucker!" y el fiat dejaba de ser, de repente, ese cohete salvaje y prácticamente indestructible con el que volaba por la autopista entre Amanzimtoti y Durban.
Enfiló hacia el carril de desaceleración camino del puerto apenas cinco minutos después de perder de vista al BMW, hirviendo de ira todavía, y un black taxi estuvo a punto de acoplarse a él, surgiendo bruscamente desde su izquierda.
Cargaba unos 15 pasajeros y se bamboleaba como el pato de una caseta de tiro de una feria, a dos centímetros de la colisión. Mientras el conductor, con un desprecio absoluto hacia todas las normas de circulación, giraba su cabeza lanuda para hablar con una mujer con gorro de punto, su toyota hiace azul invadía el carril de Boyd casi expulsándolo de la calzada contra la postal típica de Natal de un grupo de monitos jugando al borde de unas palmeras enanas.
- Fuck off, asshole. You fucking kaffir!
Boyd aceleró, gesticulando furioso hacia el taxista y pegándose al lomo del toyota, pero su reacción sólo hizo aparecer un grupo de relucientes sonrisas blancas en las bruñidas caras negras de los pasajeros. El taxista le adelantó riendo, hizo un par de maniobras prohibidas más y se perdió en la siguiente intersección, tras una nube de humo negro.
Boyd sintió que iba a explotar y su mano se adelantó hacia la guantera con torpeza. Cerró sus cinco dedos blancos de surafricano de cuarta generación sobre su pequeña pistola de autodefensa cuando entraba en el puerto y aún tuvo tiempo de balear a una flemática ancianita afrikaner en un viejo ford, un ejecutivo japonés de visita en la ciudad y el rickshaw de un zulú antes de llegar a la oficina.
Con un suspiro de satisfacción, dejó el arma, aún caliente, sobre su ejemplar del Mail&Guardian del día de Navidad de 1997, antes de entrar en el aparcamiento privado de Iscor en el muelle. El cañón se dibujaba, siniestro, sobre una foto de los últimos disturbios raciales en un colegio de Johannesburgo, Gauteng, la nueva Suráfrica del arco iris, la tolerancia interracial y Mandela presidente.


