Un perinqué se balanceaba ...
"Sobre la tela de una araaaaaña", canturreo, feliz. La gente protesta contra los veintipico grados nocturnos que nos aquejan, contra esta humedad que puebla las esquinas del barrio con grupos de vecinos de mangas de camisa y que saca a los perinquenes de los rincones más sombríos del zaguán. Pero a mí me encanta esta calufa incontinente, que invita a llegarse a Las Canteras desde ya, a remojarse los ñoños en la orilla y soñar con un bañazo donde el agua relumbra más dorada.
Lo único que no me gusta de este cielo calimoso y las temperaturas en ascenso es que duermo con la ventana abierta y ya se cuelan los primeros mosquitos por la persiana, como diminutos vampiros zumbantes, a llenarme las extreminades de ronchas y enturbiarme el sueño.
Por lo demás, el calor me pone de buen humor, a pesar de la perspectiva de tener que barrer arena entre los muebles de la casa y de que me aso dentro de los vaqueros cada vez que saco el pie fuera del hogar familiar, por eso de no haber realizado la visita preceptiva a un salón de belleza a dejarme las piernas curiositas para un brinco a la playa o la subida de vuelto de un pantalón pirata.
El calor me pone casi de tan buen humor como ver que a la cabra motorizada tinerfeña le salió un feroz competidor en una vía rápida gallega o que los frikis se organizan para su autodefensa. Y sólo ligeramente menos contenta que las delicias de chocolate que hoy me regaló Paqui Cambres y escuchar a Mario Pontiggia, con ese acento argentino seductor e indolente, disertando sobre los encantos de Adriana Lecouvreur.
Me pasaría horas poniéndole cuernos pasajeros a Neketan con el chocolate de Paqui; escuchando a Mario Pontiggia, embelesada, o persiguiendo al perinqué de mi zaguán, ése que diezmará a los mosquitos de la casa esta noche, para una sesión fotográfica online. O leyendo a Carlitos y Snoopy y los relatos de Rojo sobre negro, besuqueando la cabeza cubierta de pelusita de Diego sin medida, jugando a la zanga con mi Hermano y chateando con ese Hombre que destroza el idioma y del que sólo distingo, a través de la webcam, una hilera de dientes luismiguelescos contra el fondo oscuro de su salón.


