Microrrelato: Trofeo
Rechazó al guía local, antes de descender cuatrocientos escalones de cemento hasta el fondo del oscuro pozo en que se trasmutaba la cueva. Resbaló, sintió la piel hecha puro alfiler y hielo al hundirse en los intestinos de la tierra, se maravilló con los techos cada vez más altos que se adivinaban en las sombras sobre su cabeza.
Entre rocas, estalactitas y jeroglíficos de humo y carbón, vagabundeó hasta que dio con la inscripción en un pliegue de la tierra. Sacó su diminuta polaroid de la mochila y el flash la iluminó. Después introdujo el brillante pedazo de película, junto con la cámara, en la mochila de nuevo.
Una vez cumplida su misión, se giró para encararse con los cuatrocientos escalones de cemento, que ahora trepaban hasta la superficie. Desandó el camino lentamente, resoplando y resbalando mientras ascendía.
La cueva la escupió a la violenta luz del sol de agosto y se sentó a descansar en un muro, cerca de su boca negra y en plena revoltura de burros, guaguas cochambrosas y turistas.
Al recuperar el aliento, volvió a abrir la mochila y tantear su fondo.
Primero sacó las polaroids de una columna en el Templo de Poseidón del cabo Sunion, de la mazmorra del castillo de Chillon, del lazareto de Valletta, … y la última, de la cueva de Antiparos. Detrás de cada una, excepto la que acababa de tomar, había rotulado pulcramente la fecha y la hora de su visita.
Después salió la fotocopia en color de la pintura de Vrizakis, en la que él se reclinaba en su lecho de muerte.
Finalmente, la Mitómana sacó su mapa de Grecia para mirar de nuevo la gran cruz de tinta roja dibujada sobre Misalongui e imitó con rotulador la firma que se repetía en cada una de las fotos: “Lord Byron”.


