David insiste en que mis teorías astrológicas son absurdas. Se ríe de mí, pero no pisa mi cocina.
Se lo prohíbo, con el cucharón de madera actuando como prolongación de mi puño izquierdo y expresión de desconfianza en la cara. Hago como que bromeo, pero hablo totalmente en serio y su sexto sentido le avisa de que debe tomar mis palabras al pie de la letra.
No me importa que, esporádicamente, se adueñe de mi cama y de mi ducha. Que incluso tome posesión de un mullido rincón de mi salón y actúe de cojín para mi propio cuerpo, masajeando mi cuello con sus firmes manos. Sin embargo, he trazado una línea invisible en las jambas de la puerta de mi cocina que debería repelerle y, para asegurarme de que se mantiene alejado de mi vitrocerámica, esparzo en mi poyo de mármol algunas gotas de una pócima de bergamota, jengibre y ajo, cada mañana, antes de poner rumbo al trabajo.
Elaboro la receta de mi pócima conforme a unas medidas que me proporcionó mi abuela, mientras recito el conjuro que ella me enseñó. Aunque, como buena acuario, siempre añado mi toque distintivo, en forma de unas hojitas de menta trituradas.
Mi abuela era una libra supersticiosa y parlanchina, una cocinera práctica, que se concentraba sobre sus calderos como una brujita con tipo de venus willendorfiana, murmurando para sí con sus finos labios apretados.
Jamás he logrado recrear el sabor irrepetible del caldo que ella guisaba con recortes de carne fresca, zanahorias, papas menudas, garbanzos tiernos y ramitas de tomillo, enderezando sus gafas con los dedos pringosos de grasa sobre el puente de su nariz. El vapor de la olla empañaba los cristales mientras sus dedos gordezuelos pero sensibles desmenuzaban el pollo casi por inercia y aprovechaba la intimidad perfumada de la cocina para discutir con mi abuelo.
Mi abuelo, un leo larguirucho y airado, comía sin cumplidos, la nariz ganchuda cayendo a plomo sobre la cuchara y los ojos miopes clavados en el entramado de naranjas, amarillos y castaños de su plato humeante.
Estos son mis primeros recuerdos relacionados con la cocina y me han marcado durante toda mi existencia hasta este momento, cuando mis creencias sobre astrología y comida se han fosilizado y no hay forma humana o divina de que considere siquiera la posibilidad de que David me prepare una simple ensalada.
En realidad, no es que dude de sus habilidades culinarias.
Él protesta cuando se lo explico, pero es un vivo exponente de la naturaleza apasionada e intensa de los nacidos bajo su signo.
Transpira sensualidad, algo que siempre me ha parecido beneficioso en la cocina. Si se me apurara, diría que su lengua sabe a especias caras y prohibidas y que tiene unos dedos sabios para captar los mínimos cambios en las texturas, ya sea de mi piel o de las burbujeantes masas de tortillas, bollos y crepes. No carece de intuición y, al igual que le atribuyo un magnetismo irresistible para la mayoría de mis hermanas de sexo, creo que su atracción animal se extiende incluso a los calderos, las sartenes o las espumaderas.
Pero no me fío de él en la cocina.
El zodíaco siempre ha matizado mis relaciones con la gastronomía.
Recuerdo mi infancia de suflés y gelatinas soñadoras y sé que el interés recurrente de mi madre por los postres de color aguamarina, que se derretían en la lengua y temblaban en el plato, es el resultado de la conjunción de las estrellas en su carta astral. Es piscis y le fascinan las cremas, los purés, las finas hierbas, las natillas y los mousses esponjosos que se deshacen en la boca.
Mi padre nació géminis y, como tal, se revela rápido y creativo entre los fogones. Le gusta explorar nuevas recetas, como le gustan los desafíos mentales y dialécticos, los problemas lógicos. Sus manos son ligeras como sus pensamientos, porque su planeta es Mercurio. La cocina es puro intelecto en su caso.
Mi hermano es sagitario, un cocinero impreciso y atolondrado. Inexplicablemente, con buena mano para los postres. Lo suyo son las comidas rápidas y sencillas, porque la paciencia no es virtud propia de los nacidos a principios de diciembre.
Su mujer es aries. Doble fuego en la cocina: pasión (y también cabezonería) por los dos lados. Me sofoca pensar en tanto ardor concentrado en una habitación tan pequeña, en los azulejos húmedos y el extractor gimiendo al intentar absorber todo el vapor. Lo que se cocina es lo de menos, lo importante es la velocidad y el pretexto de la siesta para enlazar los cuerpos en un rincón de la solana.
Mi abuela libra veía en la cocina un camino de servicio a los demás. Mi padre géminis se ajusta ceremoniosamente el delantal a las caderas, enfrentándose a un nuevo reto. Mi hermano sagitario aprecia velocidad y cantidad, porque la cocina es sólo un medio de satisfacer una necesidad básica y dejar tiempo para otras aventuras. Mi abuelo leo veía en la cocina un camino para demostrar su poder. Mi cuñada aries disfruta la comida, pero come aprisa y busca su excusa para la charla. Mi madre sostiene una actitud ambigua y flotante, propia de su naturaleza etérea de piscis, con respecto a la cocina.
Yo, que hago del recetario un cruce de pasado y futuro, incomprensible para los paladares del presente, que quemo los cocidos por sumergirme en una de mis ensoñaciones acuarianas e invento recetas guiada por mi uraniana nariz, ... tengo una actitud que me diferencia de ellos.
Otros signos se sienten felices por tener compañía en la cocina y disfrutan compartiendo las pequeñas liturgias de pelar, trocear y sofreír. Sin embargo, mi naturaleza individualista de acuario me impide sentirme cómoda cuando hay algún intruso en la cocina. Es mi territorio, algo muy personal, un rincón íntimo que no me gusta abrir a los demás, al igual que no me siento cómoda en las cocinas ajenas.
Otros signos siguen escrupulosamente las recetas y miden, sopesan y miden otra vez los ingredientes, pero yo hago mis propios cálculos y mi independencia de acuario me impulsa a crear y romper mis propias reglas.
Considero que soy original, como es propio de los nativos de mi signo, y hasta puedo pecar de excéntrica en la mezcla de sabores y, por supuesto, escandalizar a los más puristas en materia gastronómica. Aunque las tradiciones me encandilan, puedo faltarles el respeto.
Otros signos saben para quién cocinan y por qué, pero para mí la cocina tiene valor en sí misma. No es un medio: es otra forma de expresar la creatividad, como un poema, una canción o un dibujo.
Y esto me lleva de nuevo a David, del que me he apartado demasiado durante la pasada disgresión.
Le rechazo con ferocidad en mi cocina no sólo por mi dramática individualidad acuariana. Y aunque el que no acepte críticas y guías a la hora de cocinar tiene mucho que ver en mi actitud hacia él en estos casos, no es la única razón que explica mi conducta.
La justificación real subyacente en mi comportamiento es un serio prejuicio por mi parte con respecto a lo que yo denomino incompatibilidad astral.
Me explico y la mejor forma de hacerlo es con ejemplos: dejaría que un tauro cocinara para mí, pero no me casaría con él; sería amiga de un cáncer, pero jamás su amante; admitiría a un capricornio como jefe, pero nunca como socio; quizás pudiera trabajar en equipo con un virgo, pero sé positivamente que la convivencia en el mismo hogar sería imposible, ...
David nació a principios de noviembre, bajo el planeta de plutón y el signo de escorpión.
Los escorpiones me parecen criaturas totalmente ajenas a mí, misteriosas y llenas de trampas. Quizás es esa mezcla de temor y atracción que me inspiran lo que actúa como una especie de afrodisíaco en mi caso, empujándome a los brazos de David en contra de mi instinto de supervivencia.
Pero tampoco esta pasión me ciega del todo ... será cosa de mi fría naturaleza acuariana ... y, especialmente en la cocina, no puedo dejar que él se cuele entre mis calderos.
Sé que es algo totalmente irracional y que mi paranoia provocara la risa de quien me lea ahora, pero debo admitir que la última sospecha que se oculta tras mi radical negativa a su presencia en mi cocina es -perdóname, David, amor- que temo que su veneno sea algo menos metafórico de lo deseable.
