Y líbranos especialmente de las noticias
El Hombre se queja de que soy periodista y no veo las noticias en la televisión. Según él, debería levantarme a las siete de la mañana para encender la tele, ver el informativo y llegar cargadita de teletipos sangrientos al periódico. Sintiéndome culpable, hoy lo hice y entendí por qué no lo hago normalmente.
Hoy he descubierto que Montserrat Domínguez, que fuera mi ídolo en sus tiempos en La mirada crítica, sobre todo durante la guerra de Irak, ya no está en Antena 3. Fieles a su estilo absurdo, chabacano y sensacionalista, los responsables de la cadena le dieron el cambiazo a una profesional de lujo por Espejo Público, el Interviu televisado. O eso supongo, porque intento no ver esa cadena ni por equivocación y deduzco -al no encontrarla esta mañana con El Ruedo Ibérico- que han pateado a Monsterrat fuera del estudio, probablemente por culpa del diabólico rating.
Además, ponen Shin Chan entre el informativo y el programa de Susanna Griso, donde también -horror entre los horrores- Urdaci forma parte de El Ring, esa bonita sección de debate intelectual. Entre los vídeos más vistos del programa, figuran en la página web de Antena3 "Implantes de senos" y "La matanza de Virginia". Culturizando al personal, como siempre.
Gracias a las noticias, ya tengo la mañana amargada: seguimos con las tensiones en centros académicos en Estados Unidos, con la violencia de género y con las amenazas de muerte a Knut.
Así que, de regreso a casa desde Vecindario, intenté relajarme disfrutando del microclima este nuestro, con dos arco iris por la zona de Marzagán, un amanecer radiante incendiando la orilla oriental de la isla y una fina llovizna emborronándome el cristal del coche. En el atasco de entrada a la ciudad de cada día, Pablo Motos y su equipo en No somos nadie me animaron comentando el apuro en que una pensionista puso anoche, en un programa televisivo, a Rajoy, al preguntar al líder de la oposición lo que cobra. Pregunta que no obtuvo respuesta, por cierto.
Las hormigas radiofónicas también hablaron de los vecinos, esos seres escalofriantes con los que compartimos paredes, pasillos y zonas comunes.
Creo que mi comunidad es una de las (quizás) pocas cosas que pone de acuerdo a mi padre con el Hombre: ambos opinan que está plagada de sicópatas.
Siempre que llego a mi casa tengo la alfombra de la puerta orientada de otra manera, con los dos patitos cabeza abajo. Y sé que me la vira mi vecino de enfrente, un ex taxista con mala reputación y peor temperamento, que me tocó en la puerta en Nochebuena para increparme porque la luz de mi balcón llevaba encendida tres días.
El taxista vive con su hermana ... les oigo gritar algunas veces ... y la chica de la limpieza me intranquilizó ligeramente al informarme de que ella le llama La Loca. Ahora, cuando abro o cierro mi puerta lo hago con el cuello revirado y los ojos fijos en su puerta.
El de arriba es un viejecito entrañable, aunque sordo como un muro de cementerio y ciego como un murciélago, así que pone la tele a un volumen un poquito excesivo. El de abajo tiene a la mujer sedada por problemas sicológicos y me fuerza a andar de puntillas por la casa. El presidente y el secretario de la comunidad pararon en la puerta al Hombre un día, cuando llegaba cargado con la compra, insinuando que podía tener la intención de robar en el inmueble.
En fin, mi comunidad recuerda a la de Carmen Maura y pone los pelos de punta a poco que se la conozca. Sólo faltaría en ella la familia colombiana de la que hablaban en el programa, con la música a todo volumen todo el día y los huesos de chuleta volando por el zaguán, y algún criminal de guerra croata huyendo de Carla del Ponte.


