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Diario mozambiqueño: La isla encantada

Llegamos a la playa de Ibo y los niños nos siguen por la orilla mientras nos deslizamos en paralelo a ella y atracamos. Saltamos a tierra con el agua lamiéndonos los muslos y quedamos con la tripulación para regresar al día siguiente, a las 7 de la mañana, escépticas frente a la promesa del capitán de la falúa de que se levantará viento favorable para abandonar la isla a esa hora.

Saidi nos guía hasta el TDM, el hostal de Telecomunicaciones de Mozambique, donde pensamos quedarnos. Está al lado del restaurante de Joao y la terraza donde se organizan bailes todos los sábados, bajo un árbol de copa generosa. La casa de la familia de Saidi también está cerca, arropada por unos matos de los que penden ristras de carátulas de películas de artes marciales. Su padre, el platero, nos enseña su mercancía rodeado por un montón de chiquillos.

El TDM está desierto, salvo por el guardián. De nuevo, igual que en Praia Quissanga, no hay energía eléctrica ni agua corriente. Sin embargo, el edificio tiene un generador eléctrico que funciona a partir de las 6 de la tarde, un baño limpio en el que debemos ducharnos a tazazos y un patio enorme y luminoso.

Mercedes y yo aprovechamos las horas de luz para cruzar todo el pueblo: casi una ciudad fantasma de arquitectura colonial portuguesa, con niños jugando en los pórticos, casas enormes en diferentes estados de derrumbe, frangipanis polvorientos en flor, anchas avenidas arenosas y paredes semiderruidas bajo una confusión de raíces enredadas como tentáculos de medusa.

Ibo tiene un aire surrealista, como encantado: el policía del pueblo nos saluda efusivamente desde su intoxicación etílica y nos cruzamos con más mujeres con la cara pintada con msiro, más niños en harapos, más ancianos apáticos de ojos inyectados y más gallinas histéricas.

Hacemos un tour nostálgico en el que se mezclan fantasías post-quiniela y ornitología básica entre las casonas que se caen. A ratos discutimos en qué mansión viviríamos y en qué porche dormiríamos en las noches asfixiantes de diciembre si fuéramos millonarias y a ratos perseguimos a una abubilla entre las frondas e intentamos identificar a los pájaros que se esconden a nuestro paso.

Seguimos caminando hasta el fuerte de San Juan, en cuya sombra medran los plateros. Es un edificio en forma de estrella relativamente bien conservado, adornado con viejos cañones y con un enorme almendrero de sombra rumorosa reinando en el patio. Desde las almenas, observamos la fina línea de arena de la playa y las siluetas estilizadas de los cocoteros. Los plateros intentan sin éxito vendernos joyas típicas de Ibo, de estilo suahili, o las monedas de plata que compran en el continente para sus trabajos de orfebrería.

Continuamos el camino por una vereda empedrada con conchas y excrementos de cabra y vaca, entre algunas chozas y cañizos que protegen al ganado. Hace un calor horroroso: casi puedo sentir cómo el sol me taladra el cuero cabelludo y el aire pesado y quieto se niega a entrar en mis pulmones. Pasamos junto al horno crematorio hindú y el camino se pierde entre los matos, camino del manglar.

Cuando salimos de las profundidades de éste, llegamos a una playa espectacular, en cuyo extremo se adivina un faro. Salvo unas garzas, algo que parecen correlimos y una infinidad de belicosos cangrejos ermitaño de diferentes tamaños, no se ve ninguna criatura viviente en la costa y la arena blanquísima y los cocoteros charolados relucen como en un anuncio de vacaciones imposibles.

Nos metemos en el agua caldosa, rehuyendo los troncos de los mangles sumergidos, el movedizo fango y las sebas, y allí nos quedamos en remojo, en ropa interior, hasta que los cangrejos nos echan a pinzazos. A lo lejos, la oscura figura de un pescador metido en el mar hasta la cintura lanza su red.

Paseamos por la playa hasta la sombra mínima de un tronco caído y simplemente nos dejamos arrullar por el diluvio sonoro en las palmas de los cocoteros, permitiendo que el sol nos dore lentamente en la arena.

Volvemos despacio, mientras cae la tarde, saludando a niños cargados con cangrejos y pescado que regresan de la costa al pueblo, a unos turistas portugueses con los que ya hemos coincidido en la terraza del Dolphin de Pemba y al perro de Janine.

La breve noche ibense se reduce a comer a oscuras el caril de galinha de Joao e impregnarnos en fanta naranja, el único refresco del que hay existencias en la isla. Cuando llegamos al TDM, los guardas ven el último vídeo de The Darkness en la MTV, pero el resto de la villa es pura mancha de tinta.

21 de septiembre del 2003
Ibo (Quirimbas), Mozambique

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