Requiem para mi compañero de cumpleaños
Ayer nos enterábamos de que Boris Yeltsin ha muerto. De un infarto y sin que los mandatarios del mundo dijeran muchas cosas buenas de él, si exceptuamos a Gorbachov, con el típico formalismo educado. Se le obvió en su muerte como se le ridiculizó en vida ... y debo confesar que a mí me da pena, que siento su muerte y que me parece que este silencio mediático debería estar reservado a Bush, Videla, Blair, Clinton, Pinochet, etc. igual que a él.
Lo cierto es que este hombre de nariz colorada, cadera danzona y sonrisa beoda me provocó sentimientos encontrados durante su estrellato mediático. No se puede negar que fue nefasto para su país: Yeltsin tuvo un papel fundamental como desintegrador de Rusia y como mano detrás del aumento radical de las diferencias entre rusos pobres y rusos ricos.
Gracias a sus políticas tirando a folclóricas y erráticas, el infierno ruso que empezó con Gorbachov se convirtió en algo peor. Sin embargo, ahora lo miro incluso con ternura. Sobre todo, al compararlo con un dictador frío como Putin, masacrador especializado de chechenos y perseguidor de periodistas y disidentes.
Boris y yo compartíamos cumpleaños (a otros, más afortunados, les pasa con Verne, Dickens o Bruce Springsteen) y eso me hacía mirarle con ojos más benevolentes, incluso cuando toqueteaba nalgas de secretaria, desalojaba el Parlamento o hacía el payaso junto a Clinton.
Por eso sólo, cuando los demás callan o le vituperan, yo prefiero recordar su mirada picarona en algún momento en que pareciera feliz y esperar que descanse en paz y la Historia sea justa con él en el futuro ... que ponga a su altura a Gorbachov, Putin y otros tantos lobos disfrazados de corderos.


