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Síndrome de Estocolmo: Maldito verano

Chupeteo, desconsolada, la boca de la botella de Festis con sabor a naranja que Ulf dejó abandonada sobre su mesa ayer y que yo -fetichista a mis años- tifé hábilmente de entre sus libros cuando le vi despistado.

Poso mis labios donde él puso los suyos y una gota tibia de refresco se desliza entre ellos, en este beso de tornillo por delegación al hombre de mi vida actual, mientras saboreo la amargura de su inminente partida rumbo a su casa de verano en la costa oeste.

Me vienen a la mente poemas de Alfonsina Storni especialmente deprimentes y me asaltan premoniciones de mi futuro, registrando las papeleras de la escuela a la busca y captura de bolsitas de snus que todavía tengan el sabor de su boca, como los mendigos que registran los rincones del metro en busca de cristal o cartón.

Me imagino llorando su ausencia en una esquinita de Djurgarden, sobre las lajas donde una vez charlamos mientras él deglutía un pedazo de tarta de arándanos y bebía un zumo de naranja Mer. Y en mi recreación del futuro, provoco suicidios entre la población avícola de la zona -que se arremolina junto a los juncos de la orilla en busca de migas de pan- con mis peroratas interminables en voz alta sobre el color cambiante de sus pupilas. Finalmente, profetizo un final trágico para mi añoranza, cuando un compasivo vigilante de la residencia del cuerpo diplomático estadounidense acabe con mi sufrimiento de un disparo desde una ventana con toldo a rayas verdes y blancas.

Desde ayer, el You go to my head de Billie Holliday gira en mi cabeza como las burbujas de una copa de cava. Porque ayer, justo antes de empujarme a la delincuencia y con la botella de Festis mediada a la vera, Ulf señalaba con su dedo una foto del periódico donde aparecía una terraza con una gaviota para decirme que trabajaría allí durante el verano. Sirviendo bocadillos de gambas a adolescentes aleladas, probablemente, con el flequillo blanco de sol y los ojos de color cambiante (azules, grises, verdes, amarillos) amagando tonturas en las incautas.

Ayer parecía tan relajado y feliz, con su camiseta blanca, la piel dorada en los pómulos y esa chaqueta vaquera en la onda Footloose que le convierte prácticamente en un chiquillo travieso. Su sonrisa me hablaba de largas mañanas buceando en las corrientes templadas del mar del Norte, de su porche de madera, de largas noches luminosas haciendo el amor con Pernilla. Y sus ojos eran como ventanas abiertas al abismo, en las que yo caía cual William Katt por el espejo del cuarto de baño en House.

Sentí un dolor lacerante en el pecho ... puede que fuera porque me cargué mi sujetador favorito en la lavadora comunal y el aro metálico se me clavaba en la carne. O puede que fuera porque el amor es breve y el olvido es largo y mis besos al fantasma de Ulf viajan en veleros azules hasta la costa oeste, sin llegar a su destino, que diría Neruda.

El sol parece haber huido hacia el oeste también, donde el cielo siempre está despejado y la brisa es suave y salitrosa. Hoy las nubes enladrillan el pedazo de atmósfera que separa Estocolmo del espacio exterior, probablemente porque Ulf se marcha y también ellas le echan de menos y planean llorar sobre mí y mi desconsuelo.

Me relamo el gusto a naranja y a labio amado de nuevo frente al ordenador, al tiempo que Bono taladra mis pabellones auditivos gimiendo que puede vivir con o sin Ulf.

Maldito verano.

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Comentarios

  • Ya estoy de nuevo en Madrid. Durante el vuelo vine leyendo algunos Síndromes, que ya compré el libro.

    Pero, como sigas colgando los artícuos en el blog, no vas a vender muchos. ;)

    Saludos.

  • Hay que engodar (o no) a la gente ;)

    De todas formas, lo importante es que te lean y te escuchen, no como a Pau Donés.

    Espero que los disfrutes y que disfrutes de Madrid. Te fuiste en el momento justo porque aquí llegaron hoy los nubarrones de Mordor, atrasados. Llovió un poquito y el día se puso miserable.

    Dan ganas de coger un avión.