« Síndrome de Estocolmo: Maldito verano | Inicio | Tras el último golpe de incienso »

Microrrelatos

Mañana, lunes, 9 de abril, a partir de las nueve de la noche, la Sala de Música en Vivo Cuasquías será el escenario de una nueva presentación de Generación XXI, un libro colectivo de relatos breves escrito por gente que es de Canarias o vive en las Islas. Ya se presentó en Ámbito Cultural hace un tiempo, pero se repite el evento, esta vez algo más bucólico, junto a Alexis Ravelo y Antonio Becerra y de la mano, como siempre, de Dolores Campos-Herrero. De nuevo, todos están invitados a disfrutar de la ocasión, con una cervecita a la vera y buena compañía.

Para celebrar este momento y como breve vistazo a las entrañas de este libro, cuelgo aquí los microrrelatos que escribí para Generación XXI, una recopilación de lo más interesante y recomendable.

Noche de San Juan

A medianoche, percibimos las primeras señales de la costa: flores de fuego en el cielo y una constelación de hogueras sobre el agua.

Apreté a Zaida contra mí y sujeté con firmeza la bolsa de plástico con nuestras pocas pertenencias, cuando Hassan nos ordenó que saltáramos al mar.

Nos recibió una marea de naranjas, flores y espuma. Flotaron bañistas hacia nosotros, se oyeron risas.

Zaida y yo nadamos en dirección contraria, arrastradas por la corriente hacia la arena tachonada de velas.

Y así llegamos a la isla, en la noche de San Juan, para echar un mar a buches sobre una playa en llamas antes de que unos hombres uniformados nos enredaran en
mantas negras.

Tsunami

- ¡Tsunami! ¡Tsunami! – aullaron.

Y huyeron en una loca confusión de extremidades en movimiento.

Sin embargo, la aguadora apenas prestó atención al cataclismo que había provocado, al mover la garrafa, en el hormiguero.


Historia de un naufragio


Han pasado once años desde que me convirtiera en el único superviviente del naufragio y en mi soledad, olvidado en esta esquina de los trópicos, he fantaseado millones de veces con mi reencuentro con otro ser humano.

Desesperado, hablaba con los peces que alanceaba en la laguna, con los loritos en las ramas de las papayeras y hasta con los cocos moribundos en la arena de la playa, mientras suspiraba por otra presencia humana en mi isla desierta.

Por eso no sé qué me poseyó cuando otro náufrago llegó a la playa en el décimo aniversario de mi exilio, empujándome a apoderarme de un trozo de callao y quebrarle el cráneo ensopado en salitre.

Ahora guardo ese cráneo amigo, inofensivo, en mi choza y conversamos en las noches monzónicas sobre los peces que mastican coral en la laguna, los loritos amantes del papayo y los cocos que lame la marea.

Amor Transoceánico

El puerto amanece lleno de veleros blancos y una extraña fiebre se apodera de mí, cuando imagino a todos esos marineros forasteros paseando entre los muelles y pantalanes.

Me siento como una mariposa nocturna loca por quemarse las alas en una vela, que observe que le han trancado la ventana, dejándola fuera de una habitación llena de llamitas tentadoras.

La inquietud me domina, porque sé que en uno de esos barcos va el amor de mi vida.

Podría intentar raptarme de camino al Mar de Arafura. O podría despedirle entre lágrimas, al borde del muelle de piedra, mientras la vela de su barco se infla y flota, partiendo en dos la espuma de las olas rumbo al Caribe.

"Esta alma mía en medio del mar se siente muy sola", recito, mientras se me rompe el corazón en mil diminutas estrellas de mar y mi inútil cola de pez de bronce me fija al suelo de Copenhague.

Ayose

Desde que entré en el Club de Salsa y mis ojos cayeron sobre tus caderas, mi vida es un deslizarme de puntillas por los rincones, marcando el paso, y una serie de chuflas encadenadas de esquina a esquina, a ritmo de merengue.

Llevo dos años ya en tu clase, fingiendo –con destreza perversa- una inutilidad perfecta en las lides de la bachata. Ya nadie parece sorprenderse de mi torpeza extrema.

Podrías preguntarme por qué me expongo al ridículo y a las miradas de escarnio de los otros alumnos a diario. Y yo te diría que con mi farsa gano, porque sólo con preguntarte por figuras que conozco como si yo las hubiera inventado, me concedes el placer de sentir que tus manos pinzan mi cintura y las mías dibujan un collar en tu cuello, salado por el sudor.

Y aún me arriesgaría a más … a decirte que, cuando hoy repetimos una vuelta cubana por quinta vez en la tarde, imaginé que tus ojos no reflejaron ironía, si no una especie de comprensión que me traspasó, como si supieras que soy tu mejor pareja y comprendieras que es un amor abyecto lo que me traba las piernas.

TrackBack

URL del Trackback para esta entrada:
http://www.canarias7.es/blogadmin/mt-tb.cgi/431