Microrrelato: Venganza
Cuando amaneció aquel jueves de mayo, el Dedo de Dios estaba otra vez en su sitio -completo, negro y artrítico-, surgiendo del mar verdoso.
La gente se reunió en la playa de piedra a comentar el milagro. Formaban corrillos y un oleaje de voces excitadas rompía contra los acantilados. Algunos rezaban en la ermita, otros se mostraban desdeñosos y los periodistas llegados de la capital robaban entrevistas entre flashes estupefactos.
Se declaró día de fiesta en el pueblo.
Sin embargo, esa misma tarde, cuando el sol se ponía, ebrio de sangre en un océano púrpura, desapareció el ayuntamiento. Y a la mañana siguiente, la blanca línea de restaurantes al borde de la playa había pasado a la historia.
El Dedo de Dios seguía allí, con cierto aire resabiado, cuando se esfumaron sin dejar rastro cinco pescadores, ya el viernes de noche cerrada. Una enorme goma de borrar invisible convirtió en pasado el muelle con ferry de madrugada y también se ausentaron las gaviotas y sus graznidos de la playa gris y las callejas inmaculadas.
Amaneció el tercer día en una calma incómoda y pronto, un sol de justicia dejó caer salivazos de fuego sobre los cráneos de lugareños y visitantes.
Llegó el mediodía y no había pasado nada, así que la gente suspiró aliviada.
Se reunieron los corrillos, al principio medrosos. Luego estallaron risas nerviosas. Pronto, cogieron confianza y el murmullo se hizo casi griterío. Sin embargo, el Dedo parecía más sombrío que de costumbre y los peces dejaron de escabullirse entre las barcas.
Apenas agonizaba la tarde y llegaba una noche sin estrellas, cuando el Huerto de las Flores, repentinamente, se evaporó.
La gente, que se había envalentonado por un momento, se encerró en sus casas. Se trancaron todas las ventanas azules y no se oía un susurro cuando la oscuridad se comió al pueblo en tres bocados.
Pasó la noche y el Dedo de Dios, ceñudo y solitario, se encaró con una orilla desierta, sin Agaete, en la madrugada del último domingo de mayo.
En lugar del pueblo, sólo quedaba una línea de costa pedregosa con un barco de madera destripado y la cinta negra de la carretera, que trepaba ladera arriba hacia Gáldar, ya comenzaba a emborronarse.


