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La asignatura mundialista: Estimulación extra deportiva

Al contrario de lo que apunta el dicho y normalmente se piensa, la ignorancia es poder. O así opina el director de éste, su periódico, al dejarme teclear estas líneas temerarias sobre un tema que ni conozco ni me emociona particularmente, en la creencia de que mi ignorancia sobre el mismo puede aportar algo a la cobertura del mundial.

Reconozco que el único momento de un partido de fútbol que me interesa es aquel en el que árbitro sopla el postrer pitido, poniendo fin a 90 minutos de agonía, y en el que 22 hombres sudorosos proceden a intercambiar sus camisetas mojadas y a tocamientos corporales varios sobre un rectángulo de césped casi infinito.

También confieso sin pudor que las únicas estadísticas futboleras que leo con atención son las de Glamour con los jugadores más sexy, entre los que apoyo sin reservas al sueco que sabe empaquetarse en unos gayumbos Calvin Klein con más arte en todo el sistema solar, el bembitas Ljungberg, seguido por ese bombón francés con piernas que es Thierry y el equipo italiano al completo, retozando semidesnudo en el vestuario.

Una vez proclamada mi ignorancia, admito que no soy ajena a la fiebre colectiva que tiene a la redacción soldada a la televisión y que también encuentro modos de disfrutar el dichoso e inevitable mundial.

Fundamentalmente, ver que Estados Unidos muerde el polvo frente a la humilde República Checa, apoyar fervorosamente a todos los equipos africanos, buscar padre para mis churumbeles en las filas niponas o adivinar clones de Viggo Mortensen entre los escandinavos.

El aspecto puramente deportivo del mundial no me atrae en absoluto. Frente a los comentarios de expertos, que pronostican el triunfo total de la selección brasileña, por ejemplo, me quedo fría.

Y reconozco que sólo siento un ardor cuasideportivo al imaginarme a la selección italiana solicitando que le vacíen el hotel de personal femenino, para no distraer a tanto macho latino con siquiera una intuición de estrógeno en las cercanías.

Una pena, me digo. Porque me parece que uno de los pocos seres humanos que podría disfrutar unos mundiales de verdad sería una camarera de piso, por ejemplo, a la vera de un jugador italiano desagallado.

Y hasta puedo imaginarme a esa mujer que entra en el paraíso, con una tonga de toallas bajo el brazo, al captar una imagen de Cannavaro o Totti saliendo de la ducha. Y sé que, por un momento, hasta yo desecharía mis prejuicios, amaría el fútbol con locura y me cambiaría por ella, fatiga y reaminación en piso de mármol incluidas.


Las Palmas de Gran Canaria, a 14 de junio del 2006


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