Fuerte partigazo
Todavía no me decido por una palabra a apadrinar ... algo que me avergüenza, sobre todo, porque me ganaron la carrera los políticos de turno. Hasta ellos, que arrastran la lengua por los pisos y la destrozan contra el micrófono pegado a los besos, tienen sus favoritas a rescatar. Y yo no puedo decantarme por una.
El otro día hablaba con Yeya de nuestras experiencias fallidas a bordo de patines, bicicletas y motocicletas. Las dos bordamos el arte de la torpeza y gozamos de serios problemas motores (sobre todo, si nos incorporan ruedas) y una cierta temeridad que nos bota por los pisos en cuanto nos descuidamos.
Yeya tiene melladas las dos tibias gracias a los patines, con los que casi se rompe las dos piernas. Yo no llego tan lejos y suelo afectar a la propiedad ajena: atropellar un coche en Dublín con la bicicleta de Muiris; estamparme repetidamente en motocicleta contra el murito que rodea el jardín de un griego estupefacto, en pleno proceso de riego de las flores al calufo, o darme el gran partigazo contra un muro, rematado por un grupo de voluntarios de la Cruz Roja, en El Garañón.
Cuando mencioné lo del partigazo, Neketan casi llora.
-Chiquillas, ustedes no saben cuánto tiempo hace que no escucho esa palabra -intervino- Par-ti-ga-zo ... - La saboreó.
Así que estoy a punto de intentar el rescate de una de las palabras emblemáticas de mi infancia, marcada por los partigazos tontos, los enguinces y los trapos amarrados a los tobillos maltrechos.
Par-ti-ga-zo.


